Hablando de libros…
Por Lilia I. Gazze
En el comienzo de nuestra cultura occidental el libro fue el soporte de todo conocimiento. La palabra escrita era, y aún es, lenguaje de conocimiento. En un principio muy pocas y privilegiadas personas tenían libros en su posesión, mucho más exclusivo era el privilegio de tener una biblioteca particular. Y no sólo era cuestión de poder adquisitivo sino también de educación. Las personas que accedían a los libros podían leer y escribir y eran una minoría. Como todo tiene que ver con todo, esto estaba directamente relacionado al hecho de que los primeros libros eran redactados a mano, por lo que eran muy costosos.
El panorama cambió con la invención de la imprenta, una tecnología que permitió reproducir textos con mayor facilidad…de ahí en adelante, la cadena de acontecimientos se fue construyendo mucho más rápido: popularización del libro, el sueño de educar, de ilustrar al pueblo, alfabetización popular …
Actualmente, el libro como soporte del conocimiento a través del lenguaje escrito ha perdido algo de su protagonismo, se ha abierto el conocimiento a otros modos de experiencia y de percepción de la realidad que tienen que ver con otros lenguajes que habían sido relegados culturalmente, como las imágenes y el audio (sin olvidar que la transmisión de conocimientos antes de la cultura ilustrada fue la oralidad, es decir, los relatos de boca en boca).
Lo audiovisual, y obviamente la tecnología de lo digital y lo electrónico que lo acompaña, se ha instalado a la par de la palabra como lenguaje “autorizado culturalmente” en la construcción de conocimiento. Como en todos los periodos significativos y de ruptura con lo tradicional, las nuevas tecnologías dieron lugar a preguntas sobre el futuro y la perdurabilidad del libro en nuestras vidas.
Aún se debate sobre estas cuestiones, sin embargo lo que se produjo no fue la “superación” del libro, sino el cambio en los modos de lectura y los modos de poder conocer y construir nuestra realidad. Es decir, el libro está muy lejos de extinguirse, más que nada porque no es sólo un soporte físico para las palabras sino que encierra en su esencia la construcción de nuestra cultura.
Los libros son refugio de nuestra memoria y de nuestro imaginario histórico más allá de la historia que llamamos oficial. Los libros actualizan con cada lectura infinitas historias: pensamientos y experiencias cotidianas y culturales, insignificantes o extraordinarias, reales, documentales, ficticias, imaginarias… historias que dan cuenta de la vida humana en las perspectivas de miles de escritores que comunican a través de la palabra escrita, que no tiene otro objetivo que el ser leídas y por tanto, compartidas.
De esta manera, un libro necesariamente implica tanto a un escritor como a un lector y la lectura misma abre una brecha de sentido en la que se regenera y se construye la cultura.
El tiempo adquiere nuevos parámetros y se crea un espacio muy particular en el momento en el que alguien comienza a leer las primeras palabras de un libro. Un espacio que no sólo incluye al autor y al lector en el instante de la lectura, sino que se expande y proyecta desde el presente aquel espacio y tiempo que está contenido en el significado de cada palabra, de cada oración, de cada frase. Se crea sentido. Y en esta maravilla del lenguaje surge una comunicación…y surge un yo, un otro y un nosotros, surge identidad y cultura, surge conocimiento y reconocimiento.
Promover la lectura es promover nuestra cultura y nuestra educación. Compartimos la convicción de que “la pérdida del hábito de la lectura más que enmarcarse en el creciente analfabetismo funcional, debiera contextualizarse en el debilitamiento de la identidad cultural”. Un libro es una instancia de conocimiento en sí mismo, “leer es siempre abrir mirada: hacia adentro de uno y hacia adentro de los otros, síntesis con que lo otro y lo uno se reúnen en lo mismo, y los otros se muestran como lo otros de uno”.
23 DE ABRIL. DIA INTERNACIONAL DEL LIBRO.
Este día se estableció porque el 23 de abril de 1616 murió
el español Miguel de Cervantes Saavedra, el inglés William
Shakespeare y el peruano Inca Garcilazo de la Vega, grandes escritores
de nuestra cultura.
También en un 23 de abril nacieron – o murieron – otros
escritores eminentes como Maurice Druon, K. Laxness, Vladimir Nabokov,
Josep Pla o Manuel Mejía Vallejo. Cada uno de ellos fue autor de
grandes obras en sus propios idiomas, y por supuesto, después traducidas
a muchos otros: Cervantes escribió “El Quijote de la Mancha”,
Shakespeare “El Rey Lear”, “Romeo y Julieta”,
y el Inca Garcilaso de la Vega “Los Comentarios Reales”. En
este último libro, Garcilaso escribió sobre la raza y la
cultura incaica, así como también sobre la conquista española,
valiéndose de recuerdos personales y relatos orales en lengua quechua.

