Semana de Lucha contra la Impunidad
Cómo bancás este infierno?
(soñas la hoguera donde siempre sos la leña)
Por Julia Comba
La impunidad se pasea entre nosotros con su rostro soberbio, exhibiendo sus modales arrogantes y alardeando, una y otra vez de su actitud, esa puta actitud de siempre, la de la indiferencia frente a todos los que reclamamos su abolición.
Circula sin problemas, hace tiempo que perdió la vergüenza y, aproximadamente, hará unos 33 años que, lamentablemente como sociedad, la hemos naturalizado. Fueron los múltiples crímenes sin castigo y las resoluciones injustas, como las Leyes de Obediencia Debida y Punto Final, los que comenzaron a sembrar la sensación de que la impunidad también era posible en una democracia como la que estaba naciendo.
Nos acostumbramos a que nos visite de a ratos. La impunidad es una vieja conocida. Estuvo ahí cuando secuestraron personas, cuando torturaron, cuando apropiaron niños, cuando asesinaron. Estuvo y está en los miles de crímenes de lesa humanidad cometidos y que aún hoy no han sido castigados, y está ahí, caminando de la mano de esos genocidas que se pasean libres, entre nosotros, sin cargo, sin culpa, sin juicio, sin castigo.
Insistente y metódica y, sobretodo, continua. Fue necesario el asesinato masivo, la implantación del miedo, la destrucción de los lazos sociales y el desmantelamiento económico para que la impunidad pueda asegurarse por muchos años más. Es esa injusticia del ayer la que permite que la injusticia del hoy exista.
José Luis Cabezas, fotógrafo asesinado en enero de 1997 en Pinamar, Carlos Fuentealba, muerto por balas policiales durante una protesta docente en Neuquén, Darío y Maxi, asesinados cobardemente por la espalda a manos de la policía bonaerense en 2002 durante el corte de Puente Pueyrredón, Sandra Cabrera, militante sindical de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina que denunció a integrantes de la policía y fue asesinada en Rosario en enero de 2004, las víctimas del gatillo fácil, los muertos a causa de las inundaciones en Santa Fe, los asesinados en la represión sistemáticamente organizada de 2001, Julio López.
Tristemente multifacética. La impunidad no se hace presente sólo en las muertes producidas por decisiones políticas y efectivizadas por personal policial, sino también en la obscena manera en que saquean nuestros recursos naturales, en la total libertad con que las grandes empresas se manejan y deciden sobre el futuro de los trabajadores, en cada accidente y víctima evitable que se produce en ámbitos laborales, en los monstruosos y corruptos negociados que traban los gobierno de turno con las empresas más poderosas.
Mucho más que dolor y bronca. Ella extiende sus peligrosas consecuencias a la sociedad en su conjunto, se incorpora en nuestra cultura, en nuestra persona y se autorreproduce. El hecho de que miles de crímenes cometidos queden sin castigo y de que persistan sin vergüenza las prácticas más corruptas hace que la sociedad descrea de la justicia institucionalizada y por supuesto, también, de la democracia como régimen. Es la defensa social de la justicia por mano propia uno de los ejemplos más riesgosos y paradigmáticos de esta autorreproducción, es la candidatura de un asesino a Senador otro de los más claros ejemplos de la naturalización de la impunidad y del olvido al que se busca delegar a las víctimas.
Se ríe. La impunidad se ríe de nuestra bronca, porque no teme, porque se cree eterna. Nosotros como pueblo, lloramos, puteamos y nos cansamos, de a ratos, de que nos cacheteen una y otra vez y de que se burlen en nuestra cara. Pero así como caemos abatidos por el dolor de las pérdidas y las injusticias, nos volvemos a levantar, a juntar, a organizarnos como hormigas para seguir exigiendo verdad, justicia, juicio y castigo; porque sabemos, como lo supieron siempre las Madres, que la única lucha que se pierde es la que se abandona.

