
RESEÑA DE CONTRATAPA
Nacido con el
siglo, Arturo Jauretche es uno de los testigos más sagaces que tiene el país
desde los últimos cuarenta años. Soldado en la revolución del 33 en El Paso de
los Libres, poeta que cantó esa patriada, fundador de FORJA, acuñador de felices
expresiones incorporadas al lenguaje popular de la política, pensador y
fecundador de ideas en una Argentina esterilizada por la oligarquía, Jauretche,
a la edad en que los hombres se tornan cautelosos y prudentes, sigue empeñado en
demoler los mitos que perturban la comprensión de la Argentina real.
Con su
estilo coloquial, que alguno dirá plebeyo, nutrido en las vertientes más
profundas del idioma hablado por los argentinos, resultó, sin proponérselo, un
escritor clásico, quizá el último clásico argentino creador de una literatura
política que se creía extinguida y cuya filiación habría que buscarla en
Balestra, Mansilla y Sarmiento.
Así lo ven las últimas generaciones de
argentinos para quienes es el maestro; en este entendimiento los más diversos
matices del pensamiento político nacional rodearon su persona en un homenaje
reciente, cuya trascendencia previsible, lo transformó en un acontecimiento
nacional.
Este sello editorial, al presentar hoy El medio pelo en la Sociedad
Argentina (Apuntes para una sociología nacional), siente la honda satisfacción
de hacerlo con un autor cuya voz ha tenido siempre particular resonancia en
todos los medios de la vida nacional. A las formas de la sociología académica,
opone Jauretche una visión sociológica nacida de la vasta experiencia personal y
de su percepción de un sector social del país que no había sido debidamente
estudiado. Su sonrisa es filosa y piadosa a la vez y lo contagioso de su humor
vital no es una de sus menores virtudes como escritor.
EL MEDIO PELO en
la Sociedad Argentina
(Apuntes para una sociología nacional)
A. PEÑA LILLO,
Editor
OBRAS DEL MISMO AUTOR
El Paso de los Libres. Prólogo de Jorge
Luis Borges Buenos Aires 1934.
El Paso de los Libres. Segunda edición.
Prólogo de Jorge Abelardo Ramos. Ediciones Coyoacán, Buenos Aires 1960.
El
Plan Prebisch. Retorno al coloniaje. Ediciones "El 45", Buenos Aires
1955.
Los Profetas del Odio. Ediciones Trafac, Buenos Aires, 1957.
Los
Profetas del Odio. Segunda edición. Ediciones Trafac, 1957.
Ejército y
Política. Suplemento de la Revista "QUE", Buenos Aires, 1958.
Política
Nacional y Revisionismo Histórico.Colección La Siringa. A Peña Lillo editor.
Buenos Aires 1959.
Prosa de Hacha y Tiza. Ediciones Coyoacán, Buenos Aires
1960.
Forja y la Década Infame. Ediciones Coyoacán, Buenos Aires 1962.
Filo, Contrafilo y Punta. Ediciones Pampa y Cielo, Buenos Aires,
1964.
1ª. Edición Noviembre 1966 ; 2ª. Edición Diciembre 1966; 3ª.
Edición Diciembre 1966; 4ª. Edición Enero 1967.
Impreso en la Argentina.
Se terminó de imprimir la presente edición en los Talleres Gráficos ORESTES
S.R.L, Gascón 274, Capital Federal, en el mes de Febrero de 1967.
Indice general
Advertencia preliminar
CAPÍTULO I - El marco económico de lo social
CAPÍTULO II - La sociedad
tradicional
CAPÍTULO III - Desarraigo de la clase alta
CAPÍTULO IV - La
crisis de la sociedad tradicional
CAPÍTULO V - La sociedad urbana se
modifica
CAPÍTULO VI - La Sociedad y los límites de la "Patria
Chica"
CAPÍTULO VII - Una escritora de "medio pelo" para lectores de "me¬dio
pelo"
CAPÍTULO VIII - Las clases medias, la nueva burguesía y la aparición
del "medio pelo"
CAPÍTULO IX - La partida de nacimiento del "medio
pelo"
CAPÍTULO X - La composición social del "medio pelo. Permeabi¬lidad y
filtro
CAPÍTULO XI - Las pautas del "medio pelo"
Conclusiones
Apéndice
Los Piojos - San
Jauretche |
Indice de la parte 1
Advertencia
preliminar
CAPÍTULO I - El marco
económico de lo social
CAPÍTULO II - La
sociedad tradicional
CAPÍTULO III -
Desarraigo de la clase alta
CAPÍTULO IV - La
crisis de la sociedad tradicional
CAPÍTULO V - La
sociedad urbana se modifica
ADVERTENCIA PRELIMINAR
Si bien el tema
que voy a tratar en este libro es de sociología debo prevenir al lector que no
estoy especializado en la materia, y que sólo ando por ella de "bozal y lazo",
como dijo Hernández, un sociólogo nuestro que tampoco era de la especialidad.
Guardando las distancias con el autor del Martín Fierro intento colocármele "a
la paleta" en el método, proporcionando datos y reflexiones que he recogido como
actor y observador apasionado en el curso de una vida lo suficientemente
prolongada para que pueda ser testigo de casi todo lo que va del siglo.
Tal
vez lo que resulte sea pura anécdota de "mirón", pero no es mi propósito, como
no fue el de Hernández, hacer obra puramente literaria a través de un personaje
de imaginación, que es lo que pretendieron entender durante mucho tiempo los
mandarines de nuestra cultura.
Porque los conocía se
previno:
...............................................................................................................
Digo
que mis cantos son
para los unos... sonidos
y para otros...
intención.
Nos dejó así, el mejor, sino el único, documento histórico
sobre una época de transición en que fue sepultado el pueblo-base de nuestra
nacionalidad; de ese drama tendríamos muy escasas noticias, a pesar de lo
reciente, por la labor de los informantes documentales y eruditos, sin la
presencia de su testimonio poético elaborado en una vida de hombre
"comprometido", y en causas perdedoras.
Con esto se comprenderá porque he
subtitulado este trabajo como "apuntes para una sociología" con la esperanza de
proporcionar al sociólogo, desde la orilla de la ciencia, elementos de
información y juicio no técnicamente registrados, que suelen perderse con la
desaparición de los contemporáneos. Que lo logre o no, dependerá de mis
aptitudes que "pido a los santos del cielo" me ayuden a ponerme en la huella de
tan ilustre marginal de lo científico.
Al mismo tiempo, pretendo ofrecerle a
mis paisanos un espejo donde vean reflejadas ciertas modalidades nuestras,
particularmente en la cuestión de los status, de cuya evolución histórica me
ocuparé en primer término. Deseo hacerlo amablemente, abusando del escaso humor
de que dispongo, para atenerme al castigat ridendo mores, en espera de que la
comprensión de la falsedad de ciertas situaciones, y el ridículo consiguiente,
contribuyan a liberar a muchos de las celdas de cartón en que se encierran con
la aceptación de artificiales convenciones.
El sociólogo apreciará los hechos
que refiero, valorándolos según el juicio que surja de su particular inclinación
interpretativa. Yo sólo pretendo señalarlos y es su tarea determinar causas, lo
que no excluye que ocasionalmente me aventure hasta las mismas, cuando lo
imponga la descripción de los grupos identificados. Esencialmente aspiro a
señalar la gravitación en nuestra historia de las pautas de conducta vigentes en
los grupos sociales que la han influido, y solo subsidiariamente referirme a las
causas originarias de las mismas.
Con lo ya dicho, —la naturaleza de
testimonio de este trabajo— excuso la ausencia de informaciones estadísticas y
de investigaciones de laboratorio que pudieran darle, con la abundancia de citas
y cuadritos, el empaque científico de lo matemático y al autor la catadura de la
sabiduría. Las pocas pilchas que lo visten son las imprescindibles para
justificar la presentación del testimonio. 1
RELATIVIDAD DEL DATO
"CIENTÍFICO"
A este respecto debo confesar mi prevención contra los datos
de ese género que en muchas ocasiones, con su deficiencia perturban más que
ayudan. Creo en la eficacia utilizar como correctivo del dato numérico la
constatación personal para que no ocurra lo que al espectador de fútbol que con
la radio a transistores pegada a la oreja, cree que dice el locutor con
preferencia a lo que ven sus ojos.
Por vía de ejemplo van pruebas al canto:
"La Nación" del 6 de marzo de 1966, nos informa sobre el resultado de un
relevamiento aerofotográfico realizado en la ciudad de Córdoba, para comprobar
la validez del registro de propiedades urbanas de la Municipalidad de esa
Capital. Dice el ingeniero Víctor Hansjurgen Haar, quien tuvo a su cargo el
relevamiento, que la pesquisa ha indicado que sólo el 50 % de las propiedades se
encuentran correctamente registradas, y de ese 50% si bien cumplen con sus
obligaciones al fisco, no han declarado sus propietarios mejoras que se han
hecho en sus viviendas.
Esto significa que el 50% de la ciudad de Córdoba no
existe estadísticamente pues los datos sobre la construcción se recogen de los
registros municipales. El sesudo investigador que sólo se guía por estos datos y
no por las empíricas comprobaciones, se encontrará con que la oficina en que
trabaja y el techo bajo el que duerme no tienen existencia efectiva, según los
datos de la realidad científicamente documentada, si como es muy probable, ese
techo y esa oficina pertenecen al 50% de construcción que para la estadística es
inexistente. En cambio otras informaciones estadísticas le permitirán comprobar
paralelamente que Córdoba ha crecido varias veces en estos últimos decenios, en
población y en actividad, con lo que tendrá que concluir que Córdoba es un
fenómeno urbano en el cual la mayoría de la población está indomiciliada y donde
no existen las fábricas, los talleres, los escuelas, etc., que resultan de otras
estadísticas que no son las de la construcción. ¿A cuáles se
atendrá?
(Limitándome a la construcción, ya había hecho mi composición de
lugar hace mucho tiempo mediante una somera investigación reducida a la manzana
céntrica de Buenos Aires en que resido y que el lector puede hacer en la suya.
Pude comprobar que las modificaciones interiores en las casas de la manzana
hechas en los últimos años sin la correspondiente intervención municipal
—presentación de planos, aprobación, permiso de construcción e inspecciones—
importaban una inversión muy superior a la de los dos o tres edificios nuevos
construidos en la misma manzana con el consiguiente registro municipal. Sáquele
la punta el lector a este hecho y trasládelo a la crítica general de los datos
estadísticos).
El caso de Córdoba se repite para el Gran Buenos Aires en dos
épocas distintas.
Desde las últimas décadas del siglo pasado Buenos Aires y
sus alrededores recibieron gran parte del contingente inmigratorio europeo
cuando el Hotel de Inmigrantes y el conventillo fueron escalones hacia la casita
propia. Es muy posible que el italiano, el español o el turco que las levantaron
construyendo una pieza y una cocinita, sin sanitarios, haya registrado en la
municipalidad suburbana esa primitiva construcción. Pero ese hombre ahorrativo
que realizaba el sueño de la casa propia fue agregando habitaciones construidas
con la ayuda de un media cuchara, a lo largo del lote que pagaba en
mensualidades, pues la casa crecía a medida que crecía la familia. Y éstas no
las registró.
El fenómeno volvió a repetirse cuando a la ola inmigratoria
ultramarina sucedió la migración provinciana hacia los centros industriales.
Cualquier inspector municipal del Gran Buenos Aires podrá decir cómo se suceden
barriadas y barriadas enteras no inscriptas en los padrones municipales. (O tal
vez no se lo diga porque allí hay un "rebusque": sorprender a los vecinos de
esas barriadas en plena construcción sabatina y dominical con el aporte
voluntario de vecinos y amigos, para paralizarle la obra por falta de planos y
llegar, después del susto consiguiente al "arreglo" ¡Pero el "arreglo" tampoco
figura en las estadísticas! Sin embargo, sería interesante registrar
estadísticamente el monto de los mismos que explicarían por qué esos inspectores
se resignan al mísero sueldo comunal, que no alcanza para mantener el automóvil
que tienen a la puerta y es elemento imprescindible para el descubrimiento de
las infracciones al Digesto, que dan origen al arreglo).
Si a la estadística
de la construcción le falla la base, ¿qué puede informar la estadística sobre la
mano de obra si el dueño de casa, sus amigos y parientes que colaboran no
pertenecen al gremio de la construcción y están registrados en otras
actividades? ¿Y qué datos sobre el consumo de materiales de construcción cuando
se utilizan restos de demolición, elementos en desuso u objetos de otro destino
habitual que no pasan ni siquiera por el control de producción de la fábrica? ¿Y
qué valor tienen los datos sobre el producto bruto del país si los datos sobre
la construcción de viviendas en la parte más extensa del Gran Buenos Aires en
los últimos veinte años, en que se sumaron millones de habitantes, no figuran en
los mismos ni por lo construido, ni por mano de obra, ni por materiales
empleados?
La rectificación por la experiencia del dato aparentemente
científico exige haberse graduado en la universidad de la vida: por lo menos
tener algunas carreras corridas en esa cancha, sin perjuicio de la bastante
Salamanca para ayudar a Natura. Porque si el ratón de biblioteca, de hábitos
sedentarios y anteojos gruesos, no es el más indicado para corregir el dato con
las observaciones, tampoco basta con mirar para ver.
EL ESTAÑO COMO
MÉTODO DE CONOCIMIENTO
Tener estaño es una expresión sucedánea de otra
tal vez más gráfica pero menos presentable, y se refiere al "estaño" de los
mostradores. Recuerdo que Lucas Padilla o el "Colorado" Pearson, no estoy seguro
cual de los dos, que actuaban en los movimientos iniciales del nacionalismo,
dijo una vez que la condición de "pianta-votos", calificación atribuida a Perón,
provenía de que los fundadores del movimiento eran "niños bien" de "familias
bien" es decir, los juiciosos "hijos de mamá"; que otra cosa hubiera ocurrido si
los primeros hubieran sido "niños mal" de "familias bien", esto es "tenido
estaño".
Tal vez la deficiencia de nuestros datos científicos obedezca al
tipo de nuestra economía y sociedad en transición, fluida en sus etapas
cambiantes —como ocurrió en los Estados Unidos, cuyas técnicas son ahora modelo
imprescindible, desde el final de la Guerra de Secesión hasta la primera de las
guerras mundiales; que sus métodos sólo sean compatibles con la existencia de un
capitalismo de concentración muy avanzado, o con el socialismo, que excluyen la
presencia del pequeño empresario, del taller patronal que conserva una
organización casi artesanal, de la abundancia de pequeños productores que entre
nosotros representan el grueso de las actividades. (Si Ud. tiene alguna duda al
respecto, averigüe qué dato estadístico proporciona el tallercito donde arregla
su automóvil, el hojalatero que le arregla el balde, el colchonero, el marquero
de sus cuadros, etc., etc., las múltiples actividades de empresarios que
calculan los costos a ojo, no llevan contabilidad, no están inscriptos, no
registran su producción, eluden impuestos, etc.).
En cambio el ajuste de los
datos es condición de existencia en las grandes organizaciones económicas con
sus contabilidades organizadas, su propia estadística, el registro de los
costos, es decir, los elementos básicos para una estadística
general.
Parecida cosa ocurre con los censos y encuestas, donde se suman
factores personales propios del informante y del recolector de datos que además
pueden ser típicos de nuestra modalidad, factor del que se prescinde cuando se
aplican sistemas que pueden ser hábiles en su lugar de origen.
Así,
frecuentemente, el interrogado está prevenido contra el interrogatorio y tiende
a desfigurar los hechos; además, muchas veces es descomedido y grosero con el
agente de la investigación. Es lo que pasa en las "investigaciones de
mercado".
El "Hombre que está solo y espera" no es un tipo fácil. Pregúntele
usted a un paisano su juicio sobre algo o alguien y oirá que le contesta:
Regular. Pero regular quiere decir bueno; o muy bueno; también malo. Serán su
oído y el conocimiento del hombre los que darán la interpretación, según el tono
y tal vea algún detalle mímico. Pero esto no es para el "potrillo" que hace la
encuesta y menos para la computadora electrónica. ¿Y el "gallego"? —el gallego
de Galicia, se entiende—; hágale usted una pregunta cualquiera y verá que le
contesta con otra: pruebe, y le juego cualquier cantidad a que acierto
Hace
pocos días llevé a un industrial, que creía en la eficacia de las "encuestas", a
un café para mostrarle cómo actuaban los agentes de una investigación que había
contratado. Los muchachos a quienes se les paga por el número de planillas que
llenan estaban reunidos a lo largo de dos mesas y los formularios se alternaban
con los pocillos de café. Mi amigo industrial puso los ojos como "dos de oro"
cuando oyó que unos a otros se preguntaban. Y a este, ¿qué le ponemos?, y así
las iban llenando, cansados de golpear puertas estérilmente, o de que los
encuestados les hicieran un interrogatorio a ellos en actitud defensiva, o les
contestaran a la "macana". Si todavía tiene alguna duda, lector, recuerde que le
responde a esa vocecita femenina que le pregunta por teléfono: ¿Qué programa de
televisión está usted viendo? Y por lo que usted le contesta considera la
validez del rating que está haciendo la vocecita.
Pero, además de la muy
relativa validez de los datos, existe el uso malicioso de la información, para
fines políticos y económicos, como la creada por los órganos de publicidad y por
las manifestaciones de los grupos económicos agroimportadores interesados en dar
una imagen del país que les conviene y que en los últimos años es directamente
depresiva.
EL CHICO DE LA BICICLETA
El doctor Manuel Ortiz
Pereyra, uno de los fundadores de F.O.R.J.A., fallecido hace ya muchos años,
dejó un pequeño libro, editado en 1926 ó 1927, que se titulaba "El S.O.S. de mi
pueblo". Era hombre con mucho "estaño", dotado de una notable inteligencia que
le había permitido superar la solemnidad y el empaque, entonces anexos al título
universitario; había sido la suya una vida múltiple y agitada en la que había
tocado los más variados niveles de la fortuna y de las actividades ciudadanas;
además, Dios lo había dotado de gracia.
Sobre esto de la información traía un
capítulo titulado "El chico de la bicicleta".
Comentaba allí la apariencia
técnica con que los diarios presentan una página llena de cuadritos con letras y
números diminutos, donde se habla de cotizaciones de la producción en mercados
de los que el chacarero nunca oyó hablar y en medidas y precios de los que no
tiene la menor idea. El chacarero, decía, se hace una imagen borrosa donde se
embarullan Winnipeg, Ontario, Yokohama, Rotterdam, con dólares, libras, yens,
rupias, florines, toneladas y bushells, todas palabras misteriosas para él. No
entiende, pero está muy agradecido a los grandes diarios que se preocupan por
ilustrarlo para la defensa del precio de su cosecha, y supone que estos
sostienen grandes oficinas llenas de peritos de toda clase, que le proporcionan
la información.
No hay nada de eso, decía Ortiz Pereyra. Lo único que hay es
un chico con una bicicleta que va a buscar la página a lo de Bunge y Born o a lo
de Dreyfus; es decir que la aparente información para el vendedor la proporciona
el comprador. ¡Y hace tanto tiempo que vamos al almacén con el "Manual del
Comprador" escrito por el almacenero! El último que se ha "avivado" es Raúl
Prebisch2.
De tal manera, a los efectos que en sí tiene la supuesta
información científica, se agrega ésta del "chico de la bicicleta" donde la
"información científica" es utilizada, y aun los datos correctos, de manera
hábil para despistarnos mediante el manejo de la publicidad.
Lo que llevo
dicho basta para dar la idea que me propongo. He citado sólo algunos casos,
tanto de la falacia del dato, como de su utilización maliciosa para sorprender
al que no está prevenido y carece de "cancha" para leer las entrelíneas de la
información. Deseo que el lector lo tenga presente, cuando recordando que el que
escribe es un hombre comprometido, lo confronte con otros informantes de
apariencia aséptica. La verdad es que todos estamos comprometidos, por que todos
estamos en la vida y la vida es eso: compromiso con la realidad.
Me resta
advertir que con frecuencia seré redundante volviendo a lo ya dicho para ampliar
algo, presentarlo desde otro punto de vista, o relacionarlo con lo que se expone
en ese momento. Espero que se me perdone, pues escribo para mis paisanos del
común, a quienes quiero facilitar la lectura que desearía fuese como un diálogo
y que no deje a nadie en ayunas por un prurito de precisión técnica o
sobreentendidos. Cárguelo a la cuenta de la común inteligencia que busco, y que
también me obliga a ser algo difuso y a apelar al socorro de ejemplos y
anécdotas ilustrativas, que pudieran ahorrarse con el lenguaje para iniciados
que simplifica la exposición, pero que puede resultar esotérico para el
profano.
IDENTIFICACIÓN DEL MEDIO PELO
Falta ahora explicar por
qué digo medio pelo.
En principio decir que un individuo o un grupo es de
medio pelo implica señalar una posición equívoca en la sociedad; la situación
forzada de quien trata de aparentar un status superior al que en realidad posee.
Con lo dicho está claro que la expresión tiene un valor históricamente variable
según la composición de la sociedad donde se aplica.
Francisco Javier
Santamaría ("Diccionario General de Americanismos" México, Ed. P. Robredo, 1942)
define el medio pelo: "En México dícese de la persona que no pertenece a la
clase decente; pardo. No hay que confundir el trabajador, etc., con el medio
pelo que es la gentuza o pelusa, la gente de mala educación, mediocre social,
palurda y basta. Pero aun este mismo concepto varía con el lugar. Así dice: En
Puerto Rico la persona de color o cruzada que no es de raza blanca o pura. En
México la calificación parte de la estructura social. En Puerto Rico
esencialmente de la racial, tal vez porque raza y clase se identifican
allá.
Tobías Garzón en su "Diccionario de argentinismos" expresa: Aplícase a
las personas de sangre o linaje sospechoso o de oscura condición social que
pretenden aparentar más de lo que son. Aquí sangre no es una referencia racial
sino una complementación de linaje, pues como lo veremos más adelante el linaje,
expresado por la legitimidad de la filiación, es un factor predominante para
marcar la composición de las clases. Pero Garzón está hablando en una época que
corresponde a la estructura tradicional de la sociedad argentina. A renglón se
remite a la Academia que dice: locución figurada y familiar con que se zahiere a
las personas que quieren aparentar más de lo que son o cosa de poco mérito e
importancia.
La primera definición que hace Garzón corresponde al momento
local en que la hace; al remitirse a la expresión de la Academia le da luego la
latitud que corresponde a una situación general. Medio pelo es el sector que
dentro de la sociedad construye su status sobre una ficción en que las pautas
vigentes son las que corresponden a una situación superior a la suya, que es la
que se quiere simular. Es esta ficción lo que determina ahora la designación y
no el nivel social ni la raza.
Cuando en la Argentina cambia la estructura de
la sociedad tradicional por una configuración moderna que redistribuye las
clases, el medio pelo está constituido por aquella que intente fugar de su
situación real en el remedo de un sector que no es el suyo y que considera
superior. Esta situación por razones obvias no se da en la alta clase porteña
que es el objeto de la imitación; tampoco en los trabajadores ni en el grueso de
la clase media. El equívoco se produce a un nivel intermedio entre la clase
media y la clase alta, en el ambiguo perfil de una burguesía en ascenso y
sectores ya desclasados de la alta sociedad.
CAPÍTULO
I
EL MARCO ECONÓMICO DE LO SOCIAL Y LOS TRES FRACASOS DE LA
BURGUESÍA
EL "PROGRESO INDEFINIDO"... Y SUS LÍMITES
Las
generaciones que se propusieron el "progreso indefinido", y lo fundaron en el
exclusivo desarrollo agropecuario, actuaron como si estuviesen en presencia de
un horizonte cuyos límites fugan delante del que marcha. Fueron congruentes con
el pensamiento filosófico de la época, como el personaje de la zarzuela: "hoy
las ciencias adelantan que es una barbaridad". La superstición cientificista se
alimentaba de una gran simplicidad que suponía que entre la lente del
microscopio y la del telescopio podía caber todo el universo. Pero mayor
simplicidad fue ignorar que el límite de la expansión económica agropecuaria
estaba dado por la extensión de las pampas, su fertilidad y la curva de las
precipitaciones pluviales.
Mucho más adelante este límite podría ser
trascendido corriendo la lana más al sur y al oeste o con la aparición de los
sorgos, ampliando la zona agrícola-ganadera hacia tierras entonces consideradas
semiáridas, o con la diversificación de la producción agraria en los regadíos o
en las zonas tropicales y subtropicales, pero se haría para satisfacción de
otros mercados, particularmente el interno al crecer, y esto estaba fuera del
presupuesto del "progreso indefinido", que consistía en el intercambio
cereal-carne por manufacturas.
También estaba fuera de ese presupuesto la
relativa ampliación del espacio pampeano en sentido vertical, agregando algún
pisito a la producción, por el mejor manejo de tierras, su abono, o por la
aplicación a la genética al cereal de lo que ya se hacía con el refinamiento de
las haciendas. En cambio estaba a la vista la disminución de la producción de
cereales, inevitable por la erosión o el desgaste de los suelos en sucesivas
cosechas expoliadoras y la inmovilización de gran parte de la todavía zona
cerealera al convertirse en alfalfares destinados a la invernada de
haciendas.
Los límites de ese progreso estaban marcados por la geografía; una
vez ocupado el espacio de la pampa húmeda se habría llegado al tope de las
posibilidades de la producción previsible para el intercambio con la metrópoli,
en cuanto a la cantidad.
RELACIÓN DE LOS TÉRMINOS DEL
INTERCAMBIO
En cuanto al precio, el error es más comprensible: todavía la
ciencia económica no había esclarecido eso de "la relación adversa de los
términos del intercambio", que consiste, simplemente, en saber que el proceso de
transformación de la materia prima va incorporando costos a la misma y que éstos
son absorbidos, en las distintas etapas de la transformación, por el salario y
el capital del país donde se industrializa, de manera tal que las materias
primas, en cuanto productoras de riqueza, sólo benefician en la primera etapa al
país que las produce y exporta en bruto, mientras se le incorporan riqueza en
cada etapa de la transformación, en el país que las transforma.
(Así, al que
exporta hierro o lana sólo le queda lo correspondiente a la producción minera o
ganadera, mientras que el proceso que va del hierro o la lana a la máquina o el
traje va dejando, en el país que importa la materia prima, todos los costos de
las sucesivas modificaciones, a los que se incorporan los costos de los
instrumentos utilizados, desde el transporte y el seguro, a la remota labor de
los que preparan las máquinas usadas en la transformación, sumados a la
transformación misma. Con esto quiero decir que la valorización primaria es la
única que beneficia al país productor de la materia, mientras que el país
transformador incorpora los aumentos, o las economías originadas por el
desarrollo técnico, a la capacidad de su propio mercado. Así, si a principios de
siglo equis kilos de lana permiten comprar una locomotora, treinta años después
hacen falta cinco o seisveces más de lana para el mismo cambio, pues, en el
mejor de los casos, el aumento del valor absoluto de la lana es un aumento que
no compensa los innumerables aumentos correspondientes a los innumerables
momentos de la transformación. Esta aclaración no es exactamente técnica, pero
permite dar una idea al profano de en qué consiste ese enunciado un poco
misterioso "de la relación adversa de los términos del intercambio").
La
estadística al respecto nos puede ilustrar con precisión. Los índices usados
traducen la capacidad adquisitiva de 100 unidades de materias primas respecto de
los productos manufacturados.
Años Índices
(1958 = 100)
1876/1880
................................ 147
1901/1910
................................ 132
1930
.......................................... 105
1938
.......................................... 100
Pero cuando se trata de
las materias primas que produce la Argentina la situación se hace mucho más
onerosa. Así la relación de precios del intercambio de la Argentina, según la
CEPAL ("El Desarrollo Económico de la Argentina", México, 1959, T. I, pág. 20),
evoluciona en la siguiente forma:
Año Índice
1949
................................... 143,8
1953
................................... 100
1957
................................... 72,5
Lo que significa que en 10 años
el poder adquisitivo de la materia prima argentina en producto industrial
importado ha disminuido al filo de la mitad. (Ver nota en el
Apéndice).
LA POBLACIÓN
La inmigración vino a satisfacer las
exigencias del complejo de inferioridad racial que padeció aquella generación de
hispano-americanos avergonzados de su origen y que se liberaban del mismo
calificando al resto de connacionales como víctimas de taras congénitas que los
hacían inadecuados para la civilización; la promovieron, a pesar de sus
reticencias en cuanto a los meridionales de Europa, porque su brazo y su técnica
les eran imprescindibles para ese progreso soñado, y en función de ese progreso
previeron un crecimiento de población por la continuidad de la ola inmigratoria
y el crecimiento vegetativo de los hijos del país nuevo. Así el "progreso
indefinido" tenía una meta muy distante que acuñó una frase de ritual
conmemorativo : "El día en que cien millones de argentinos irán ante el trono
del Altísimo, conducidos por la azul y blanca".
Ni vieron el límite del
espacio geográfico apto para la economía que fundaban, ni vieron el límite de la
población que cabía en ese espacio y con esa economía; jugaron la suerte
definitiva del país a un destino de país chico creyendo que jugaban a la
grandeza: creyendo que jugaban a la lotería jugaban a la quiniela; buscando el
premio mayor jugaban a las dos cifras.
Cuando el país llegó a la décima parte
de la población prevista y fue ocupado totalmente el espacio geográfico
destinado a la carne y al cereal, el "progreso indefinido", en el orden
agropecuario, se detuvo. En adelante todo progreso significaría una competencia,
un factor de perturbación en la estrategia económica prevista para la Argentina
y, por consecuencia, todo el aparato de dirección económica que ellos habían
dejado en manos del extranjero, por su incapacidad para realizarse como
burguesía, se convertiría en el instrumento del antiprogreso.
Con esto creo
que queda bien evidenciada la naturaleza real de un debate frecuente en el cual
los partidarios del retorno al pasado invocan como su gran argumento el
progresismo de aquellas generaciones para oponerlo al progresismo de las nuevas,
sin comprender que aquel progresismo apresurado, como economía dependiente, fue
el plato de lentejas por el que los primogénitos vendieron las posibilidades de
una economía nacional integrada, que fatalmente reclamaría sus derechos una vez
cubiertas las precarias posibilidades de aquel progresismo.
OLIGARQUÍA =
DEPENDENCIA
O comprendiéndolo. Y aquí dejo la palabra a un economista que
nos explicará la alianza de las fuerzas económicas internas correspondientes a
ese progreso limitado, con las fuerzas extranjeras que dirigieron y aun dirigen
los resortes esenciales de nuestra economía, que quedó en sus manos por la
incapacidad de esas mismas fuerzas internas.
Dice Aldo Ferrer ("La economía
argentina", Ed. Fondo de Cultura Económica —1963—) : ... Finalmente, dado el
papel clave que el sector agropecuario jugó en el desarrollo económico del país
durante la etapa de economía primaria exportadora, la concentración de la
propiedad territorial en pocas manos aglutinó la fuerza representativa del
sector rural en un grupo social que ejerció, consecuentemente, una poderosa
influencia en la vida nacional. Este grupo se orientó, en respuesta a sus
intereses inmediatos y los de los círculos extranjeros (particularmente
británicos) a los cuales se hallaban vinculados, hacia una política de libre
comercio opuesta a la integración de la estructura económica del país mediante
el desarrollo de los sectores industriales básicos, naturalmente opuesta también
a cualquier reforma del régimen de tenencia de la tierra. La gravitación de este
grupo no llegó a impedir el desarrollo del país en la etapa de la economía
primaria exportadora, dada la decisiva influencia de la expansión de la demanda,
externa y la posibilidad de seguir incorporando tierras de la zona pampeana a la
producción. Sin embargo, después de 1930, cuando las nuevas condiciones del país
exigían una transformación radical de su estructura económica, la permanente
gravitación del pensamiento económico y la acción política de ese grupo
constituyó uno de los obstáculos básicos al desarrollo nacional.
Con lo
dicho queda señalada la miopía de los hombres que desde 1853 han pasado en
nuestra historia como los grandes visionarios del destino racional y también el
proceso por el cual los continuadores de aquellos "chicatos" ilustres se empeñan
en ponerle al país las anteojeras que le impiden encontrar su verdadero camino,
pues lo que en aquellos fue miopía en éstos es un estado de conciencia que
resulta de la fusión de la estructura de sus intereses actuales con el
mantenimiento de nuestra tradicional estructura económica.
GRAN BRETAÑA
JUEGA SUS CARTAS
Ahora, dejando a los miopes conviene señalar a quién los
condujo con su vista larga, porque siempre junto al ciego hay un lazarillo que
lo guía, como el de Tormes, contra el guardacantón.
El progreso agropecuario
argentino se iba realizando a medida que el país encajaba como la pieza de un
puzzle en la organización económica buscada por el Imperio Británico con su
avanzada ideológica: la doctrina manchesteriana.
Si en un principio el Río de
la Plata fue considerado por la política de Gran Bretaña como una de las tantas
plazas comerciales ultramarinas interesantes al comercio de Su Majestad, el
pensamiento se completó después en la fórmula de Cobden (Inglaterra será el
taller del mundo y la América del Sur su granja) precisada luego en la
conformación exclusivamente agrícola-ganadera que hizo de nuestro país lo que
Raúl Scalabrini Ortiz ha llamado "base y arma del abastecimiento
británico".
Bastará para señalar lo acertado de esta afirmación leer las
instrucciones que da Churchill —ya en nuestros días— a Lord Halifax al
encargarle las negociaciones para la intervención norteamericana en la última
guerra ("Memorias de Winston Churchill", Tomo VIII Ed. Boston): "Por otra parte
nosotros seguimos la línea de EE.UU., en Sud América, tanto como es posible, en
cuanto no sea cuestión de carne de vaca o carnero". La expresión de Cobden,
América del Sud, se concreta de manera precisa: Río de la Plata. Si aquí
Scalabrini Ortiz acuñaba su frase, allá Churchill la ratificaba.
El gran
ministro británico lo hacía en el momento más dramático de la historia inglesa,
cuando ya no el Imperio sino la misma metrópoli estaba al borde del derrumbe del
que sólo podía sacarla el éxito de la misión encomendada; en ese momento toda la
América del Sur podía ser objeto de negociación con la metrópoli del Norte,
toda, menos el Río de la Plata.
LA DÉCADA INFAME CONFIESA SU
JUEGO
Esto nos permite fijar, y para más adelante, el alcance y los
límites de ese progreso. Cuando en 1934 el vicepresidente de la República, Dr.
Julio Roca, como embajador argentino (negociación del tratado Roca-Runciman)
dice en Londres que: "La Argentina forma parte virtual del Imperio Británico",
no hace más que confirmar la naturaleza dependiente de nuestra economía como
pieza en el puzzle imperial. Si la frase es lesiva para nuestra soberanía y
honor nacional y provocó las consiguientes reacciones patrióticas en quienes las
sentimos profundamente, esto no ocurrió porque estuviéramos ajenos al
conocimiento de esa realidad que, precisamente, estábamos denunciando. Lo
indignante era la aceptación como destino definitivo y como finalidad por los
gobernantes argentinos cuando ya la miopía de los fundadores no era posible.
Porque el Dr. Julio Roca no lo expresaba como la comprobación de un hecho
destinado a superarse, sino como ratificación de la conformidad de ese gobierno
y los sectores que representaba con la condición de dependencia que allí se
reconocía. El Tratado Roca-Runciman lo confirmó, porque fue un compromiso para
que al precio de algunas ventajas a un sector dirigente del país se cristalizase
definitivamente esa virtual incorporación al Imperio.
Así, las leyes votadas
en 1935, y que constituyeron el estatuto legal del coloniaje, tuvieron por
finalidad detener cualquier progreso argentino en otra dimensión que pudiera
modificar su situación en el puzzle. La política del "progreso" devenía ya la
del antiprogreso, y la fuerza que nos había impulsado a andar, era ahora la que
nos detenía.
Sintetizando: se aceleró nuestro desarrollo para integrarnos
eficazmente en el Imperio. Ahora éste había llegado a los límites técnicamente
exigidos y cualquier progreso de otro orden implicaría una alteración de la
finalidad propuesta.
PRIMER FRACASO: LA GENERACIÓN CONSTITUYENTE.
LIBERALISMO INTERNACIONAL O LIBERALISMO NACIONAL
Es que en toda
colonización hay ese momento próspero mientras se avanza hacia el límite óptimo
de sus necesidades. Y el frenazo después. He ahí las dos fases de una misma
política.
¿La adscripción de la Argentina al sistema de la división
internacional del trabajo era inevitable para los vencedores de Caseros? ¿La
única perspectiva de progreso que se tenía por delante era la impuesta por la
ortodoxia liberal y el libre juego de las fuerzas económicas nacionales e
internacionales con que se adoctrinaban?
Ni teórica ni prácticamente era así.
Lo que sí puede ser cierto es que las condiciones históricas determinaban la
organización capitalista de la producción. Es cierto que era la hora del
capitalismo en marcha, pero no la del internacionalismo liberal. Los
constituyentes del 53 buscaron su inspiración en las instituciones de los
Estados Unidos, y hay aquí que preguntarse por qué se quedaron en las
apariencias jurídicas y eludieron la imitación práctica. ¿No entendieron la
naturaleza profunda del debate entre Hamilton y Jefferson o la entendieron y
vendieron después a las generaciones argentinas desde la Universidad, desde el
libro y desde la prensa una interpretación superficial y formulista?
En ese
debate está sintetizado el enfrentamiento entre el liberalismo ortodoxo, que
implicaba aferrarse a la división internacional del trabajo, y el liberalismo
nacional, que construyó los Estados Unidos, que fue el instrumento de su
grandeza y le sirvió para delimitar la esfera propia del desarrollo
norteamericano por oposición a la subordinación económica a la metrópoli, que
hubiera convertido la independencia en una ficción. ¿Entre tanto libro que
leyeron "al divino botón" no encontraron una línea de las que habían escrito
Carey e Ingersoll, y no tropezaron con un volumen del "Sistema de Economía
Nacional" de List, que fueron los teóricos del desarrollo da una economía
capitalista nacional, es decir, de un capitalismo y un liberalismo para los
norteamericanos o, los alemanes, y no para los ingleses? ¿No sabían que esa
heterodoxia que le cortó las alas al águila de la división internacional del
trabajo nutrió la gallina prolífica que ponía los huevos para los hijos de su
tierra, defendiendo con la protección aduanera el fruto del trabajo nacional y
promoviendo el desarrollo interno, con el Estado como propulsor de la grandeza?
¿Por qué se atrevieron a la doctrina liberal como mercadería de exportación para
vender a zonzos y no a la doctrina liberal, reelaborada en los Estados Unidos
para la construcción de una economía liberal pero integrada?
Y
contemporáneamente también, y más adelante, ¿por qué prescindieron del ejemplo
de Alemania, que realizó su propia política liberal, pero nacional, empezando
por el “zollverein” hasta llegar a la construcción de la gran Alemania cuando el
pensamiento político de Bismarck integró el pensamiento económico del mismo
List, perseguido por los príncipes como liberal y por los liberales como
nacional?
Alemania, hasta ese momento, no había sido más que el mísero país
del que habla Voltaire; el campo de batalla de franceses, suecos, austriacos y
españoles, en el que nunca había pesado el interés de sus nacionales. Los
factores materiales de la grandeza alemana habían estado siempre allí: sus
puertos y sus ríos, el genio y la capacidad de trabajo de sus hombres, los
bosques en las faldas de las montañas, los granos y las carnes en los valles y
las llanuras, el hierro y el carbón en las entrañas de la tierra; todas las
condiciones materiales de la grandeza que sólo se manifestaron cuando el
pensamiento y la voluntad nacional se articularon para ponerlos a su
servicio.
(Conviene recordarlo a los que creen que sólo los factores
materiales determinan la historia y subestiman el pensamiento y la voluntad que
puede hacer una mísera dependencia de un país rico, y una metrópoli de un país
pobre en recursos materiales.)
LA GUERRA DE SECESIÓN: EJEMPLO
PRÁCTICO
Pero hubo después en los Estados Unidos la guerra de Secesión:
allí se enfrentaron sangrientamente el Norte, liberal nacionalista, con el Sur,
adscripto a la producción exclusiva de materias primas, y puede decirse que la
verdadera independencia de los Estados Unidos se resolvió en el campo de batalla
de Gettysburg. ¿Cómo fue que los promotores de la política liberal
internacionalista siempre tratando de imitar a los Estados Unidos, no
comprendieron el verdadero sentido de esa guerra, y cómo el "Destino Manifiesto"
sólo podía cumplirse a condición de que el país industrial que promovía el
desarrollo interno venciese al país de producción primaria que lo obstaculizaba?
¿Lectores pueriles de las doctrinas exportadas como los collares de abalorios
para seducir a los indígenas, sólo vieron en aquella página dramática de la vida
norteamericana la seducción lacrimógena de "La Cabaña del Tío Tom", sin percibir
el trasfondo económico y político de los acontecimientos?
¿Y cómo es
posible que generaciones y generaciones de juristas hayan acosado a los
estudiantes de derecho y de economía con la vida de las instituciones
norteamericanas a través de su permanente evolución, en la jurisprudencia del
Supremo Tribunal, sin percibir el hecho económico que rigió y condujo esa
construcción jurídica, en la que la vida fue acordándose a las exigencias de la
realización económica integral, según el país iba creciendo de la estrecha
franja original en el Atlántico hacia el Medio Oeste, los desiertos interiores y
la costa del Pacífico, o el desborde sobre la tierra mexicana?
¿Lo vieron o
no lo vieron? ¿Traidores o "chicatos"? Esa es la alternativa. En "Política y
Ejército" he señalado un factor cultural que también pesó en esa ceguera. Desde
el día siguiente de la independencia, directoriales y unitarios, cuyos
continuadores habrían de ser los famosos "visionarios", partieron de la urgencia
por hacer el país no según lo determinaban sus raíces —como se hace el árbol
hasta la copa—, sino según un modelo a trasplantar. Quisieron realizar Europa en
América y todo lo que Europa les ofrecía era válido; y sin valor lo que surgía
de la realidad. Trabajaron para la destrucción de la Patria Grande, porque,
consciente o subconscientemente, les estorbaba a su apuro la montaña, la selva,
el río y el hombre, por español, por indio o por mestizo.
Gobernar es poblar,
como diría Alberdi, pero despoblando primero como ellos lo hicieron para abrir
la tierra a nuevos hombres que imaginaban no iban a ser americanos. Así es como
también diría Alberdi, resumiendo sin saberlo el pensamiento original de su
grupo: "El mal que aqueja a la Argentina es la extensión". Por eso había que
achicarla. Empezó Rivadavia facilitando la segregación del Alto Perú y la Banda
Oriental; lo harían los unitarios en los largos años de la guerra civil buscando
con la ayuda extranjera la segregación del Norte y la Mesopotamia; lo haría
Mitre abriendo un abismo de sangre y de luto con el Paraguay. Siempre estuvieron
decididos a achicar el espacio, y así segregaron Buenos Aires frente al gobierno
de Paraná. Reducir la patria a la pampa húmeda, fácilmente europeizable,
permitía ahorrar tiempo en el camino de la grandeza concebida a través de la
pequeñez. Congruentemente fue necesario destruir el Paraguay, que se había
puesto a la vanguardia del progreso americano, cerrándole el camino al
pernicioso progreso conseguido contra las normas manchesterianas.
EL
PROFETA DEL LIBRE CAMBIO Y SUS APÓSTOLES
Y esto no es una afirmación al
pasar. Oigámoslo a Mitre en la oración pronunciada saludando a los soldados que
venían de desangrarse en los esteros paraguayos: "Cuando nuestros guerreros
vuelvan de su larga y victoriosa campaña a recibir la larga y merecida ovación
que el pueblo les consagre, podrá el comercio ver inscriptos en sus banderas los
grandes principios que los apóstoles del libre cambio han postulado para mayor
felicidad de los hombres”.
Y véase ahora esto de Sarmiento que ajusta
perfectamente al alcance de esa libertad de comercio y el límite fijado por sus
apóstoles: “La grandeza del Estado está en la pampa pastora, en las producciones
del Norte y en el gran sistema de los ríos navegables cuya aorta es el Plata.
Por otra parte, los españoles no somos ni industriales ni navegantes y la Europa
nos proveerá por largos siglos de sus artefactos a cambio de nuestras materias
primas”. Así dirá Billinghurst: Llegaremos a exportar manufacturas dentro de mil
años, y Vélez Sársfield, autor del Código Civil, codificará en una frase la
política de una clase como inseparable del destino argentino: Es imposible
proteger a los industriales, que son los pocos, sin dañar a los ganaderos, que
son los más. Esa fue la mentalidad de los “visionarios” que sólo alcanzaron a
verse la punta de la nariz; ésa la gente que bajé con las Tablas de la Ley del
Sinaí del 53.
Así se crearon las condiciones del capitalismo, pero se
impidió el surgimiento de un capitalismo nacional al ponerlo en indefensión
frente a la economía imperial. Así también, a medida que el progreso de la
economía dependiente consolidaba el poder de los intereses extranjeros en el
país y ligaban a ellos, como se ha explicado en la cita de Ferrer, los
beneficiarios de la economía puramente abastecedora, se hacía más difícil la
aparición de una economía capitalista propia. A mayor prosperidad de la economía
exclusivamente agropecuaria, mayor dificultad para fundar una economía nacional
integrada. Así quedaron excluidas las posibilidades del desarrollo de una
política liberal nacional por la rápida expansión de una política liberal
internacional. Anotemos como simple curiosidad el hecho que se ha señalado más
arriba: en la deformación mental que hizo posible que la inteligencia argentina
aceptara ese hecho la irrisión llegó hasta el punto de que el ejemplo de los
Estados Unidos que hubiera servido para fundar una economía nacional integrada,
fuera utilizado para impedirlo.
LA ARGENTINA PREINDUSTRIAL
¿Pudo,
a nivel histórico 1853, planearse una política económica nacional? ¿Existía la
posibilidad de surgimiento de una burguesía nacional que cumpliera ese
papel?
Existía. Y Juan Manuel de Rosas había sido su máxima expresión. Lo que
hay que saber es si Rosas no fue combatido por eso mismo y si el propósito de
los vencedores no fue precisamente aniquilar toda posibilidad de economía
integrada, que él acababa de demostrar. Vencido políticamente, quedaba su camino
económico para recorrer.
Rosas es uno de los pocos hombres de la alta clase
que no desciende de los Pizarros de la vara de medir que en el contrabando y en
el comercio exterior fundaron su abolengo. Por eso no tuvo inconveniente en ser
burgués. Fundó la estancia moderna y después fundó el saladero para
industrializar su producción, y fundó paralelamente el saladero de pescado para
satisfacer la demanda del mercado interno. Y defendió los ríos interiores y
promovió el desarrollo náutico para que la burguesía argentina transportara su
producción; integró la economía del ganadero con la industrialización y la
comercialización del producto y le dio a Buenos Aires la oportunidad de crear
una burguesía a su manera. Pero además, con la Ley de Aduanas, de 1835, intentó
realizar el mismo proceso que realizaba los Estados Unidos; frenó la importación
y colocó al artesanado nacional del litoral y del interior en condiciones de
afirmarse frente a la competencia extranjera de la importación, abriéndole las
posibilidades que la incorporación de la técnica hubiera representado, con la
existencia de un Estado defensor y promovedor, para pasar del artesanado a la
industria1.
Pequeño intento, se dirá, pero para muestra basta un botón. Un
botón construido mientras los unitarios, en insurrección permanente, obligaban a
la guerra constante, y los grandes Imperios de la hora. Francia e Inglaterra y
el vecino Brasil, agredían las fronteras argentinas, atacaban la navegación,
bloqueaban los puertos, cañoneaban las fortificaciones y desembarcaban sobre
nuestro territorio con la complicidad de sus aliados internos.
Pequeña
muestra, pero grande si se ve lo que ocurrió después.
Transcribo, también de
"Política y Ejército", lo que sigue: "Martín de Moussy señalaba los efectos de
la libertad de comercio que Mitre había inscripto en las banderas del Ejército
según su arenga: La industria disminuye día a día a consecuencia de la
abundancia y baratura de los tejidos de origen extranjero que inundan el país y
con los cuales la industria indígena, operando a mano y con útiles simples, no
puede luchar de manera alguna.”
Dice José María Rosa: Los algodonales y
arrozales del Norte se extinguieron por completo. En 1889 el primer Censo
Nacional revelaba que en provincias enteras apenas si malvivían madurando
aceitunas y cambalacheando pelos de cabra. ("Defensa y pérdida de la
Independencia económica"). Ramos, de quien extraigo esta cita ("Revolución y
Contrarrevolución en la Argentina"), nos informa que en 1869 había 90.030
tejedores sobre una población de 1.769.000 habitantes, y en 1895 sólo quedaban
30.380 tejedores en una población de 3.857.000. Lejos de importar máquinas de
producción, el capitalismo europeo en expansión nos enviaba productos de
consumo. No venía a contribuir a nuestro desarrollo capitalista, sino a
frenarlo.
LA POSIBLE BURGUESÍA FRUSTRADA DE LA "PATRIA CHICA"
Ni
los pálidos exiliados de Montevideo que echaron sebo después de Caseros, ni los
generales uruguayos brasileristas traídos por Mitre para la guerra de exterminio
de la población nativa, ni los pobretones doctores de la Constituyente, podían
haber constituido una burguesía. Pero estaba vivita y coleando esa burguesía
federal que se le había dado vuelta a Rosas después de la derrota o en sus
vísperas, con la parentela del "tirano" a la cabeza, y ese mismo Dr. Vélez
Sársfield, que venía directamente de los salones de Manuelita. Ellos pudieron
pesar para que, aceptando la estructura liberal que se plagiaba de los Estados
Unidos, se condicionase ésta al interés nacional como los mismos Estados Unidos
habían hecho, asumiendo ellos mismos el papel económico que el "dictador" había
representado y sostenido.
Pero aquellos doctores habían adquirido ya el
hábito de actuar como agentes internacionales, y lo siguieron haciendo desde sus
bufetes donde fundaron la dinastía de los abogados de empresas y maestros del
derecho y la economía conveniente a la política antinacional. Los burgueses de
Buenos Aires prefirieron disminuir los recursos de la Aduana —que a Rosas le
habían servido para establecer el orden nacional— para facilitar el orden de la
dependencia y excluyeron la protección económica que significaba la posibilidad
de integrar una economía.
Desde Pavón se aplicó la política del país chico.
Ahora los recursos aduaneros, que se limitaban y habían servido para pelear
contra lo extranjero, serían útiles para aniquilar al interior; y la protección,
que había sido la defensa económica de éste, desaparecía para abrir camino al
importador. Ahora el interior no es más que un desgraciado remanente del país
hispanoamericano, sólo tolerable en la medida que no estorbe la adaptación de
las pampas al destino que le tenía reservado la división internacional del
trabajo. Es lo que le permitiría decir a Sarmiento: "Pudimos en tres años
introducir cien mil pobladores y ahogar en los pliegues de la industria a la
chusma criolla inepta, incivil, ruda, que nos sale al paso a cada instante".
Pero ya sabemos de qué industria habla Sarmiento, según lo dicho más
arriba.
SEGUNDO FRACASO: LA BURGUESÍA PROSPERA SE SIENTE
ARISTOCRACIA
Hacia el 80 se abre otra perspectiva. Es el momento en que
comienza la brusca expansión agropecuaria del país.
Aldo Ferrer (Op. cit.)
sintetiza de manera general el proceso de integración de los países productores
de materias primas en el mercado mundial. Dice (pág. 96) : "La apertura de los
mercados europeos a la producción de alimentos y materias primas del exterior
fue consecuencia del proceso de industrialización de los países de Europa, la
Especialización creciente de éstos en la producción manufacturera y la mejora de
los medios de navegación de ultramar que rebajaron radicalmente los costos de
transporte. Esto abrió en las economías de los países ajenos a la revolución
tecnológica y a la industrialización de la época, llamados más tarde de la
periferia, grandes posibilidades de inversión en las actividades destinadas a
producir para los mercados de los países industrializados. Naturalmente, según
se apuntó antes, los que más posibilidades ofrecían fueron aquellos de grandes
recursos naturales y escasa población". Señala más adelante, llamando a estos
países de "espacio abierto", que "la Argentina fue un caso típico de integración
a la economía mundial de un espacio abierto". Agrega, también, que las
"inversiones se presentaron tanto en las actividades puramente exportadoras como
en la ampliación del capital de infraestructura, particularmente transportes, y
también en los campos vinculados a las actividades de exportación, sus
mecanismos comerciales y financieros, y en el desarrollo de actividades
destinadas a satisfacer las demandas de países periféricos".
Ya Scalabrini
Ortiz en su "Historia de los FF.CC. Argentinos" ha mostrado cómo la inversión
fue muy relativa y se hizo por capitalización del trabajo nacional; lo mismo
puede decirse de los servicios públicos en general, uno de los cuales, el de la
electricidad, ha historiado minuciosamente Jorge del Río. En cuanto a los
mecanismos comerciales y financieros, conviene recordar que los exportadores y
los importadores se financiaron antes y después del IAPI, a través de la banca
por el ahorro nacional, es decir que lo mismo que el IAPI, pero con la
correspondiente diferencia de destino de los márgenes que resultan del comercio
exterior. Estos márgenes se convierten con el sistema restablecido después de
1955, en nuevas inversiones extranjeras cuando no son utilidades que se
van.
Pero dejando de lado la cuestión del origen de esas inversiones, el
hecho que anota Ferrer es el mismo que hemos señalado poniendo las iniciales a
la política inteligentemente trazada; las inversiones en la infraestructura no
están dirigidas a desarrollar el país sino a facilitar su deformación en el
sentido de un desarrollo dependiente.
La clase propietaria de la tierra,
enriquecida bruscamente por la ampliación de sus dominios con la Conquista del
Desierto, por el orden y la juridicidad, por el progreso técnico —alambrados,
aguadas, genética, etc.—, por la contribución de los brazos inmigratorios y,
sobre todo, por la demanda mundial dirigida a las producciones de la pampa
húmeda, ha cuidado minuciosamente de mantener su hegemonía territorial,
limitando por esto mismo la posibilidad de la formación de una fuerte burguesía
de origen inmigratorio que podría haber nacido de una mejor distribución de la
tierra y de una más amplia distribución de los frutos del trabajo.
EL
ROQUISMO Y LA APARICIÓN DE UNA IDEA INDUSTRIALISTA
Pero en cambio el
interior ha vencido a los portuarios y la federalización de Buenos Aires abre
las perspectivas de una visión política nacional sustituyendo la exclusivamente
porteña. Otro pensamiento económico que el vigente hasta ese momento acompaña a
los vencedores. Avellaneda, con la modificación de la Tarifa de Avalúos, parece
volver a la política económica señalada por Rosas. Están los dos Hernández,
Vicente López, Roque Sáenz Peña, Estanislao Zeballos, Nicasio Oroño, Carlos
Pellegrini, Amando Alcorta, Lucio Mansilla, el mismo Roca. Pellegrini
sintetizará el pensamiento de esa generación: "No hay en el mundo un sólo
estadista serio que sea librecambista en el sentido que aquí entienden esa
teoría. Hoy todas las naciones son proteccionistas, y diré algo más: siempre lo
han sido, y tienen fatalmente que serlo para mantener su importancia económica y
política. El proteccionismo puede hacerle práctico de muchas maneras, de las
cuales las leyes de Aduana son sólo una, aunque sin duda la más eficaz, la más
generalizada y la más importante. Es necesario que en la República se trabaje y
se produzca algo más que pasto"
En el plano de la inteligencia política las
cosas han cambiado; la generación del 80 parece no estar arrodillada ante "los
apóstoles del libre cambio", como Mitre, ni creer en la ineptitud congénita de
los argentinos como Sarmiento. Con Roca llegan al gobierno nacional, si no la
"chusma incivil" que dijo el sanjuanino, la "gente decente", los principales de
provincia cuyos intereses difieren de los portuarios.
Pero todo queda en
vagos enunciados teóricos. Primero la lana, después la carne y los cereales,
multiplican las cifras de la exportación; el roquismo, como tentativa de
grandeza nacional, se desintegra en las pampas vencido por los títulos de
propiedad que adquieren sus primates, ahora estancieros de la
provincia.
UNA TRISTE PÁGINA DE HISTORIA
Quizá una de las páginas
más tristes de la historia argentina es aquella entrega de la banda y el bastón
que el general Roca hace al nuevo presidente Quintana. Es el mismo Quintana
abogado del Banco de Londres y América del Sud que habla amenazado al ministro
de Relaciones Exteriores de Avellaneda, Bernardo de Irigoyen, con movilizar la
escuadra inglesa por un incidente bancario en el Rosario.
Esos eran sus
títulos, y los de gran señor con su atuendo londinense, su oficio y filiación
política mitrista que definen su ideología.
Abelardo Ramos (Op. Cit. Tomo II)
nos relata el episodio:
Rodeado de un puñado de amigos y con un velo
melancólico en sus ojos saltones, el general Julio Argentino Roca entregaba las
insignias del mando al Dr. Manuel Quintana, con su perilla blanca, retobado y
despreciativo, enfundado a presión en su célebre levita.
... El mandatario
saliente pronunció algunas banales palabras de cortesía. Quintana contestó al
ceñirse la banda presidencial: “Soldado como sois, transmitís el mando en este
momento a un hombre civil. Si tenemos el mismo espíritu conservador, no somos
camaradas ni correligionarios y hemos nacido en dos ilustres ciudades argentinas
más distanciadas entre sí que muchas capitales de Europa”. En esta respuesta
desdeñosa, Quintana componía su autorretrato: se había sentido siempre más
próximo a Londres que a Tucumán. Su alusión al común espíritu conservador no era
menos que transparente: comprendía perfectamente el íntimo sentido de la
declinación del roquismo y su incorporación al “statu quo” de la oligarquía
triunfal.
Del soldado de Pavón, la Guerra del Paraguay, Santa Rosa y la
Conquista del Desierto al estanciero de “La Larga”. Lo que no pudieron las armas
lo hizo la estancia. Continuaría su hijo el mismo camino de declinaciones que
ahora se rubricaban con la traición a Pellegrini.
En su mensaje al Congreso,
Quintana sería más concreto advirtiendo sobre el final de toda tentativa de
economía nacional. Se imponía reducir los impuestos, ahorrar en los gastos
públicos y renunciar a “ciertos excesos del proteccionismo aduanero”. El mismo
autor agrega que se renunciaba a la orientación proteccionista que había sido
una forma desde la presidencia de Avellaneda en 1875 y que a pesar de su
moderación había permitido crear las industrias nacionales en el último cuarto
de siglo de la influencia roquista. Quintana agregaría en el mensaje; “...
corregir las tarifas de otras naciones y aplicarlas sobre avalúos de verdad...
moderar la protección de industrias precarias si hemos de asegurar con ello la
prosperidad de las industrias capitales”.
LOS “CIVILISTAS” UTILIZAN A LOS
MILITARES
Desde entonces, con una sola excepción, los generales que
llegaron al poder terminan por entregarlo a civiles que enuncian estos “sanos”
propósitos bajo la mirada complacida de las metrópolis económicas; convierten
las armas nacidas para instrumento de la grandeza nacional en el recurro cómodo
de esa clase de civilidad de que Manuel Quintana puede ser el símbolo.
Esto
es lo que en definitiva dice también José Luis Imaz al hablar de las Fuerzas
Armadas en "Los que Mandan" (Ed. Eudeba): Sin funciones manifiestas —no ha
habido guerras—, el aparato bélico de las FF.AA. ha terminado por ser
visualizado, por todos los grupos políticos, como instrumento potencialmente
útil para satisfacer sus propios objetivos. Así, el recurso de las FF.AA. como
fuente de legitimación ha terminado por ser una regla tácita del juego político
argentino.
La regla es válida para la generalidad de los golpes militares,
con sus "Batallones de Empujadores” y sus "Regimientos de Animémonos y Vayan"
(civiles), que se saben herederos pero no para el caso de 1913 que se engloba en
el juicio. Aquí el Ejército falló a los viejos partidos políticos, a quienes el
juego se les fue de la mano. Lo que sucedió al golpe de Estado fue un proceso
nuevo y distinto que instrumentó la única tentativa seria de economía nacional
que hemos tenido. Porque la cuestión que define el hecho militar, es la de saber
si éste se produce para restablecer el status quo de los viejos partidos
políticos como guardianes de la economía dependiente, o para abrir las
perspectivas de una política nacional para el país y para el mismo ejército,
rompiendo el esquema preestablecido en obsequio al acceso al poder de la parte
de sociedad capaz de realizarse nacionalmente porque no está ligada a la vieja
estructura.
Pero no nos apartemos del tema que es el fracaso de la
burguesía.
La burguesía argentina fracasa pro segunda vez.
FRACASAN
LOS DEL "OCHENTA"
Ese momento de la incorporación de las pampas al
mercado mundial, también ocurrió en Estados Unidos con sus cereales y
carnes.
Entonces la burguesía norteamericana capitalizó la riqueza así
generada. Complementó la producción con el manejo de la comercialización, de la
navegación y de la banca. No se limitó a producir y vender sobre el lugar de
producción entregando la parte del león a los exportadores. La hizo suya, la
reinvirtió y proyectó los recursos logrados sobre el desarrollo interno,
acompañando la marcha hacia el Oeste.
Ya hemos visto que la burguesía
inmediata a Caseros fue incapaz de continuar el papel económico señalado por
Juan Manuel de Rosas. Puede ella justificar su incapacidad para cumplirlo en la
gravitación de las ideologías, en la caída del pensamiento nacional, en la
conducción política en manos del odio que quería borrar todo el pasado, y en su
propia debilidad económica para emprender en ese momento la tarea.
Pero la
situación es muy distinta del 80 en adelante; esa burguesía se encuentra
bruscamente enriquecida y plena de poder. Tiene conductores políticos que
señalan un rumbo de economía nacional; las provincias pesan en las decisiones
del Estado; sólo les basta asumir su papel como burguesía ilustrándose con el
ejemplo de sus congéneres contemporáneos de los EE.UU. y de Alemania. Y, sin
embargo, no lo cumple; por el contrario, absorbe en sus filas a los políticos y
pensadores que pudieron ser sus mentores, los incorpora a sus intereses y los
somete a las pautas de su status imponiéndoles, junto con su falta de visión
histórica, la subordinación a los intereses extranjeros que la
dirigen.
LOS AUSENTISTAS EN SU HORA DE "MEDIO PELO"
Es que esa
burguesía de los descendientes de los Pizarro de la vara de medir prefiere
creerse una aristocracia. Es la alta clase ausentista que reproduce en sus
estancias los manors británicos y en sus palacios a la francesa el estilo de la
alta sociedad parisiense. Es la burguesía ausentista que sube, en París y en
Londres, la escalera del refinamiento finisecular después de haber saltado los
escalones del rastacuero y se identifica con las grandes metrópolis del placer,
la cultura, el dinero; entrega sus hijos a manos de "misses" y "mademoiselles" o
a colegios pensionados de dirección extranjera, cuando no extranjeros
directamente; se desentiende de la conducción del país, que deja en manos de
protegidos de segunda fila —con todo, mejores que ella, porque no se han
descastado totalmente—. Imita a la burguesía norteamericana en el dispendio y le
disputa el matrimonio de sus hijas con los títulos de la nobleza tronada. Pero
pretende ser una aristocracia, a diferencia de la "yanqui", que en su
simplicidad arrogante se afirma como burguesía.
Carga sobre la espalda de esa
burguesía argentina el complejo de inferioridad anti-indígena. anti-español y
anti-católico, y en lugar de ser como la "yanki", ella misma, prefiere ser
imitadora de la alta clase europea. Tal vez remedando al príncipe de Gales, que
después será Eduardo VII es un poco continental y un poco isleña y fabrica ese
híbrido anglo-francés que después traslada a Buenos Aires en la arquitectura, en
los modos y hasta en el lenguaje.
Los racistas habituales imputarán este
fracaso psicológico de los terratenientes argentinos a la supuesta incapacidad
hispánica heredada, cuando si de algo se ocuparon esos "burgueses" es de borrar
toda huella de lo español.
Puestos a imitar, no imitaron a esta burguesía
poderosa y constructiva y sólo quisieron reproducir la imagen de los landlords
en sus dominios territoriales. Anticipan el "medio pelo" contemporáneo en su
arribismo de aquella etapa, porque en París y en Londres son el "medio pelo" de
la alta sociedad; "medio pelo" que cree cotizarse por sus propios valores, hasta
que la declinación de la divisa fuerte le destruye todo el fundamento de su
prestigio internacional1.
BUENOS AIRES Y SU CITY
No supieron ser
en su país los hombres de la "city" y la "city" fue extranjera. Por la estúpida
vanidad de esa clase, el país frustró la ocasión de capitalizar para el
desarrollo nacional la oportunidad que la historia le brindaba. Dilapidaron en
consumo superfluo la parte de la renta nacional que la burguesía extranjera les
dejó a cambio de la renuncia de su función histórica; cuando la divisa fuerte se
acabó dejaron de ser ''los ricos del mundo" y volvieron para ser "los ricos del
pueblo", no en razón de la riqueza que pudieron crear, sino del privilegio que
les permitió acumular su condición de titulares del dominio, en la valorización
de las tierras originada en la transformación y lo poco que invirtieron en la
producción primaria. Volvieron a cuidar aquí ese orden en virtud del cual, ya
pobres en el mundo, se les permitía ser ricos en el país por comparación con los
más pobres, a condición de garantizarle a la infraestructura extranjera de la
producción el cómodo usufructo del intercambio.
Así, la expansión
agropecuaria, que fue la más grande oportunidad que tuvo el país de
capitalizarse, como consecuencia del fracaso de su burguesía sirvió para
consolidar su situación de dependencia.
En la medida que esa clase no cumplió
el papel que correspondía a una burguesía, se resignó a ser la fuerza interna
dependiente cuya misión ha sido impedir toda modificación de la estructura. Es
lo mismo que pasa con los ejércitos en todos los países periféricos: o intentan
la realización nacional cumpliendo como tales con su destino histórico, o se
convierten en una mera policía del orden conveniente a los de afuera. Esa
diferencia que hay entre el soldado y el cipayo ocurre en el orden económico
según la burguesía cumpla funciones nacionales o simplemente sea un sector
dependiente.
LOS "PROGRESISTAS" DEVIENEN ANTIPROGRESISTAS
Cuando
la producción agropecuaria llegó a los topes previsibles y la población siguió
creciendo, ya no sólo dejó de cumplir su papel como burguesía, ante el peligro
de que la realidad, imponiendo las leyes de la necesidad, alterase la estructura
a que se ligaba. De la euforia del progreso y su hipertensión, que vivió tirando
manteca al techo, pasó a la lipotimia del miedo a la grandeza.
Quiero aquí
recordar la frase de ritual de la vieja oligarquía que he dicho al principio de
la nota: '"Cien millones de argentinos conducidos por la azul y blanca ante el
trono del Altísimo". Y agregar dos citas que no me cansaré de reiterar, porque
definen los dos extremos entre la euforia de los triunfadores y la derrota de
los sometidos que quieren someter el país.
En 1956 el Dr. Ernesto Hueyo, ex
ministro de la Década Infame y personaje representativo de su clase, sostiene en
un artículo de "La Prensa" que el país tiene exceso de población y sólo se le
ocurre una solución: que emigre el excedente de argentinos innecesario para la
economía pastoril. En 1966 el presidente de la Sociedad Rural, Sr. Faustino Fano
—un nuevo incorporado a la alta clase— expresa el pensamiento de la misma
diciendo en el habitual banquete de la prensa extranjera —donde los primates del
país van a dar examen de buena conducta e higiene mental— que la población
conveniente a la República está en la relación de cuatro vacunos por cada
hombre. Ajustándonos al cálculo de este último, y partiendo de una existencia
presumible de 45 a 50 millones de vacunos, hoy no debería tener más de 12
millones de habitantes. Si tiene 25 millones se ha excedido en el 100 por
ciento. ¡A esto ha llegado la élite que se dice continuadora de la que jugaba a
los 100 millones de habitantes y los prometía ante el trono del Señor!
Y lo
terrible es que tiene razón si el esquema económico argentino ha de ajustarse al
destino que le tienen reservado al país los que se creen sus dirigentes por
derecho propio, los que habitualmente sacan al Ejército de sus cuarteles, los
que habitualmente vuelven a meterlo en los mismos y los que ponen al frente de
la economía a los expertos profesionales que se turnan en su
dirección.
EN LOS LIMITES DE LA PAMPA
En 1914 —y no en 1930, como
lo entiende Ferrer— el país ha llegado al límite potencial de su riqueza
agropecuaria. Habrá coyunturas circunstanciales, como la excepcional demanda
posterior a la primera guerra o la falta de competencia internacional, o
condiciones climáticas extraordinarias que permitan en algunos años
superarlo.
De todos modos se sumará a los factores adversos la cada vez más
adversa relación de los términos del intercambio; ya ni el préstamo
internacional ni los saldos favorables de la balanza comercial podrán compensar
la demanda creciente del mercado interno, que, además, afecta los saldos
exportables, ni tampoco el servicio de amortizaciones y de intereses. Todo lo
que el país avance sólo dependerá de la expansión del mercado interno —de lo que
el país sea capaz de producir y consumir para sí, es decir, de la
diversificación de la producción y el alza de los niveles de consumo generada
por el desarrollo de las fuerzas internas, de la producción al salario—, de su
capacitación para integrar una economía nacional que no repose en los saldos del
comercio exterior. Este dejará de ser eje para ser sólo complementario, como lo
es en EE.UU. y en todos los países que los "'expertos" cipayos nos proponen como
ejemplo. Ese problema de población que preocupa a Hueyo y a Fano, la eliminación
del excedente de 13 millones de habitantes, sólo tiene dos soluciones: el
genocidio que puede consistir en el no te morirás, pero te irás secando de un
pueblo condenado a la miseria endémica, que además facilite mano de obra barata
para complacer con el bajo costo "el mercado tradicional", o tomar el toro por
las astas —el toro o el dueño del toro— y marchar hacia la integración de la
economía.
Para un argentino no hay otra alternativa que la segunda solución
en lo inmediato. En lo mediato, volver a la expansión internacional, pero con la
producción y los mercados diversificados.
AVANCES Y
RETROCESOS
Desde 1914 estamos en eso: en la lucha del país nuevo y real
con el país viejo y perimido, que para vivir él impide el surgimiento de
nuestras fuerzas potenciales. Es un andar y desandar continuo; un avanzar tres
pasos y retroceder dos. En ese andar hacia adelante muchos sectores del interior
han encontrado su solución transitoria en el crecimiento del mercado del litoral
y sólo por él; el algodón del Chaco, el vino y la fruta de Mendoza y Río Negro,
la yerba y el té de Misiones, los citrus de la Mesopotamia y del Norte, el
tabaco, el azúcar, el arroz y la variada gama de productos que han permitido
avanzar a algunas provincias de las condenadas a vegetar miserablemente en el
mecanismo exportador-importador del litoral.
Las dos grandes guerras, la de
1914 y la de 1939, y la neutralidad mantenida a pesar de todas las presiones,
rompieron en dos oportunidades críticas el esquema agro-importador y dieron
lugar a un incipiente desarrollo industrial en la primera, que tuvo carácter
mucho más, definido y profundo en la segunda. Las condiciones históricas
favorables fueron relativamente acompañadas en la primera oportunidad, por el
gobierno de Yrigoyen, con medidas imprecisas pero que ayudaron, como el cierre
de la Caja de Conversión, el incremento de la actividad del Estado como promotor
y el primer reconocimiento de los trabajadores como fuerza dinámica de la
realización argentina en la segunda, desde la política inicial de Castillo, con
la creación del Banco Industrial y la creación de la Marina Mercante, a la
decidida y enérgica política de Perón, ejecutada audazmente por Miranda y con la
efectiva acción de los trabajadores que, con la lúcida conciencia de su papel,
ocuparon el lugar vacante de la burguesía en la conducción nacional, pues la
burguesía que surgía entonces, al amparo de condiciones favorables, tampoco tuvo
conciencia de su valor histórico ni de la línea política de sus
intereses.
1930 y 1955 son fechas equivalentes, y la Década Infame y la
Revolución Libertadora se identifican en los fines, en la técnica
revolucionaria, en los equipos de gobierno y en el mismo aprovechamiento de las
fuerzas militares destinadas al increíble papel de frenar la grandeza nacional y
cerrarle al país —cuya expresión armada de potencia son— el camino que les
abriría la posibilidad de ser potencia.
No se trata aquí de hacer el análisis
de la política económica del gobierno caído en 1955. Sólo bastará con decir que,
cabalgando la única tentativa de política económica nacional en gran escala
después del precario ensayo que pudo hacer Rosas. (Ésta analogía que quiso ser
injuriosa resultó un cumplido y lo resultará cada vez más a medida que se vaya
conociendo la historia verdadera de las “Tiranías Sangrientas” y la de sus
adversarios). El establecimiento de prioridades, la concentración de la banca y
el manejo de las divisas para proyectar sus recursos sobre las mismas, el manejo
del comercio de exportación y el control de la infraestructura económica y la
paralela redistribución de la renta, con la consiguiente promoción social del
país, son caminos que habrá siempre que recorrer, corrigiendo errores,
perfeccionando aciertos y aportando nuevas soluciones y perspectivas, porque son
los únicos caminos posibles de una integración económica nacional.
EL
TERCER FRACASO DE LA BURGUESÍA
Esta vez también la burguesía traicionó su
destino. Y ahora no fue la burguesía tradicional, ya ligada definitivamente al
anti-progreso como expresión del país estático frente al país dinámico, porque
el proceso de desarrollo que se cumplió en la etapa 1945-1955 significaba la
oportunidad de la aparición de un capitalismo nacional con fines
nacionales.
Era el avance hacia una frontera interior de progreso donde
todavía el capitalismo tiene un amplio margen de posibilidades y una tarea que
cumplir. También los trabajadores lo comprendían, demandando como precio el
ascenso social que ese avance generaba, aceptando los márgenes de capitalización
y reclamando sólo una distribución digna de la capacidad del consumo. Sociedad
ésta signada por el inmigrante con la voluntad de los ascensos individuales,
levantó con el mismo sentido las masas criollas del interior secularmente
resignadas a ser marginales de la historia; el movimiento social tuvo así
características propias del país, en que se conjugaron la demanda gremial de las
reivindicaciones gregarias y la individual afirmación de las posibilidades
personales; porque el movimiento social se da en un país de frontera interior en
las dos dimensiones que la riqueza en expectativa permite, lo mismo que la
fluidez de las situaciones de trabajo, originadas en una economía de
expansión.
EL MEDIO PELO Y LA NUEVA BURGUESÍA
A la sombra de esa
expansión del mercado interno y el correlativo desarrollo industrial surgió una
nueva promoción de ricos, distinta a la de los propietarios de la tierra que
venía de las clases medias, y aun del rango de los trabajadores manuales, y se
complementaba con una inmigración reciente de individuos con aptitud técnica
para el capitalismo.
Pero esta burguesía recorrió el mismo camino que los
propietarios de la tierra, pero con minúscula.
Bajo la presión de una
superestructura cultural que sólo da las satisfacciones complementarias del
éxito social según los cánones de la vieja clase, buscó ávidamente la
figuración, el prestigio y el buen tono. No lo fue a buscar como los modelos
propuestos lo habían hecho a París o a Londres. Creyó encontrarla en la boite de
lujo, en los departamentos del Barrio Norte, en los clubes supuestamente
aristocráticos y malbarató su posición burguesa a cambio de una simulada
situación social. No quiso ser guaranga, como corresponde a una burguesía en
ascenso, y fue tilinga, como corresponde a la imitación de una
aristocracia.
Eso la hizo incapaz de elaborar su propio ideario en
correspondencia con la transformación que se operaba en el país, hasta el punto
que los trabajadores tuvieron más clara conciencia del papel que les tocaba
jugar a esa clase. Basta leer, después de 1955, la literatura sindical y la de
la burguesía —con la sola excepción parcial de la CGE— para verificarlo.
Esta
nueva burguesía evadió gran parte de sus recursos hacia la constitución de
propiedades territoriales y cabañas que le abrieran el status de ascenso al
plano social que buscaba. Fue incapaz de comprender que su lucha con el
sindicato era a su vez la garantía del mercado que su industria estaba
abasteciendo y que todo el sistema económico que le molestaba, en cuanto
significaba trabas a su libre disposición, era el que le permitía generar los
bienes de que estaba disponiendo. Pero, ¿cómo iba a comprenderlo si no fue capaz
de comprender que los chismes, las injurias y los dicterios que repetía contra
los "nuevos" de la política o del gremio eran también dirigidos a su propia
existencia? Así asimiló todos los prejuicios y todas las consignas de los
terratenientes, que eran sus enemigos naturales, sin comprender que los chistes,
las injurias y los dicterios también eran válidos para ella. Como los
propietarios de la tierra en su oportunidad, perdió el rumbo. Pero no se
extravió como la vieja clase en los altos niveles del gran mundo internacional.
Se extravió aquí nomás, entre San Isidro y La Recoleta, y no la llevaron de la
mano los grandes señores de la aristocracia europea, sino unos primos pobres de
la oligarquía que jugaron ante ella el papel de vieja clase.
El tema del
"medio pelo" es un filón inagotable para humoristas del lápiz y de la pluma.
Tanto han "cargado" éstos que parece inexplicable la subsistencia de la actitud
que lo caracteriza. Esto revela que se trata de algo más que una de esas modas
pasajeras que constituyan las frivolidades de nuestra tilinguería; es que
estamos en presencia de un verdadero status correspondiente a un grupo social ya
conformado.
Si este grupo social estuviera aislado no tendría importancia y
hasta podríamos agradecerle la diversión que nos proporciona su espectáculo;
pero lo grave es que ejerce magisterio y se extiende hasta ir absorbiendo la
nueva burguesía y parte de la clase media con sus pautas de imitación, con su
calcomanía de una supuesta aristocracia, y esto perjudica al país en el momento
que reclama una urgente transformación que debe contar con el empuje creador de
la clase hija de esa transformación, en riesgo de cometer el mismo error de la
burguesía del 80, confundiendo esta vez el oro fix de sus mentores porteños con
el oro viejo de los que guiaron a aquellos.
CAPITULO
II
LA SOCIEDAD TRADICIONAL
FUNDACIÓN DE BUENOS AIRES Y
DESPUEBLE
El "Diccionario de los conquistadores del Río de la Plata", de
Lafuente Machain, sólo incluye por excepción algún apellido correspondiente a la
actual guía social de Buenos Aires; en cambio son frecuentes en los sindicatos,
tanto en los "cabecitas negras" provenientes del interior, como en gente de
origen paisano de la provincia de Buenos Aires.
Es que a diferencia de Europa
—donde la sociedad aristócrata proviene de la nobleza feudal— en Buenos Aires la
alta clase es directamente de origen burgués.
Allá los estamentos feudales,
basados en el dominio territorial y en la espada, fueron penetrados por la
burguesía a medida que el desarrollo del estado moderno rompía la estructura
política feudal, paralelamente con la desaparición del aislamiento geográfico.
Aquí la alta sociedad no proviene de un feudalismo prexistente: nace
directamente de la incorporación del Río de la Plata al mercado mundial; es
burguesa desde sus orígenes.
Buenos Aires se funda como un fuerte y la plata
de su engañoso reclamo metálico no existe. Tampoco la posibilidad de la
encomienda que permite asentarse a los colonizadores sobre una base de vasallos
o siervos, en un remedo de la sociedad medieval europea. Además de la falta de
mano de obra indígena, el clima y el suelo no son propicios al establecimiento
de la plantación, en la que el esclavo pudiera reemplazarlos. Ni existen
ganados, ni la agricultura del clima templado es posible porque el transporte
marítimo, a una distancia tan grande como la del extremo sur, sólo es hábil con
su menguado tonelaje para el comercio de los metales preciosos o las mercaderías
agrícolas de primera como el añil, el tabaco, el algodón, el azúcar, etc., que
toleran altos fletes.
Así la propiedad privada de la tierra no tiene sentido
más allá de las pocas chacras necesarias para el abastecimiento del fuerte.
Buenos Aires no es más que “una puerta de la tierra”, pero de entrada, no de
salida, en el camino al Perú de los metales. Su creación es una exigencia
política que Gil Munilla esclarece en su libro sobre la fundación del Virreynato
del Río de la Plata: poner un obstáculo al avance portugués y crear una base en
el Atlántico Sur para cerrar el acceso del estrecho de Magallanes a los navíos
holandeses e ingleses cuyo objetivo son los puertos en el Pacífico.
El fuerte
fundado por don Pedro de Mendoza carece de abastecimientos y no puede subsistir:
sus pobladores emigran al Paraguay, donde se establecen.
Allí el
repartimiento de los indios, más dóciles y abundantes, y que conocen algunas
artes de agricultura, y la variedad de los frutos de la tierra que proporciona
alimentos sustitutivos o complementarios de los habituales del europeo, hacen
posible una economía doméstica de auto-satisfacción1.
SEGUNDA
FUNDACIÓN
De Asunción bajan ochenta años después, con Juan de Garay, los
autores de la Segunda Fundación. Pero las circunstancias han cambiado por el
milagro de la multiplicación de las haciendas provenientes de Europa: las pampas
se han poblado de baguales y cimarrones y esta nueva riqueza hará del nuevo
fuerte una villa y de la villa una metrópoli. Así vacunos y yeguarizos signarán
por siglos el destino del Río de la Plata constituyendo su riqueza básica, sobre
un medio geográfico que parece estuvo a la expectativa de este destino desde los
orígenes de los tiempos2.
Ahora el mantenimiento y prosperidad de la
fundación está asegurado porque existe su base elemental: la alimentación
proporcionada sin necesidad de una mano de obra prexistente, en una ganadería
que más se aproxima a la caza que a la producción rural. Además, los nuevos
pobladores tienen experiencia americana: son los "mancebos" de la tierra, hijos
puros de españoles o mestizos, hábiles ya en las artes necesarias para la vida
americana. Sobre la base del abastecimiento de carnes y cueros —cuyo
aprovechamiento en sustitución de otros recursos permite hablar de una
"civilización del cuero"— los repartimientos de las tierras colindantes con la
villa bastan para complementar, desde las "chácharas", el mantenimiento de la
misma con tambos y huertas.
Es una economía como la asunceña, autosuficiente,
sin perspectivas de riqueza, con intercambios domésticos, modestas
construcciones y hábitos elementales de convivencia social.
La misma
ganadería, que ha resuelto el problema de la subsistencia, provocará el cambio
incorporando a Buenos Aires al mercado mundial, dando vida al puerto que genera
la base de una economía burguesa de riqueza en expansión. De aquí provendrá el
establecimiento de la burguesía que es raíz histórica de la actual clase alta
argentina.
El pregón hecho en Asunción y repetido en Santa Fe por el caudillo
Juan de Garay, recluta "vecinos" de estas ciudades y "estantes". El "vecino"
tiene privilegio por nacimiento, como los hijosdalgos españoles, entre los que
cuenta el de los cargos públicos y el poder solicitar "merced" de tierras con
reparto de indios. Aquí se crea un derecho típico del Río de la Plata: el de
"accionar" contra "cimarrones" y "baguales", es decir, hacer "vaquerías",
apropiándose de estas haciendas; además, desde que contrae matrimonio y tiene
casa poblada puede ingresar al Cabildo como Alcalde o Regidor. Su obligación
esencial es empuñar las armas.
Los "estantes" que se han incorporado a la
fundación respondiendo al pregón: "constituidos por domiciliados llegados
recientemente de España o descendientes de "vecinos" de las ciudades fundadoras
adquieren también condición de "vecinos" en la nueva población con todos sus
privilegios. (José María Rosa, "Historia Argentina").
Así derechos
patrimoniales y cívicos se van fijando en la clase constituida por los
descendientes de los fundadores juntamente con las obligaciones que surgen del
servicio de las armas3.
Toca ahora explicar por qué esos hidalgos fundadores
desaparecen del primer plano social hasta el punto que se ha señalado al
principio de que sus linajes no existan en la alta sociedad
porteña.
APARICIÓN DE LA BURGUESÍA PORTEÑA. CONTRABANDO Y TRATA DE
NEGROS
Como consecuencia del derrumbe de la economía española empezada
bajo los Austria y acelerada por la influencia del oro de América, que convierte
a la metrópoli en un poderoso comprador externo en beneficio de las industrias
francesas, flamencas e italianas, y en perjuicio de la interna, en España se van
creando las condiciones que reflejará la literatura picaresca: un país de gran
des señores, lacayos y mendigos en la misma medida que decaen las artesanías y
el agro. Ahora no emigran a América los hombres de espada, sino cirujanos,
maestros, artesanos y menestrales, comerciantes, y hasta jornaleros para las
chacras a falta de indios encomendados o negros esclavos.
Desde fines del
siglo XVII van llegando a Buenos Aires judíos portugueses, catalanes, vascos,
asturianos, que no son simples emigrantes de la metrópoli; son gente con
recursos monetarios atraídas por las posibilidades económicas que crea el
negocio del contrabando de cueros y la importación de esclavos. En poco tiempo
se constituye una burguesía poderosa que consigue que los cargos del Cabildo
sean puestos a la venta con lo que, por la posesión del dinero, desplazan a los
descendientes de los fundadores en las funciones públicas. Así ocurre con todos
los privilegios de éstos y aun con sus obligaciones de la milicia; los viejos
herederos son desplazados políticamente —como ya lo habían sido económicamente
con la venta en remate de su antiguo privilegio de las "vaquerías"— a medida que
Buenos Aires deja de ser una pobre villa de economía cerrada y se incorpora al
mercado internacional.
Dice José María Rosa, a quien estamos siguiendo: Una
nueva manera de vivir sucede en el siglo XVII a la heroica del siglo XVI, corre
el dinero y las mercaderías de contrabando mientras se desvalorizan los
productos de las chacras. Ya no habrá "vecinos" ni "domiciliarios", sino ricos y
pobres, "clase principal", también llamada "sana y decente", y clase
inferior.
Los principales, dueños del dinero, sustituyen a la vieja
aristocracia vecinal; la burguesía mercantil al feudalismo militar4.
Recién
en este momento surgen las estancias pues las excesivas “vaquerías”, en
competencia con las incursiones de los indios araucanos, ahora dueños del
caballo que les permite cruzar los desiertos intermedios entre la cordillera y
la pampa, y hacer sus arreos hacia Chile, amenazan terminar con “baguales” y
“cimarrones”.5
Se hace necesario “aquerenciar” las haciendas y llevarlas a
la propiedad privada, pues hasta ese momento “baguales” y “cimarrones” eran
propiedad de la Corona, sólo concedida al “vecino” accionero para su
aprovechamiento en las “vaquerías”. Así junto al origen de la estancia argentina
está la propiedad privada de las haciendas6.
Conviene señalarlo, pues hay
una larga tradición, especialmente en cierta izquierda, que en el afán de
atribuir a América los fenómenos sociales y económicos de Europa, supone que
necesariamente la estancia fue anterior al desarrollo de la burguesía, y hace
surgir a ésta de la estancia, cuando el proceso fue precisamente inverso. Hasta
ha inventado un término al caso –feudal-burgués-- para hacer conciliables la
realidad que no está en sus libros, con las lecciones importadas.
De este
cambio de situaciones originado, como se ha dicho, en la transformación de la
villa-fuerte en puerto comercial –vinculado al comercio mundial por el
contrabando y las sucesivas excepciones al monopolio hasta llegar a la libertad
de comercio—surge el hecho que el siglo XVIII contempla ya consolidado: la
burguesía y sus dependientes urbanos que constituyen la clase principal de la
sociedad, mientras lo que pudo ser una aristocracia fundadora, proveniente de la
hidalguía del “vecino”, pasa a constituir la clase inferior, predominantemente
suburbana o rural. Es así, por esta inversión de las clases que los linajes
fundadores de los hidalgos, provienen el orillero y el gaucho, en tanto que la
burguesía inmigrada posteriormente constituirá lo que se ha de llamar la
aristocracia argentina.
EL DESCLASAMIENTO DE LOS VECINOS
FUNDADORES
La nueva y alta clase, la de los ricos, va comprando los lotes
urbanos bien situados y el crecimiento de la Villa asiste a la sustitución del
caserío de adobe y "chorizo", por las casas de ladrillos de los nuevos. Los
descendientes de los fundadores, cuyos derechos y privilegios han pasado a los
ricos, ceden su lugar en la urbe a los descendientes de contrabandistas y
comerciantes y se van retirando hacia el suburbio como peones de las matanzas
("matanzeros"), carreros, jornaleros o vagos sin oficio. Aun los que conservan
las chacras en propiedad y atienden con los tambos y las huertas al abasto de la
ciudad, según se multiplican se van desclasando, y el conjunto de los
descendientes de unos y otros van poblando la campaña, unas veces como intrusos
en las mercedes reales, otros como peones de las mismas; o simplemente se
asientan en las tierras no repartidas, atendiendo a su subsistencia con los
recursos que proporcionan las habilidades del gaucho carente de propiedad.
Terminarán prácticamente adscriptos a la estancia de los nuevos en una
servidumbre atenuada por la posibilidad permanente de evasión que ofrece al
gaucho la amplitud del espacio y la abundancia de recursos naturales.
Contra
éste se alzarán las Leyes de Vagos vigentes hasta finales del siglo pasado
destinadas a resolver a favor de los propietarios, el conflicto entre los
derechos reales del titular y los consuetudinarios del ocupante, para quien
campo y hacienda continúan siendo res nullius.
GENTE PRINCIPAL (PARTE
SANA Y DECENTE DE LA POBLACIÓN) Y GENTE INFERIOR
Esta constitución de la
sociedad en dos clases: la gente principal o decente, parte sana de la
población, y la gente inferior estará vigente en la sociedad argentina hasta
fines del siglo XIX 7.
Pero no es simplemente la riqueza la que determina la
caracterización de estas dos clases, pues si en la “clase inferior” todos son
pobres, no toda la "gente principal o decente" es rica; esta se integra con un
amplio sector de habitantes urbanos que en ciertas artesanías o en funciones
dependientes de las actividades comerciales u oficiales gozan relativamente del
mismo status.
Este sector, si desprovisto de los medios de los ricos, por su
residencia urbana participa de la vida cívica y religiosa y comparte sus pautas,
sobre todo en una vida familiar conforme a las exigencias éticas de la clase
principal.
En cambio, el habitante de los suburbios y la campaña, radiado de
hecho de esa convivencia por las distancias y el aislamiento, va perdiendo el
hábito de las normas cívicas y religiosas que practicó
originariamente.
Excluido de las normas de la vida urbana se resiente
principalmente en su organización familiar, pues la dificultad de transporte y
la azarosa vida de la naturaleza sin control social, civil y religioso, destruye
la práctica de las uniones matrimoniales legítimas, dificultosas y muchas veces
imposibles, y no exigidas por el consenso del medio. Así la ilegitimidad del
nacimiento se va convirtiendo en un elemento característico de la "clase
inferior", y con él hasta la pérdida de la memoria del linaje, a diferencia de
lo que ocurre en el medio urbano donde los pobres de la "clase principal" se
aferran a las prácticas que le aseguran su permanencia en la misma. Dice Juan
Agustín García en "La Ciudad Indiana": desaparece la familia cristiana en la
clase proletaria, deshecha por el nuevo medio".
Estos dos estratos
—"principales" e "inferiores"— si bien se corresponden con diferencias
económicas, no coinciden con la habitual distinción de las clases en altas,
intermedia y bajas; definen la estructura social de la Colonia y aun la
posterior a la independencia durante casi todo el siglo XIX y persisten hasta
que se organiza la producción agrícola y ganadera en vasta escala, conjuntamente
con la incorporación de los inmigrantes al país (En todo caso la distinción
entre las clases altas y las medias sólo podría hacerse dentro del esquema de la
"clase principal") Para ser "gente decente o principal" no es imprescindible ser
rico, aunque obste una pobreza extrema que puede desplazar hacia la clase
inferior por sus efectos mediatos, que ya se han visto al hablar del
desclasamiento de los fundadores de Buenos Aires. Lo inexcusable es no practicar
las pautas sociales comunes a toda la "gente decente" ajustándose a la ética y
al modo del medio urbano cívico-religioso, cosa posible mientras hay un mínimo
económico; así el cuidado de su situación se hace obsesivo en los estratos más
pobres de la "gente principal" pues perderlo significa sumergirse en el abismo
de la ''gente inferior" a la que le está cerrada toda posibilidad de ascenso
futuro. La condición sine qua non para pertenecer a la "gente decente" se
vincula esencialmente a un elemento cultural: el linaje, cuya única exigencia es
la filiación legítima transmitida familiarmente. El individuo antes que por sus
hechos significa por su correcta situación de familia. Aquí está el elemento de
separación entre los dos estratos que hace de los "inferiores" algo parecido a
una casta de intocables con las atenuaciones de una sociedad reducida y de
religión católica.
En Buenos Aires los gauchos provenientes de los primeros
pobladores, constituyen el grueso de la "gente inferior" que tiene una situación
peculiar; no es la del siervo de la gleba por la inexistencia previa del
feudalismo territorial; son hombres libres, pero sin posibilidades de ser
propietarios. Marginales en la economía viven en la alternativa del peón estable
u ocasional y del gaucho alzado8.
EL CAUDILLO "SINDICATO DEL
GAUCHO"
La guerra de la Independencia, y la Independencia misma, no
alteran la situación de fondo. Pero la guerra da a la clase inferior una
movilidad que la saca de su situación pasiva al incorporarla a la milicia. La
caída económica del interior con el derrumbe de su artesanado a consecuencia del
comercio libre desplaza también hacia la clase inferior a sectores cuyas
actividades económicas le habían permitido mantenerlo en el estrato casi
marginal de la "gente decente".
Aparece el caudillo. Será primero el caudillo
de la Independencia, militar o no, que hace la recluta de sus soldados en la
clase inferior, lo cual es ya un motivo de fricción de la "gente principal" con
el jefe, salido generalmente de la misma, porque al hacer soldado al peón, lo
priva de su brazo perjudicando la explotación de sus bienes. En este conflicto
el caudillo, jefe militar, hostilizado por la "gente principal" se hace fuerte
en la solidaridad que la guerra crea entre la tropa y el mando. De esta manera
el militar deviene caudillo, y más en la medida que la guerra de recursos hace
depender el éxito de una absoluta identificación, que para esa guerra es más
eficaz que los reglamentos de cuartel y el arte académico de mandar.
Dice
José María Paz en sus "Memorias" (Ed. Cultura Argentina, 1917) refiriéndose al
general Martín Güemes: Principió por identificarse con los gauchos en su traje y
formas..., ...desde entonces empleó el bien conocido arbitrio de otros
caudillos, de indisponer a la plebe con las clases elevadas de la sociedad.
(Como se ve, esta terminología está todavía vigente, cuando se altera el
predominio exclusivo de la clase principal).
Agrega: Adorado de los gauchos
que no veían en su ídolo sino al representante de la ínfima clase, el Protector
y Padre de los Pobres como le llamaban.
(El abuso de la expresión
carismática, en cuanto ésta implica una elección de los dioses, es en mi
concepto un modo de retacear la verdadera significación del caudillo como hecho
social, pues tiende a darle un carácter de magia o brujería a una adhesión
consciente de la masa en el terreno de los intereses, aunque ésta se haya hecho
subconsciente una vez dados los elementos de prestigio y autoridad y el
acatamiento consiguiente. No otra cosa he querido significar en “Los Profetas
del Odio” cuando digo que el Caudillo es el sindicato del gaucho).
FEDERALES Y UNITARIOS ANTE EL HECHO SOCIAL
Joaquín Díaz de Vivar
(Revista del Instituto de Investigación Histórica "Juan Manuel de Rosas". N° 22:
Pág. 147), refiriéndose a la única institución consuetudinaria de nuestra
Constitución vigente, el Ejecutivo fuerte, dice que los Estatutos Provinciales
Constitucionales que lo crearon se inspiraban en la realidad social a que
estaban destinados: Por su parte las organizaciones lugareñas, las de las
provincias argentinas en las que convivían políticamente su clase principal,
cuyos representantes ocupaban una silla curul en su legislatura y frente a ello,
su más importante magistratura, el Gobernador que era —casi siempre— el jefe
natural de las muchedumbres rurales, sobre todo, y a veces también de las
urbanas; el gobernador, que era una especie de personalidad hipostasiada de ese
mismo pueblo, de esas masas que habían hecho la historia argentina y que se
expresaban a través de su natural conductor, ese aludido gobernador, que
indistintamente era plebeyo como Estanislao López o el "Indio" Heredia (no
obstante su casamiento con la linajuda Fernández Cornejo) o "Quebracho" López o
Nazario Benavídez, o que era un hidalgo como Artigas, como Quiroga, como Güemes
y desde luego como Juan Manuel de Rosas.
Lo dicho por Díaz de Vivar
trasciende al Derecho Público y explica en mucho las substanciales diferencias
entre federales y unitarios, pues revela que los primeros comprendieron la
relación entre el derecho y el hecho social, frente a los revolucionarios
teóricos, nutridos de ideologías y de proposiciones importadas cuyo supuesto
igualitarismo democrático era el producto de la consideración exclusiva de uno
de los estratos sociales: el de la "gente principal" o "decente" y prescindía de
la existencia de los inferiores. Mientras para los federales el pueblo tenía una
significación total —ahora dirían totalitaria— para los unitarios es sola la
clase principal, la parte “sana y decente” de la población como ahora.
Veamos
el debate sobre el sufragio en la Constitución Unitaria de 1828. En el artículo
6° se excluía del derecho al voto a los criados a sueldo, peones, jornaleros y
soldados de línea. Galisteo expresa la oposición federal diciendo: El jornalero
y el doméstico no están libres de los deberes que la República les impone,
tampoco deben estar privados de sus voces... al contrario, son estos sujetos,
precisamente, de quienes se echa mano en tiempos de guerra para el servicio
militar.
Dorrego dice: He aquí la aristocracia, la más terrible, porque es la
aristocracia del dinero... Échese la vista sobre nuestro país pobre: véase qué
proporción hay entre domésticos, asalariados y jornaleros y las demás clases y
se advertirá quieres van a tomar parte en las elecciones. Excluyéndose las
clases que se expresa en el artículo, es una pequeñísima parte del país que tal
vez no exceda de la vigésima parte... ¿Es posible esto en un país
republicano?... ¿Es posible que los asalariados sean buenos para lo que es
penoso y odioso en la sociedad, pero que no puedan tomar parte en las
elecciones?... Señalando a la bancada unitaria agregó: He aquí la aristocracia
del dinero y si esto es así podría ponerse en giro la suerte del país y
merccarse... Sería fácil influir en las elecciones; porque no es fácil influir
en la generalidad de la masa, pero sí en una cierta porción de capitalistas... Y
en ese caso, hablemos claro: ¡El que formaría la elección sería el Banco! Con
razón Estanislao López escribía en 1831: Los unitarios se han arrogado
exclusivamente la calidad de hombres decentes y han proclamado en su rabioso
despecho que sus rivales, es decir, la inmensa mayoría de los ciudadanos
argentinos, son hordas de salvajes y una chusma y una canalla vil y despreciable
que es preciso exterminar para constituir la República (José María Rosa,
''Historia Argentina", tomo, IV, pág. 53 y sig.). En el mismo debate Ugarteche
protestaba por los derechos que se le negaban a los nativos y los privilegios
que se le acordaban a los extranjeros: Yo quisiera saber en qué país hay tanta
generosidad... Todas nuestras tierras las vamos vendiendo a extranjeros y mañana
dirá la Inglaterra: esos terrenos son míos, porque la mayor parte de tus
propietarios son súbditos míos, luego yo soy dueña de esas propiedades. Y lo que
no se pudo el año 1806 con las bayonetas cuando todavía éramos muy tontos se
podrá con las guineas y las libras inglesas...
Trasladémonos ahora al
escenario actual y percibiremos las verdaderas filiaciones históricas que no son
las que distribuyen los profesores de Educación Democrática; también se ve
clarito que los jefes federales percibían la identidad de la voluntad popular
con los intereses nacionales, y la de los privilegiados con los
extranjeros.
Con la caída del Partido Federal y los caudillos la clase
inferior deja de ser elemento activo de la historia; su presencia en la vida del
Estado no alteraba la situación en la relación de los estratos sociales entre
sí, pero obligaba a contarla como parte de la sociedad.
Después de Caseros, y
más precisamente de Pavón, deja de jugar papel alguno y es sólo sujeto pasivo de
la historia. Sus problemas no cuentan en las soluciones a buscar, ni sus
inquietudes nacionales perturban las directivas imperiales. La política será
cuestión exclusiva de la "gente principal" durante más de cincuenta
años.
LA CLASE ALTA SE AMPLÍA
Volviendo a la gente principal,
veamos ahora como se va conformando dentro de ella la clase alta porteña.
Ya
se ha visto su origen burgués; por lo mismo nunca fue muy exclusivista. Durante
la Colonia era muy reciente su estabilización para que obstaculizase la
incorporación de los nuevos ricos y además muy escasos los contactos exteriores
que permitiesen la relación con la hidalguía metropolitana; en este sentido sólo
contaron las alianzas matrimoniales con funcionarios reales o sus descendientes
que daban prestigio social a la burguesía. (Así don Bernardino González
Rivadavia contaba entre sus numerosas vanidades la muy importante de haberse
casado con la hija del Virrey del Pino).
Las sucesivas capas de burguesía
comercial iban integrando la alta clase en la medida de su ascenso económico, y
hasta los bolicheros de campaña tuvieron sus descendientes en ella cuando sus
recursos le permitieron pasar al contrabando primero, o hacerse estancieros
directamente. La estancia, a su vez iba dejando de ser un complemento del
comercio, como originalmente, para pasar a fundamento de la riqueza y la
posición social; así de la estancia, sin haber pasado por el mostrador vienen
por ejemplo los Ugarte; de un modesto vasco cuyo hijo, un notable jurista saltó
en primera promoción a la alta clase, y ya cuenta entre la gente de peso en la
primera mitad del siglo pasado, caso parecido al de los Unzué, que tampoco
provienen de la burguesía de los siglos XVII y XVIII 9.
La permeabilidad se
hizo mayor con el contacto que el comercio libre estableció con el mundo
europeo. Se despertó entonces la preocupación por estilos y modos de
sociabilidad que importaban los primeros viajeros comerciales y que mucho
después, en el apogeo de la economía agropecuaria, se iría a buscar a Europa,
pagando el derecho de piso en la etapa de los “rastacueros” y el "guarango"
cuando brasiliens et argentines aparecieron en los grandes hoteles o en el mundo
de las demimondaines, tirando manteca al techo. (Porque la alta clase argentina
tuvo su época correspondiente al "medio pelo" actual y jugó su papel en otra
dimensión geográfica y cultural —lejos del país y con resonancia apagada en el
discreto "cotorreo" de los ya iniciados, y ante la sonrisa complaciente de una
sociedad acostumbrada a los traspiés del pródigo “meteco”, que iba pasando las
etapas del guarango y del tilingo hasta llegar al asentamiento.)
El más
numeroso núcleo de viajeros comerciales fue el de los súbditos británicos que
nos visitaron y recorrieron el país, unas veces como corredores de comercio y
siempre como informantes del Imperio en expansión, por lo que nos han dejado una
abundante y muy ilustrativa literatura sobre la época; se trataba de jóvenes
procedentes de las clases medias inglesas y vástagos de la burguesía comercial e
industrial que estaban cumpliendo el aprendizaje del mundo que sus padres les
exigían antes de incorporarlos a sus negocios. Muchos quedaron aquí, en el
asiento local de los mismos, de la banca y el comercio exterior. Otros fundaron
establecimientos rurales.
Sabido es que el más modesto hijo de John Bull en
el exterior trata de practicar entre los nativos –aun lo hace hoy hasta entre
los nativos norteamericanos, sus primos rurales—las maneras del gentleman, que
frecuentemente sólo conoce por referencia y a costa de un sacrificado
entrenamiento. Lo ayuda la seguridad, que aun sigue siendo la típica del inglés
en el exterior, de que los extranjeros son los indígenas y el aplomo que le da
una diferenciación que como gentleman cuida minuciosamente en los modos; está,
además, vigilado por los otros residentes británicos, pues todos están atentos a
que un connacional no desmerezca la imagen que el Imperio exhibe para el
exterior. Muy "patán" tiene que ser el recién llegado que no perciba las venteas
que le reporta el cuidado de su condición de "gentleman" entre
“natives”.
Fácil les fue a los "nuevos" acceder a los salones porteños de la
más alta categoría que se honraron en recibirlos y obsequiarlos, así los
entronques familiares y de fortunas se realizaron con facilidad a medida que las
danzas europeas desplazaban a los bailes típicos de la colonia y el mate era
desalojado de los salones por el té.
También hubo una numerosa incorporación
de otras procedencias europeas, constituida en especial por ex oficiales de los
ejércitos napoleónicos, algunos de los cuales participaron en nuestra guerra de
la Independencia, burócratas o miembros de la pequeña nobleza bonapartista en
derrota con la Restauración, igual que secundones de la minimizada nobleza
centro-europea, o del abigarrado y confuso nobiliario italiano de los bajos
rangos; también muchos profesionales y hasta artistas y artesanos de calidad:
plateros, dibujantes, pintores, etc. De tal manera no es sólo la relación en los
niveles del alto comercio y la propiedad lo que determina la incorporación de
estos extranjeros. Se estaba a la búsqueda del “buen tono” europeo que ellos
aportaban en sustitución del que había caracterizado las formas tradicionales de
la Colonia.
CASEROS Y LAS NUEVAS INCORPORACIONES
Después de
Caseros se producen otras incorporaciores.
La literatura de los expatriados
ha hecho creer durante mucho tiempo que ellos representaban lo más granado de
dicha sociedad, olvidando que ya para la época rosista la propiedad de la
tierra, aun en los provenientes de la burguesía originaria había pasado a ser
rasgo de más alta calificación que el comercio. Si Rosas dice despectivamente y
para menoscabar a sus adversarios agiotistas y especuladores del puerto de
Buenos Aires, es porque ya se ha establecido una diferenciación cualitativa a
favor de la clase estanciera. La verdad es que al principio los ganaderos y
terratenientes habían constituido la base originaria de los federales porteños;
pero después gran parte de ellos —los '"Libres del Sur"— se habían alzado contra
el "Tirano" por su política nacional que perturbaba, con los bloqueos, el
comercio exterior, afectando el valor de las haciendas. Muchos no se sublevaron,
porque no les dio el cuero para tanto, pero ya Rosas —como expresión del interés
general de la Nación que los perjudicaba— había perdido el apoyo de los grandes
terratenientes y éstos se incorporaron enseguida al bando de los vencedores; el
conflicto con el gobierno de Paraná dio oportunidad a los rezagados para
incorporarse. Los que no lo hicieron lo pagaron con un “luto social” y quedaron
marginados de la alta clase, por lo menos en la acción pública, durante varios
decenios.
Por la brecha abierta entraron nuevos aportes provenientes de
familias principales de provincias que habían hecho mérito en la expatriación, y
otros de extracción más modesta, como Mitre y sus generales uruguayos. También
la victoria y el poder político los proveyó de recursos para establecerse en el
nuevo nivel social.
La incorporación de nuevos a través de la fortuna
comercial y territorial, o el ejercicio destacado de las profesiones liberales o
de la política, se fue haciendo paulatinamente con argentinos de primera y
segunda generación.
"PRINCIPALES" PORTEÑOS Y PROVINCIANOS
Esta
permeabilidad de la alta clase pareció tener una solución de continuidad en la
crisis del 80 como consecuencia de la derrota política de los viejos porteños.
Con Roca pasan a la esfera política nacional figuras de la “gente principal” de
provincias; en esa medida el roquismo significa una integración nacional pues
después de Pavón sólo habían contado los porteños y aporteñados. Ahora el poder
estaba en manos de la “liga de gobernadores” y el caudillo del ejército, también
provinciano.
La alta clase resistió la incorporación de estos “nuevos” a
pesar de que por su origen arribeño ostentaban mejor genealogía que sus
antepasados, comerciantes abajeños. La actitud del riflero del 80 continuando a
los pandilleros contra los chupandinos –al margen de las motivaciones
político-económicas del unitarismo porteño—corresponde a una postura de rechazo
social, en su esquema mental que sigue siendo el que originó "civilización y
barbarie". A la oposición ciudad-campaña en cada provincia, identificada con la
oposición gente decente-plebe en lo social, se corresponden la oposición del
puerto, ciudad de las luces, a los “catorce ranchos”.
Bien está que la gente
principal de provincias ejerza su despotismo ilustrado, —que sigue siendo la
idea democrática de los liberales aun hoy— como representante local de la alta
clase porteña; pero resulta inadmisible que esos provincianos intenten ponerse a
su nivel político y social en Buenos Aires.
Vencidos los porteños, la alta
clase opuso a los vencedores llegados a las altas funciones de gobierno una
reticencia despectiva y una agresividad humorística, mayor que a los "parvenus"
surgidos del agio y la especulación en el ''boom" económico de la época. La
literatura porteña de fin de siglo alterna la ridiculización del "rasta" cuyos
troncos Orloff y los Landós, Victorias y Cupés ofendían sensibilidad de los
antiguos, con la de las maneras y modos de decir de los provincianos. Esta
actitud también cuenta en la confusa motivación de la Revolución del 90, a la
que no fue ajena el revanchismo de los vencidos en Los Corrales y Puente
Alsina.
Pero los políticos provincianos se aporteñaron rápidamente a la vez
que se afincaban como estancieros de la provincia de Buenos Aires. Juárez Celman
estanciero dejará pronto de ser el “burrito cordobés” como Roca y Avellaneda han
dejado de ser tucumanos.
CAPITULO
III
DESARRAIGO DE LA CLASE ALTA
EL "AUSENTISMO" DE LA ALTA
CLASE
Se ha visto que el nuevo siglo, encontró en el mismo grupo a la
alta clase porteña y las figuras provincianas del roquismo. Había terminado
también el "luto social" impuesto a las familias rosistas recalcitrantes.
La
Argentina entraba triunfalmente en el mercado mundial y se abandonaba la
pretensión de una economía integrada nacionalmente, de más largo alcance, pero
inconvenientes para la prosperidad inmediata. La política manchesteriana estaba
acreditando su eficacia en los bolsillos de los propietarios de la tierra y aun
en los de muchos inmigrantes.
La conquista del desierto, los ferrocarriles,
la inmigración, el alambrado, el Registro de la Propiedad, el mejoramiento de
las razas y, enseguida, el frigorífico, realizaban de hecho el unitarismo,
concentrando en el litoral y en sus grupos afincados, todo el destino de la
República, en una estratificación social que garantizaba —por el poblamiento por
gringos— la perdurabilidad del sistema sin el riesgo de la "chusma incivil" de
que hablaba Sarmiento.
Para los propietarios de la tierra estábamos en Jauja
y ésa era también Jauja para muchos en la ola inmigratoria.
Esa Jauja de la
alta clase, hija de la divisa fuerte, permitió un ausentismo casi permanente de
gran parte de la misma, que vivía más en Europa que en su propio país; allí
educaron sus hijos y entroncaron con algunas ramas de la nobleza europea, y allí
las niñas porteñas disputaron los títulos a las hijas de los Vanderbilt o los
Morgan.
Del "rastacuero" de los primeros viajes pasamos al retiramiento de
los salones de París; refinamiento que se traslada luego a Buenos Aires y de
cuya existencia dan testimonio los lujosos palacios a la francesa del barrio
Norte, hoy en trance de demolición, pero de los cuales bastan como testigos de
época las residencias Anchorena y Paz, que subsisten como bienes del Estado
(Ministerio de Relaciones Exteriores y Círculo Militar) en la plaza San Martín.
Los amoblamientos y decoraciones y la increíble importación de objetos de arte
que permite que hoy Buenos Aires sea un importante proveedor en los remates de
Sotheby.
La colonia argentina en París tiene una significación especial y
Buenos Aires adquiere de reflejo la importancia que ahora ha perdido y que
nuestros comentaristas económicos atribuyen a una decadencia, cuando es el
producto de un mejor equilibrio de su sociedad1.
Todo el pensamiento
liberal, toda la enseñanza, todos los medios culturales tienden a lo mismo:
desamericanizar el país —"este es un país blanco"— desvinculándolo además de lo
español y afirmándolo en la doble línea en que lo estético es francés y lo
económico británico.
Si el estilo de los palacios y los modos de los salones
se afrancesaban vertiginosamente con la introducción de “cultura” por millones y
millones de pesos, las misses y mademoiselles se encargaban de la educación de
los niños, completada en los high schools y en los colegios religiosos de
categoría –una letra sacre-coeur es imprescindible para las mujeres— e integrada
después en Eton y Oxford, en muchos casos, para obtener el gentleman, o en el
internado francés o suizo para lograr la madame que asombraría a la abuela
porteña convertida en gran mère y al padre o al abuelo transformado en
dady.
La palabra argentino, en Europa, era un “sésamo ábrete”. No había
llegado todavía el turismo en serie de las clases modestas ni exportábamos la
“picaresca porteña” que se fue tras el prestigio del tango. Excepcionalmente
merodeaba por Europa algún artista pobre, pero escritores o pintores se
acomodaban en general, en los consulados y cargo de la diplomacia o gozaban de
becas (con 500 pesos argentinos hubo quien tuvo a la vez atelier en Florencia y
en París).
La gama de los “metecos” argentinos era muy amplia, desde los
“guarangos” que daban los primeros pasos en el mundo europeo y los snobs que
cumplían su momento de tilinguería, a los que ya se estabilizaban en las buenas
maneras de la sociedad europea. Pero lo mismo para romper unos espejos en la
Bute Montmartre o en Place Clichy e indemnizar, comprar un cuadro a un marchand,
un vestido en Faubourg Saint Honoré, una joya en Place Vendôme o firmar una
adición en Maxim´s, la palabra argentino bastaba. Una anciana dama exiliada hoy
en Buenos Aires por la caída de la divisa, cuenta:
—Cuando vivíamos en
Europa, yo creía que llevar dinero era un signo de pobreza; nosotros no lo
usábamos, pues firmábamos siempre; en Niza o en Carlsbad, en París o en Londres.
Ni los taxis pagábamos porque lo hacían los conserjes.
¡Magníficos tiempos
que añora la dama!... ¡y también los conserjes!
Si el inglés era el lenguaje
de los negocios, el francés era el lenguaje del espíritu y el placer, porque
París era a la vez la Atenas y la Síbaris2.
Los ricos argentinos con la
divisa fuerte contaban entre los ricos del mundo; ellos dieron la imagen
internacional que la alta clase asimilaba confundiendo su propia riqueza con la
del país —la concentración en sus manos de toda la capacidad de consumo
superfluo—es una idea parecida a la que pudo tener el maharajá de la India o el
sheik árabe, que encontraban de paso en ese mundo internacional que constituye
la clientela de los grandes hoteles, estaciones termales y balnearios europeos,
y que identificaba casi como una nacionalidad a estancieros argentinos,
banqueros e industriales norteamericanos o fazendeiros brasileños, barones
letones, príncipes rusos, con artistas, jugadores y aventureros: un abigarrado
conjunto en que el volumen de la pour boire establecía las jerarquías, a ojo de
conserje.
Era el apogeo de la belle époque y Buenos Aires realizaba, en el
Teatro Colón, en la Ópera y el Odeón, en la importación de amantes franceses,
juntamente con muebles, porcelanas, marfiles pinturas, esculturas, un remedo
parisino; y uno británico en las grandes tardes de Palermo, su Ascot, con la
presencia de "colores", cuidadores y jockeys que alternaban entre los hipódromos
del Río de la Plata y las pistas europeas. (Domingo Torterolo lucía los colores
de don Saturnino Unzué lo mismo en Palermo que en Deauville o
Longchamps).
Era una forma de prestigio internacional que aun añora mucha
gente a quienes repugna ese otro que trajeron los Firpos, Suárez, Pascualito
Pérez, Accavallos, Fangios y los equipos de fútbol de carácter populachero y que
sólo ha llegado a compensar en parte el éxito del polo argentino3.
De
reflejo, aun la misma parte de la alta clase que no practicaba ese ausentismo
habitual, iba adquiriendo el tono europeo correspondiente y alejándose del país
real, el que iba quedando atrás: el de cepa criolla, y el nuevo que surgía con
la fuerte impronta del inmigrante.
Como consecuencia de la ideología que se
practicaba como dogma, la idea de la grandeza era puramente crematística, se
vinculaba a las cifras de las exportaciones e importaciones, considerando la
riqueza en términos de intercambio y no de producción y consumo general;
correspondía una imagen estática de las clases cuya única movilidad concebible
consistía en el triunfo individual de los nuevos en el comercio de campaña y la
especulación en tierras.
Las características de permeabilidad de la alta
clase subsistían, y vencida una leve resistencia, los Devoto y los Soldati, eran
admitidos como lo habían sido poco antes los Santamarina o los Pereda, y lo son
hoy los Fano. Pero ahora la incorporación de la alta burguesía tenía que hacerse
por las puertas de la Sociedad Rural, no por el mostrador o la industria; ya se
había olvidado definitivamente el origen comercial de la alta sociedad porteña:
se entraba a la "sociedad" como en la "exposición", llevando el toro del
cabestro.
EFECTO POLÍTICO DEL DESARRAIGO
La alta sociedad se fue
aislando de la vida cívica. La jefatura de los partidos conservadores salió de
las figuras tradicionales y los grandes apellidos sólo se prestaban
ocasionalmente como bandera, pasando su dirección a rangos más bajos y aun a
caudillos de barrio o de pueblo, y su representación a jóvenes de las otras
clases, preferentemente de provincias, promovidos por su talento como
intérpretes eficaces. También se desvinculó de la milicia, donde sólo por
excepción aparecían sus apellidos, pues se la consideraba peyorativamente hasta
por los propios descendientes de quienes se habían elevado por el camino de la
espada, y preferían ahora la imagen del landlord, y aun la del gentleman farmer,
a la del soldado.
Aislada la alta sociedad del resto del país fue completando
su desconocimiento del mismo, que pasó a ser como un país extranjero en
colonización, o a lo sumo en tutela, que delegaba en sus políticos
profesionales. En ocasiones alguien señalaba la desnaturalización que iba
produciendo la inmigración extranjera y la eliminación de la tradición
—consecuencia de la sustitución demográfica— como elemento formativo del
país4.
Fueron excepciones —como Sáenz Peña e Indalecio Gómez— los que se
propusieron adecuar lo político a la nueva realidad.
Para el grueso de la
alta clase que no percibía la extranjerización, ésta sólo se notaba cuando las
ideas sembradas por la misma se proyectaban al campo social y amenazaban el
"orden sagrado" de sus intereses, confundiendo con una reacción nacionalista lo
que sólo era la defensa de su situación de privilegio. Del incendio de la
Protesta a la Liga Patriótica, ese es el nacionalismo de la juventud dorada que
se cobija bajo los pliegues de la azul y blanca frente a la bandera roja de los
"gringos" (Muchos años después se verá, cuando la protesta social enarbole la
bandera argentina cómo la reacción contra ésta se acogerá a la de las barras y
estrellas, Braden mediante, lo que nos ahorra mayores demostraciones sobre la
naturaleza de ese nacionalismo que entonces se llamaba patriotismo).
El
carácter de las conmociones sociales era ciertamente extranjero en cuanto a su
ideario y estilo y en eso no se equivocaba la alta clase; no lo era en cuanto a
la naturaleza de sus demandas. Aquella extranjería era el producto natural de la
superposición masiva de los inmigrantes como hecho demográfico, y de la
incapacidad de la intelligentzia para producir un pensamiento propio, pues la
procedencia extranjera de los dirigentes se unían periódico, universidad, libro
y escuela, todos orientados hacia la reproducción simiesca del modelo europeo y
a la negación de cualquier originalidad, o mejor a su detracción
sistemática.
Así, la formación de un pensamiento social revolucionario o
reformista no podía apoyarse en bases nacionales inexistentes y era sólo el
reverso de la extranjería mental de la alta clase. El dirigente revolucionario
era la otra cara de la misma medalla: extranjero o nativo, transfería al país
una visión tan importada de sus problemas y soluciones, como la de la supuesta
élite; aun en terrenos opuestos, ambos eran el producto del colonialismo mental.
Pero éste, es tema para más adelante.
CULTURA EUROPEA Y RITUAL
CRIOLLO
Esta sociedad ausentista —y que aun en Buenos Aires seguía
ausente reproduciendo en lo posible la vida europea—, no constituía toda la alta
clase pero le daba el signo. Subsistía un sector de la clase alta que conservaba
los modos de la vieja sociedad porteña, tal vez porque sus recursos no le
permitían el ausentismo. Participaba de la misma extranjería ideológica que la
otra, como se ha señalado, pero un poco “a contrapelo” de sus gustos criollos
que se traducían en una vida más sencilla y tradicional y en su relación
patronal directa con la clase inferior, como consecuencia de la convivencia en
el país. Todavía estaba ligada a la “gran aldea” con su carga de gazmoñería y de
prejuicios.
Tal vez por esto el desarraigo de la alta clase no impedía la
práctica de ciertos rituales tradicionales. La Presidencia de la Sociedad de
Beneficencia siguió siendo durante muchos años el más alto símbolo de figuración
social, y la ceremonia de la distribución de premios a la virtud en el Teatro
Colón abría anualmente un paréntesis tradicional en la temporada de abono. En
esta las grandes noches estaban al nivel de los primeros teatros europeos, tanto
en el espectáculo del escenario —facilitado por un invierno correspondiente al
verano europeo que permitía disponer de las primas donnas, tenores y barítonos
de fama mundial— como por el de los palcos y la platea donde se lucían los
primores de la haute couture y la joyería parisina, y el esmero de los sastres
de Saville Road. Además se conservaba vigente la cazuela, desde donde viudas y
viejas solteronas vigilaban al dedillo cualquier transgresión a un tan
contradictorio código de convenciones, hijas de ese hibridismo cultural. Así,
esta sociedad, descreída en materia religiosa, practicaba un catolicismo formal
que se resolvía en una dicotomía familiar en que la religión era buena sólo para
las mujeres con lo que la fe era cuestión de sexo.5
(Aquel sector ausentista
de la sociedad argentina era indiscutiblemente snob, pero su snobismo se había
inspirado en buenos modelos y el aprendizaje había sido rápido, lo que revela,
que el material humano era apto. Si la cocina francesa había reemplazado a la
criolla, esto no significaba, como ya veremos cree el "medio pelo" que la alta
sociedad se alimentase sólo de champagne y caviar. Si utilizaba con preferencia
el francés y el inglés en lugar de su idioma, hay que convenir que cualquiera de
los tres era bueno, sin la ridícula afectación de sus imitadores actuales).
También era posible la subsistencia de ciertas relaciones patriarcales con
los descendientes de la negra esclava o la mulata que amamantó a los abuelos,
con el peón que le había redomoneado el primer “pingo” y también con el
bolichero de barrio y con los dependientes de comercio, con quienes se cambiaba
los buenos días en un idioma común, en la comunidad de ciertos valores
entendidos; en fin, en todo eso que hace que los seres humanos se reconozcan
como connacionales.6
Duró bastante tiempo la coexistencia de dos grupos; era
una diferencia de matiz en las costumbres y en los gustos, más que en otra cosa.
La misma Plaza San Martín, cuyos palacios franceses se han recordado antes, nos
la mostraba arquitectónicamente con dos estilos distintos: la vieja casa de los
Obligado en la calle Charcas y su colindante, la de Romero, ambas desaparecidas
hace pocos años, haciendo contraste con los palacios ya mencionados de Anchorena
y Paz.
El país, tal como lo ve esa clase, está vigente en la escena de la
gran estancia, con "las casas" transformadas en manors de estilo Tudor y la
subsistencia de los ranchos de los puesteros o del galpón donde duerme el
personal; del peón de bombachas y alpargatas, obligado al misoginismo, 7
coincidentemente con la visita del “niño” —breeches y botas inglesas— con la
francesa de turno, o la prole numerosa, si se trata de los "patrones", al
regreso de la season londinense, de París o de la temporada en la Riviera, en la
oportunidad de una yerra.
Asados humeantes, revoltijo de pialadores, guampas
y potros y mayordomo inglés, de gritos guturales, músculos tensos, lazos
vibradores, chuscadas paisanas, que dan a las visitas distinguidas, a los
invitados extranjeros —millonarios de Europa y EE.UU., literatos y filósofos de
moda, venidos de París—, la nota exótica que inútilmente habían buscado en los
palacios de sus huéspedes, en los salones de conferencias de Buenos Aires —"Una
ciudad tan europea..." como le han dicho al dueño de casa con irónica reserva y
para su íntimo regodeo de hombre culto—. A falta de cacerías de elefantes o
tigres de Bengala es necesario que el viajero se lleve una imagen siquiera
aproximada a la que puede mostrar el Aga Kahn, pero también es posible, por esos
matices que ya he señalado en la clase, que a algún “niño” le salte el gaucho
que lleva adentro —como la custodia lleva la hostia— y se le “siente a un
redomón” o se luzca en un "pial de volcao". Pero esto es muy de excepción; en el
fondo un gauchismo bueno para mostrarlo a los visitantes, malo, en cuanto
expresa una aptitud indígena. Para esa época, los padres estancieros cuidaban
que sus hijos no se agauchasen. ¡Era casi como que le salieran militares!
A
la hora del té, el orden europeo ya está restablecido. Llegan muy lejanamente —a
través de las pelouses y el frondoso parque de coníferas— los mugidos de las
haciendas y los gritos atiplados 8 de los peones en sus últimos trabajos del
día. Todos se han "cambiado" y la conversación amable y trivial ha recuperado el
nivel idiomático del inglés y el francés, displicentemente como en Mayfair,
salpicada con un poco de español y modismos criollos, pero muy apocopado
ligerito, como si se hablara en "puntas de pie", haciendo "pininos" sobre el
idioma vernáculo.
DE BURGUESÍA A ARISTOCRACIA DEPENDIENTE
La alta
clase había olvidado por completo el origen comercial de su posición y con el
boom de la prosperidad, el manejo del comercio internacional se le fue de las
manos, lo mismo que el de la banca para pasar a las corporaciones extranjeras
que instalaban sus sucursales en la city porteña y concentraban en manos
imperiales —lógicamente de Gran Bretaña en su mayor parte— la exportación, la
importación, el flete y el seguro.
Ya hemos visto que la prosperidad
momentánea pudo dar las bases de la formación del capitalismo nacional que,
consolidado sobre los márgenes que dejaba la producción argentina, entre su
costo chacra percibido por el productor y el resultante de la venta en el
exterior, permitiese el desarrollo de un proceso de integración económica, tal
como se había aprovechado en los EE.UU., que capitalizó los frutos del comercio
exterior —en mucha parte cerealero— para desarrollar las bases de la expansión
interna.
Pero la riqueza territorial era un regalo de los dioses y no el
producto del esfuerzo y la aptitud capitalista de esa clase. Aun la misma
modernización de las razas ganaderas, donde la clase territorial cumplió una
tarea efectiva, careció los fines típicos del capitalismo y correspondió más a
la preocupación estética de reproducir el estilo de la clase territorial europea
en cabañas y estancias paralelas a los modelos propuestos, con parques y cascos
que rivalizaban con los castillos y "manors", provocando el asombro de los
viajeros de primera clase.
El aprovechamiento comercial —en el nivel
internacional— de la producción agropecuaria, era por completo ajeno a esa
clase, y así la estancia moderna fue más que nada una prolongación del
frigorífico que demandaba esa transformación de las razas, y el frigorífico una
prolongación del único mercado posible y estimable: el británico.
El progreso
nacional debió ser otro: mercado, nave, seguro, frigorífico, ferrocarril, como
prolongación de la chacra y de la estancia.
Vender, comprar, fabricar,
navegar, asegurar, bancar, disputar clientes, abrir mercados, son cosas de
burgueses: los ricos argentinos se han propuesto como modelos a los príncipes
rusos, los nababs, y los lores ingleses, no a esos groseros norteamericanos que
se jactan de serlo, hinchas de baseball, que casan la hija con un noble y
publican a gritos el precio de la dote y utilizan el título para una marca de
fábrica y que en lugar de imitar el inglés de Oxford se envanecen en su idioma
norteamericano. (No saben ver la realidad detrás del aire displicente del lord
que disimula sus actividades burguesas que le permiten mantener el costoso
castillo)9.
Si Buenos Aires fue el puerto de la riqueza argentina, los ricos
argentinos sólo conocieron del mismo el desembarcadero de la Dársena Norte, en
tránsito a los camarotes de la Mala Real o los paquebotes franceses.
10
Buenos Aires será un puerto típicamente colonial, porque lo que distingue
esencialmente al coloniaje es que la colonia vende F.O.B. y no C.I.F., que es
como venden las metrópolis.
El comprador está aquí y no en el puerto de
destino. Así la exportación no se diversifica hacia los posibles mercados de
compra, como ocurre cuando el país productor tiene sus vendedores en el destino
de la mercadería; no se va a la conquista de mercados sino que el comprador
exterior conquista el mercado productor, unifica la demanda y lo hace suyo
obstaculizando la diversificación y la competencia internacional; es el comercio
de factoría que el genio político de Gran Bretaña ha descubierto que es más
importante que la conquista imperial que seguían practicando las demás
metrópolis europeas empeñadas en la disputa del remanente de posiciones
ultramarinas. El comercio de importación sigue la misma suerte como complemento
de esa política comercial que no necesita el manejo de los territorios, pues
basta con el control económico de los puertos y que es pronto control de la
política y la cultura. (Ver nota en el Apéndice).
El grupo económico-político
extranjero organiza correlativamente el sistema de transporte dirigiendo sus
inversiones para crear una geografía económica adecuada: la red afluente al
puerto concebida en función de su producción para esos fines, como la ha
demostrado hasta la saciedad Scalabrini Ortiz en si “Historia de los
ferrocarriles argentinos”, que documenta, además, el carácter minoritario de esa
inversión, que en su mayor parte salió del propio esfuerzo nacional. Cosa
parecida ocurre con la banca que permite a las filiarles de los bancos
extranjeros –y aun a los bancos nacionales- capitalizar los ahorros del país
dominado para hacerlos instrumentos de la colonización en lugar de factores de
desarrollo interno: el ahorro nacional es puesto al servicio de la importación y
en contra de la promoción interna.
Del dominio económico surge el dominio
cultural. La gran prensa es el instrumento más efectivo para sembrar entre la
"gente culta" el ideario conveniente que es facilitado por las comprobaciones
del éxito inmediato, que parece evidente, de la teoría del progreso ilimitado a
lograr por esos carriles; sólo se necesita mantener como dogma indiscutible los
enunciados liberales impuestos después de Caseros, y que constituyen el fondo
común del pensamiento ilustrado de la Universidad, la escuela y el libro. Ya
veremos cómo la falsificación de la historia es una complementación útil al
mantenimiento de esa dogmática.
La alta clase se ha imbuido de una concepción
aristocrática a la que repugna cualquier actividad burguesa ajena a la única
forma digna de la riqueza; además, si alguno de sus miembros supera el complejo
cultural que tipifica a la clase, el manejo de los medios económicos se
encargará de acreditar con el fracaso y la ruina de sus negocios, que los
argentinos no hemos nacido para eso —como también lo dijo Sarmiento— y su
ejemplo servirá para la irrisión de los que no se apartan de la actividad
tradicional: será a lo sumo "un loco lindo" que se mete en lo que no
entiende.
En cambio hay un destino reservado para la alta clase, cuando los
patrimonios entran en decadencia, o cuando no se está en los niveles más
elevados: la Facultad de Derecho provee de abogados a las empresas de capitales
extranjeros, y la guía social de Directores a las Sociedades Anónimas, que son
la representación local de aquellos intereses. Abogados y directores son
baratos, pues reciben como un favor el que hacen; es la mentalidad del cipayo
que hasta cree estar sirviendo a su país cuando sirve directores extranjeros; el
sistema se perfecciona con gobernantes, jueces y maestros de la misma
mentalidad.
Ser burgués disminuye, ser cipayo o vendepatria, jerarquiza.
Luego esa incapacidad aprendida se imputará también a la herencia hispánica,
católica, indígena, etc.
El país ya está realizado para quienes tienen del
mismo la idea do que el país son ellos, y contemplan al resto, como desde la
metrópoli contemplan al conjunto.
LA ESCISIÓN DE LA "GENTE PRINCIPAL":
POBRES Y RICOS
Esta brusca prosperidad de los propietarios de la tierra,
refleja sus efectos en los sectores de la "gente principal" que no han alcanzado
los beneficios de aquella: se produce en ella una solución de continuidad.
La
sencillez de las costumbres y la modera riqueza de los más altos, había
permitido antes una relación regular entre los distintos niveles de la "parte
sana de la población": las diferencias de fortuna, de jerarquía política y hasta
cultural, eran atenuadas por la sensación de que todos pertenecían al "todo
Buenos Aires". Las viejas amistades de familia y los parentescos minuciosamente
recordados, y que no era extraño se ratificasen con nuevas alianzas a pesar de
las diferencias económicas, facilitaban la comunidad de un status que venía
desde la colonia, entre los grandes propietarios y la gente de condición más
modesta constituida por profesores, magistrados, altos funcionarios,
profesionales destacados, y más abajo, la generalidad de los empleados públicos,
pequeños rentistas, profesionales, militares, pequeños estancieros, artesanos
calificados, maestros de escuelas, etc.
Las barreras que establecían las
diferencias de rango dentro de la misma, no eran rígidas y se disimulaban bajo
el manto do las costumbres patriarcales; por alto que estuviera colocado un
hombre de la "clase principal", conocía a todos sus congéneres, sus apellidos
les eran habituales si no sus fisonomías, sus vinculaciones de familia y se
estaba atento a los acontecimientos familiares, a sus celebraciones y
especialmente a sus duelos. No se ignoraban recíprocamente y el perteneciente a
los grados más inferiores de "gente decente", sentía que era parte de ese "todo
Buenos Aires", atribuyendo las diferencias de rango exclusivamente a la
situación de fortuna. Además, el límite de clase establecido por la rígida
separación con la "gente inferior", la "plebe", le daban la sensación del status
común con sus congéneres altos de la "clase principal" que ejercían una especie
de protección patriarcal auxiliando en los apuros poniendo el hombro y la
"recomendación" a su servicio. Había una etiqueta de las "visitas" recibidas y
"pagadas" rigurosamente, entre los niveles no muy diferenciados y aun las
relaciones más pobres, si no tenían acceso a los "recibos", cuando el hábito se
generalizó, tenían entrada a las grandes casas, a las horas que no eran de
cumplido, acercándose a la vida íntima de la familia. Solían ser comensales
frecuentes en la mesa tradicional y el hábito del mate en "las visitas" de media
tarde era compartido por todos en las ruedas íntimas en que la boca de la
bombilla marcaba una igualitaria consideración.
Se compensaba el desnivel con
la intimidad.
Pero la alta clase se fue distanciando con un lujo y un boato
inabordable para los que no estaban en situación y a medida que los "viejos"
iban muriendo, se interrumpían las relaciones: el "todo Buenos Aires" se
achicaba para reducirse a un núcleo más selecto, memos numeroso y más exigente,
incompatibles para la gente de situación modesta y aun para las medias fortunas,
cuanto más para los pobres vergonzantes que vivían “tirándole la cola al
gato”.
Al mismo tiempo la ciudad crecía e interfería con nuevas promociones
de origen inmigratorio en la solución de continuidad creada en los dos niveles
de la "gente sana", y los más bajos de ésta se confundían con los que venían del
ascenso y de los que se encontraban cerca económicamente.
Pronto los
descolocados comenzaron a tener sólo referencias lejanas del “todo Buenos Aires”
por la “vida social” de los periódicos. En este distanciamiento astronómico de
la alta clase, los sectores postergados de la clase principal se adecuaron al
hecho, y prefirieron ser cabeza de ratón que cola de león, ubicándose como parte
distinguida de la clase media que surgía. Los más tilingos no se resignaron y
ellos y sus descendientes han vivido desde entonces una dura ficción de “primos
pobres”, manejándose por pautas de imitación. Es la gente que Silvina Bullrich
pinta en “Los Burgueses”, desacertadamente en el título, pero acertada en la
descripción de esos parientes pobres de los Barros, humillados por dentro en su
actitud de obsecuencia al tío remoto; y también se humillaban al cronista social
–que puede ser la señorita Pérez Yrigoyen-, de cuya voluntad dependía la mención
en la columna periodística, que otro, en la misma situación, leerá con la
“sonrisa verde” con que las mujeres se ponderan sus vestidos. Ellos formarán el
plantel básico del “medio pelo”, muchos años después, cuando aparezca una nueva
burguesía ansiosa de recorrer el camino que hizo la clase alta, pero sin el
desplazamiento europeo que la divisa fuerte le permitió a aquélla, y que además
permitía ocultar las gaffes de los primeros pasos, a la sombra de un mundo
internacional heterogéneo.
A principios de siglo ya la estructura tradicional
está perimida, pero esto no era todavía perceptible para los actores de la clase
alta.
UN TESTIGO DEL "900"
Dejemos que hable un
contemporáneo.
Tengo delante un librito de Don Felipe Amadeo Lastra titulado
"Recuerdos del 900", cuyo autor fue mozo paseandero por aquellos tiempos (Dios
lo conserve por mucho, y pido reciprocidad).
Su crónica podrá ser
inimportante literariamente, pero además del valor testimonial, de cuya
importancia he hablado en la introducción de este libro, tiene un valor especial
porque no expresa la observación objetiva del sociólogo o del historiador, sino
la subjetiva del actor y del medio a que pertenece: importa el consenso de su
grupo social.
Felipe Amadeo Lastra todavía no percibe la escisión en la
"gente principal", pero ésta salta a la vista para el que lee: basta comparar la
larga lista da la muchachada "paseandera" que el autor trae con su excelente
memoria, en la mucho más restringida de las familias que veraneaban en la
Bristol de Mar del Plata y especialmente los jóvenes, los que en el mismo
balneario hacían roncha dragoneando de leones...
Los más de aquellos
apellidos de los "paseanderos", comenzaban ya a ser en los barrios, las cabezas
sociales de la clase media.
Su descripción de la muchachada que “andaba” es
bastante definitoria de lo que para esa fecha todavía se entiende por “gente
principal”, “parte sana” de la población; así los apellidos que cita
enumerativamente son todos tradicionales, o corresponden a descendientes de
inmigrantes “situados” con dos o tres generaciones. No se trata de ricos aunque
abundan entre ellos; aunque tampoco de pobres, por más que a algunos les falte
sólo una pluma para volar.
Allí se ve que no es la fortuna la que define la
clase sobre la base de un minimum necesario para mantener el nivel. Amadeo
Lastra habla de “gente modesta” y “no modesta”, que son sus correspondientes a
“inferior” y “principal”, y precisando más el concepto, hace la calificación por
el factor fundamental que ya hemos señalado, la familia cuando define: gente de
ascendencia culta, y la que no tiene esa ascendencia. “Cultura”, en este caso,
no se refiere a la preparación filosófica ni artística ni a los estudios
realizados, ni siquiera a la buena o mala letra; los conocimientos de esos
“muchachos”, sobre todo de los “divertidos”, eran los imprescindibles para la
generosa firma de un pagaré o un cheque “volador”.
“Cultura” es una remisión
al status familiar, que es el que determina la situación por la observación
continuada de las pautas definitorias de la “parte sana de la población”,
principiando por la más importante, que es la filiación legítima continuada. La
cultura se refleja en el género de vida, actividades económicas y prácticas
sociales, cívicas, religiosas y de comportamiento de la familia que evitan el
desclasamiento y no del individuo. Por el contrario, este seguía siendo “culto”
a pesar de él mismo.
En la clase modesta, agrega, había los compadritos y los
que no lo eran. Clase modesta es, lógicamente, un eufemismo de “clase inferior”
que el autor divide en compadritos y los que no lo eran, es decir, trabajadores
con una amplitud que comprende a obreros, peones, artesanos, domésticos y
comerciantes minoristas, etc.
La clase alta no veía el cambio social que se
estaba operando; Amadeo Lastra es terminante: Casi no existía la clase media.
(Existía, sí; se estaba conformando sobre los pobres de la “clase principal” y
sobre los que comenzaban a emerger con preferencia desde la inmigración. Pero
esto no se percibía desde la visual de la clase alta, que no veía los entresijos
de la nueva sociedad).
Dice el autor: Era común que el núcleo de personas de
cierta alcurnia, es decir de “ascendencia culta”, se las denominase con el
adjetivo “Bien”, que sigue vigente. Así se decía “gente bien”, “niño bien”, y
respecto a estos últimos, a los que gustaban la jácara continua, refiriéndose al
“niño bien”: César Viale los llamó “indios bien”, denotando con ello su
pertenencia a familias de elevada clase social, por su cultura o ascendencia. Lo
de “indios” deja bien precisado que no es la conducta, ni la cultura individual,
lo que determina la condición de “bien”.
CAPITULO
IV
LA CRISIS DE LA SOCIEDAD TRADICIONAL
LA SOCIEDAD CRIOLLA
DEL INTERIOR
Desde mediados del siglo XIX el interior está totalmente
derrotado y dominada a sangre y fuego la resistencia de las últimas montoneras
fedérales. Empobrecida la "gente principal" y privada la clase inferior de sus
jefes naturales, ésta deja de ser actora en la historia; la población continúa
emigrando lentamente hacia el litoral, como empezó a hacerlo desde el comercio
libre, o se resigna a la miseria endémica que será su característica durante un
largo período de tiempo. Catamarca, La Rioja, Santiago del Estero, suministrarán
los contingentes de estacionales que proporcionan brazos a la industria
azucarera tucumana, sumándose a los locales; más adelante el obraje y luego el
algodón abrirán otros horizontes a santiagueños y correntinos en los chacos.1
También comenzaron a bajar cuadrillas provincianas hacia la cosecha del maíz en
el Sur de Santa Fe y el Norte de Buenos Aires.
Este trabajo que supone el
nomadismo, termina por desarticular la familia de la plebe provinciana, que
pierde su carácter patriarcal con el alejamiento de los varones y por la
aparición de una economía de numerario que concurre, con la desarticulación de
la vida familiar, a destruir los hábitos culinarios tradicionalmente fundados en
el aprovechamiento al máximo de los frutos locales, que una sabiduría antigua
había dado a las mujeres hacendosas de las clases populares: los quesillos, el
zapallo, el maíz, la algarroba, la miel silvestre y sus múltiples
aprovechamientos. También perecen las actividades artesanales, la talabartería
regional, el tejido, la alfarería y las industrias de la madera.
El
ferrocarril que cumple finalidades de cohesión geopolítica, en lo que resta del
virreynato del Río de la Plata, y acerca la producción de los ingenios a los
mercados del litoral, devora a su paso los últimos restos de la economía
doméstica y artesanal, pues entrega el menguado mercado del interior a la
manufactura de importación y aun a los productos alimenticios provenientes del
litoral, que sustituyen las bases de la alimentación popular provinciana;
alrededor de los míseros ranchos las "latitas", la madera, el cartón y el papel
de los envoltorios del "almacén del turco", forman un círculo de despojos que
testimonia el abandono de los hábitos laminares de autoabastecimiento y también
de higiene y decoro. Se abandonan los trigos tempranos de regadío que no pueden
competir con los de la "pampa gringa", y los pastizales también de regadío que
pierden su valor con la extinción de la ganadería local de los yeguarizos o
mulares. Estos no pueden coexistir, lo mismo que los carruajes de producción
local, con el moderno medio de transporte. 2
El ferrocarril altera hasta la
geografía: los pueblos del interior se han ido escalonando en función de las
aguadas a medida que avanzó la conquista; pero el riel no se ajusta al
zigzagueante rumbo de los viejos caminos, y va rectamente a los terminales del
Norte, escalonando las estaciones y paradas. Las estaciones y paradas se
distancian de las viejas poblaciones, y nacen otras a su alrededor —a muchas de
las cuales el tren debe proporcionar también el agua—, que crecen adventicias,
desdoblando los viejos pueblos que van muriendo. Los nuevos nacen y mueren al
paso de cada tren; algunos tienen una actividad transitoria mientras dura el
obraje. Durante la primera guerra el ferrocarril se comió en leña todos los
bosques de su trayecto.
El progreso ha destruido la vieja sociedad de
características semifeudales del interior, haciéndola teóricamente más
igualitaria con un trabajo libre que lo sustituye por algo mucho más terrible:
la tiranía del "conchabador"; ahora el individuo es un ente aislado de la
familia, cuya comunidad de producción se ha hecho incompatible con el
comercialismo y cuya unidad de grupo organizado se quiebra con el nomadismo y
los hábitos que este genera, entre los que cuenta el alcoholismo, la mujer
pública y las enfermedades que se suman.
Al establecerse el servicio militar
obligatorio, las cifras de inaptos de las "provincias pobres" irán acumulando,
año por año, la comprobación de estos efecto; el progreso, en lugar de levantar
las clases inferiores de esas provincias, termina por sumergirlas completamente,
haciendo más profunda la diferencia con la "gente principal" empobrecida
también, pero sin la pérdida de elementos esenciales para la vida y la
cultura.
No es muy brillante el horizonte de esta “gente principal” que sólo
puede cubrir las apariencias. El presupuesto nacional y los desmedrados
presupuestos provinciales ofrecen un recurso a sus miembros y hasta establecen
grados entre ellos. No es lo mismo ser maestro provincial que maestro nacional
de la Ley Láinez, y no es lo mismo ejercer una profesión liberal sin otra
entrada, que ayudarse con las cátedras del Colegio nacional. Las familias que
pasan por “acomodadas” se alivian con la emigración de sus hijos, que buscan la
magistratura o la burocracia porteña, o trabajar en las profesiones liberales,
después de haber estudiado gracias al empleito público conseguido por el
pariente o amigo político que tiene “influencias” en Buenos Aires. Las escuelas
normales proporcionan a las mujeres un títulos que las habilita para emplearse
de la Patagonia al Chaco, en el sacrificado magisterio que sus colegas porteñas
eluden. Las “provincias pobres” se convierten en criaderos de emigrantes, que
con su tonada y su melancólico recuerdo de la tierra natal, encontramos en todos
los ámbitos de la República. 3
EL CRIOLLAJE DEL LITORAL
Pero
veamos la población criolla del litoral, originaria o venida del interior en su
continuada migración.
El gauchaje de las pampas del litoral había sido en
parte absorbido por el ejército de línea de la Guerra de Fronteras. Muy pocos
eran propietarios de la tierra; generalmente, los que pasaban por tales, eran
simples poseedores ignorantes de las argucias necesarias para perfeccionar sus
títulos, y en general continuaba respecto de ellos, la situación de la "gente
inferior" que ya se ha considerado anteriormente.
Las "Leyes de Vagos"
continuaban vigentes, y el Juez de Paz disponía de la persona, la familia y los
bienes del gaucho. Nos ahorramos de repetir a Martín Fierro. Estos mismos
hombres que han hecho la guerra de fronteras para ensanchar el hinterland del
progreso agropecuario, los "milicos" de la conquista del desierto que
conquistaron para otros, sólo conocen por excepción algún menguado reparto de
tierras, que no consulta la necesidad de crearles, paralelamente, los métodos y
hábitos de la economía de numerario a la que el país se incorpora. Solucionar
esto es una preocupación dominante en Hernández.4
Sin acceso a la propiedad
ni al comercio, el criollo del litoral será luego el peón ganadero, para lo que
posee una técnica de que carece el inmigrante. También le quedarán reservados
oficios que provienen de la civilización del cuero, en tanto la talabartería
industrial no lo vaya desalojando, o será resero, domador, carrero, actividades
libres de la dependencia permanente del patrón estanciero. En la estancia misma
no todos son mensuales y puesteros: hasta que la valorización de la tierra
provoca el desalojo de los intrusos, gran parte del criollaje vive tolerado en
las estancias primitivas. 5
LA EXPANSIÓN AGROPECUARIA
El
frigorífico transforma la economía ganadera y da origen a la estancia moderna,
reemplazando con el abastecimiento del mercado británico, al saladero
correspondiente al mercado tropical del tasajo, para el que bastaban las formas
primitivas de explotación rural e industrial, sólo posibles con la mano de obra
criolla que dominaban su técnica. Contemporáneamente, la agricultura cerealera
irrumpe en la producción argentina. Para que ésta sea posible ha sido necesario
el progreso técnico, que recién toma importancia en la segunda mitad del siglo
XIX, y cuyos efectos se hacen sentir del 80 en adelante.
Cuenta en esto el
ferrocarril, que permitirá el desarrollo de la agricultura con sus gruesos
volúmenes de transporte; otro elemento técnico es el alambrado, factor decisivo.
A diferencia de Europa, donde lo excepcional es la ganadería, permanentemente
controlada por el pastor —en el caso de la oveja— con el ronzal, la estabulación
o la vigilancia del personal en el pastoreo de vacunos o yeguarizos, en el Río
de la Plata la agricultura es imposible sin el cercamiento de los sembrados: las
pampas no tienen el bosque con que contó Nueva Inglaterra para cercar en los
primeros tiempos; apenas la zanja —del "inglés zanjeador" seguramente irlandés
de que habla Martín Fierro— o el cerco de tunas o plantas espinosas que ofrecen
una precaria defensa contra la invasión de los semovientes. Esto excluye
cualquier posibilidad de desarrollo agrícola importante antes da la aparición
del alambrado, en un país en que las haciendas son "como un agitado mar de lomos
multicolores”, siempre en movimiento hacia las pasturas.
El litoral ha sido
importador de harinas y cereales; el signo cambia totalmente y se convertirá en
“granero de Europa”. Esto, como se ha dicho, sólo podía ser producto de la
aparición de nuevos medios técnicos, pero la técnica obedece a quien la dirige y
en este sentido el motor es más obediente que el caballo. Los liberales, para
quienes la protección industrial y cualquier intervención del Estado hacia la
promoción de una economía integradora era un atentado a la libertad de comercio,
no han vacilado en establecer la protección para facilitar el desarrollo de la
agricultura en sus etapas iniciales. Horacio C. Giberti (“El Desarrollo Agrario
Argentino” Ed. EUDEBA, Pág. 22), dice: La corriente agrícola se vio robustecida
cuando se adoptaron medidas proteccionistas que gravaban la importación de gran
os y harinas. Merced a ella pudo vencerse la postergación de siglos; surgió
entonces una corriente que primero apuntó a sustituir importaciones, pero más
tarde ganó confianza e invadió los mercados tradicionales.
Esto sirve para
precisar el verdadero sentido de ese liberalismo cuyo doctrinarismo es
intransigente o elástico, según las directivas de la política económica,
promovidas desde afuera: la doctrina es válida, sólo en cuanto favorece el
desarrollo del país como abastecedor de materias primas. Lo mismo ocurre con la
inmigración: el Estado no intervencionista, cuando se trata de promover
integración económica nacional, opera como intervencionista al tomar medidas que
favorecen la organización de la producción dependiente: Como proveedor de mano
de obra el Estado desempeñó su función más importante estimulando y organizando
la inmigración masiva desde Europa (Sergio Bagú, “Evolución histórica de la
estratificación social de la Argentina”). Pero allí se detuvo porque se buscaba
mano de obra barata y no la estabilización social de los migrados. Promovió la
inmigración, pero no la distribución de la tierra correspondiente, que hubiera
perjudicado las estructuras preexistentes y el monocultivo buscado por el
Imperio.
Continuando la cita del mismo autor, veremos cómo se comportó frente
a los trabajadores criollos, también interviniendo: Distribuyó algunos millares
de indios “conquistados”, dictó leyes y reglamentos para impedir la movilidad
física del trabajador rural del país y someterlo contra su voluntad a
condiciones muy precarias de trabajo.
Con más extensión, trata el tema Manuel
García Soriano en los números I, de mayo de 1960, y II, de mayo de 1962, de
“Revisión histórica”, publicación del Centro “Alejandro Heredia”, de
Tucumán.
LA INMIGRACIÓN EN EL MEDIO RURAL
Corresponde a la
expansión agrícola, la ola inmigratoria que cambiará la composición demográfica
del litoral. En segundo término, la transformación ganadera que absorbe, como se
ha dicho, parte de la mano de obra nativa, pero no absorbe la desocupación del
criollaje en crecimiento vegetativo, que lo arroja a la competencia con la mano
de obra importada en el mercado del trabajo agrícola, a raíz de la destrucción,
con la estancia moderna, de los medios de supervivencia que facilitaba la vieja
estancia: el radicarse en los rancheríos de los suburbios pueblerinos, sin hogar
de asiento estable, y en el nomadismo del bracero.
En "Política y sociedad en
una época de transición", de Germani, se lee: La inmigración comenzó a partir de
la segunda mitad del siglo pasado pero se mantuvo a un promedio inferior a los
10.000 anuales hasta 1880, en que alcanzó en el decenio 80-90 un promedio de
64.000 inmigrantes... el máximo anual fue alcanzado en la primera década del
siglo (112.000 de promedio), y en particular en años inmediatamente anteriores a
la Primera Guerra Mundial, en que se registró el récord con un saldo en la
inmigración de ultramar de más de 200.000 personas. Después de la interrupción
provocada por el conflicto, la década de 1920-1930 volvió a registrar saldos muy
altos.
La inmigración pone en contacto dos sociedades completamente
distintas, tanto en su técnica como en su mentalidad. El criollo del litoral
ignoraba la agricultura y en cambio tenía el total dominio técnico del trabajo
ganadero. Visto desde el trabajo tradicional, el “gringo” era un incapaz: no
sabía domar ni estaquear un cuero, parar rodeo o arrear hacienda, hacer adobe o
el “chorizo”, quinchar un rancho... Andaba en el campo a pie y perdido como
“turco en la neblina”. Desde el punto de vista de la cultura criolla, el
“gringo” era un inculto. Un ser débil, con una debilidad nunca mejor expresada
que en aquel verso magistral del Martín Fierro:
Había un gringuito
cautivo
que siempre hablaba del barco,
y lo augaron en tai charco
por causante de la peste;
tenía los ojos celestes
como potrillito
zarco.
Pero en cambio, el "gringo" venía de una sociedad en pleno
desarrollo económico y social, del que el criollo, miembro de la clase inferior,
estaba excluido por la vigencia de los estamentos sociales provenientes de la
Colonia y que la derrota de los federales había consolidado definitivamente; su
alteración era imposible dentro de la sociedad en que se había formado.
Ya
veremos cómo 50 años después de acelerarse la inmigración sigue siendo cierta
para la "gente principal" y sus "nuevos" provenientes de la inmigración, la
discriminación que hará con el "cabecita negra", a pesar de la transformación de
la economía y la composición de la sociedad argentina.
Si el nativo carece
tradicionalmente de perspectivas y por ende de voluntad de ascenso social,
carece también de los conceptos de propiedad y acumulación de riqueza como medio
de poder que están implícitos en el deseo de emigrar: la riqueza es para el
criollo simplemente capacidad de consumo, y sus consumos están limitados a los
de una sociedad primitiva; resuelto lo imprescindible para la existencia, la
apetencia es sólo de bienes de lujo: aperos, ponchos, percales, pañuelos de
seda, armas y los "vicios". Sin acceso a la propiedad de la tierra, los límites
de su acumulación no pueden ir más allá de la tropilla y algunos semovientes en
los casos más prósperos. Los lujos, "las prendas", son su único ahorro, que lo
bancan en un apuro o en el juego.
Se comparará su aptitud en la lucha por la
vida con la del extranjero, partiendo del supuesto de una inferioridad que ha
sido decretada de antemano; el éxito individual de gran parte de los inmigrantes
servirá para el cotejo, olvidando que el europeo forma parte de la economía que
se inicia, mientras que el nativo pertenece a la sociedad cuya técnica va a
cambiarse, no sólo en las formas de trabajo, sino que también en su fundamento,
que es ahora el comercio y el manejo de numerario, para el que no está
preparado. De tal modo, su superioridad técnica anterior se convierte en su
debilidad cuando la técnica se mide en el mostrador por el cálculo comercial: se
olvida también que el cotejo se hace con un individuo de selección para el
struggle for life, como gustaban decir los "progresistas", porque de las aldeas
europeas emigraron los más audaces, los más caracterizados por su
individualismo, los posibles Cortés y Pizarro de otra época, y no los
desprovistos de espíritu de conquista, que se quedaron allá.
Nadie se
preocupó, como lo había querido Hernández por promover la paulatina adaptación
de los nativos a la nueva realidad. Por el contrario estaban deliberadamente
excluidos en el presupuesto de la sociedad de imagen europea que se buscaba y,
además, hubiera contrariado las exigencias del progreso acelerado que reclamaban
los mercados de ultramar, misión impostergable que sólo podría cumplir
aceleradamente la inmigración. (Cincuenta años después se verá que su adaptación
fue posible, creando condiciones favorables, como las creó la última gran
guerra, cuando la industrialización tomó impulso y no hubo mano extranjera
disponible; los que aprendieron todas las técnicas del trabajo industrial hasta
colocarse en condiciones de eficiencia a un nivel técnico equivalente y muchas
veces superior a los mejores obreros del mundo. ¿Por qué no habrían aprendido y
practicado las artes mucho más elementales y afines con su índole del trabado
agrícola? Y sin llegar tan a lo contemporáneo: ¿fue inferior al inmigrante el
bracero criollo, cuando el agotamiento de las posibilidades ganaderas de
trabajo, lo forzó a adquirir las técnicas de la agricultura?
LA
COMPOSICIÓN DE LAS CLASES RURALES
Afortunadamente, la economía agrícola
de zona templada, y mucho más antes de la mecanización, no facilita la
concentración típica de la plantación tropical que hubiera excluido una nueva
composición de las clases. Demandó una relativamente numerosa clase de
propietarios y arrendatarios de extensiones limitadas y la formación de familias
por encima del nivel proletario, facilitando un comercio de campaña
diversificado, que comprendía el suministro de subsistencias e instrumentos de
trabajo y el acopio de los frutos de la producción, numerosas actividades de
transporte, de crédito, etc., que van formando estratos intermedios que a su vez
exigen la ampliación del aparato burocrático del Estado y dan margen a la
existencia de profesionales liberales. Todo esto formará parte de la
infraestructura de la producción agrícola para la exportación, como se verá más
adelante.
La clase media surge como lógica consecuencia. Dice Giberti de los
extranjeros, según el censo de 1914: En el medio rural, constituían el grueso de
una incipiente clase media, ubicada entre dos sectores esencialmente nativos:
los estancieros y los peones. Cabe recordar —agrega— que la mayoría de los
chacareros argentinos descendían en línea directa de los primeros colonos
inmigrantes de Santa Fe, Córdoba y Entre Ríos, cosa que no ocurría con los
peones, casi siempre criollos de vieja estirpe. Veamos pues, ahora en el medio
rural, que la inmigración coloca usa cuña entre las dos clases tradicionales: es
la clase media que aparece.
Con todo, el crecimiento de esta clase media
rural estuvo limitada por la valorización desmesurada de la tierra, cuyo valor
venal se ha relacionado siempre en nuestro país, más con la especulación en
expectativa que con los valores de producción.6
Faltó una colonización
sistemática, organizada por el Estado – fueron excepcionales las contadas
colonias de Santa Fe y Entre Ríos, donde ella se operó por el Estado o por
instituciones particulares dirigidas a ese fin y no al especulativo--. Si la
conquista del desierto no había servido para la radicación de criollos en
calidad de propietarios sino para la formación de enormes latifundios, el auge
agrícola no fue acompañado tampoco de una colonización dirigida ahora en
beneficio de los extranjeros y sus descendientes, a quienes no se podía imputar
los defectos atribuidos al criollo. Sólo se fraccionaron tierras en medida muy
inferior a la demanda –y especulando con este desequilibrio- por obra de
particulares, por la división hereditaria que determinaba el código civil o a
consecuencia de aquellas dilapidaciones patrimoniales de los “ausentistas” de
que ya se ha hablado.
Pero, paralelamente, la ganadería moderna propulsaba
una nueva concentración. Esto se notó particularmente en la provincia de Buenos
Aires por su mayor cercanía al frigorífico exportador.
En gran parte, la
agricultura se destinó a “hacer campo” –tarea que antes cumplían las yeguadas--,
en especial para la ganadería de invernada. El propietario no vendía campos, lo
arrendaba especificando la calidad de la siembra y el porcentaje, porque el
objeto último, al terminar el arrendamiento, era la obligación del chacarero de
entregar el lote alfalfado, momento en que era retirado de la agricultura para
dedicarlo al inverne; aun en el caso de que la zona no fuera apta para la
alfalfa, en los campos de cría, una vez “hecho el campo” era susceptible para
las avenas o la cebada y aun los trigos, doble propósito cuyo objeto era el
mantenimiento de las haciendas, y subsidiariamente la cosecha. Giberti nos
señala que: Buenos Aires en 1899 sembraba menos trigo, maíz y lino que Santa Fe;
la sorpresa muy holgadamente para 1908 y comienza después una declinación
agrícola, pues las sementeras habían cumplido ya la función de servir como
cabecera para la implantación de la alfalfa.
En estas condiciones, al ponerse
la tierra fuera del alcance del agricultor como propietario, principalmente en
la provincia de Buenos Aires, el sistema de arrendamientos concilió el
proporcionar tierra al chacarero temporariamente, y asegurarle al propietario
del suelo la preparación de los capos para la invernada sin hacer inversiones
para obtener las pasturas. Por el contrario, el chacarero se lo hacía gratis
después de pagar los porcentajes de arrendamiento. Giberti, que hace la
reflexión, señala: En 1914 sobre 75.500 chacareros arrendatarios, aparceros o
medianeros, 42.300 (56%) tenían convenios por menos de tres años y 10.600 por
ese lapso. Apenas 13.000 (17%) habían pactado por cinco años o más. Tal
precariedad impedía toda preocupación por conservar el suelo y obligaba a vivir
sin comodidades, los campos carecían de mejoras y todo era efímero. El
propietario de la tierra poco interés ponía en ofrecer campos con más mejoras, o
retribuir las que incorporaba el arrendatario o aparcero, porque ellas
entorpecían el posterior ciclo ganadero.
Agreguemos que los contratos
obligaban a sembrar desde la puerta del rancho hasta el alambrado medianero, y
en una sola especie, lo que excluía la posibilidad de cualquier explotación
granjera o la diversificación, que supone instalaciones aptas, inconciliables
con la escasa duración del contrato y el destino a un solo cultivo de la tierra
arrendada. Entonces se criticará al colono "gringo" por su desidia, como se ha
hecho antes con el gaucho.
Prácticamente el arrendatario con el monocultivo
trabaja en el tiempo de las aradas, el de las siembras y el de la cosecha,
oportunidades en que debe apelar al bracero, porque al no haber diversificación
todas las tareas deben cumplirse dentro de términos cortos; el resto del año
estará mano sobre mano, con lo que terminará siendo más un comerciante que un
agricultor: contrata tierra y mano de obra, vende cereal. No hay posibilidades
para el asentamiento familiar de una estructura agraria permanente. Agrega
Giberti: El modo de vida así forjado debería tener más tarde proyecciones
negativas, pues, aun convertidos en propietarios, muchos chacareros conservarán
hábitos y rutinas, los malos hábitos adquiridos en los años iniciales.
La
observación de Bialet Massé en 1904 es la comprobación de lo dicho, y eso que se
refiere a Santa Fe, donde las condiciones son más favorables para la chacra: La
agricultura de Santa Fe, no es de las llamadas de arraigo, no es una industria
en el sentido verdadero de la palabra, sino un negocio accidental que atiende al
momento presente, sin cuidarse ni remotamente del porvenir.
Si la propiedad
de la tierra había sido inaccesible para el criollo de la clase inferior en la
época de la economía puramente ganadera, cuando las aptitudes técnicas estaban a
su favor, en poco tiempo —con la valorización— vino a serlo también para el
extranjero a pesar de sus aptitudes agrícolas; al nomadismo individual del
criollo se suma el nomadismo familiar del chacarero, en lo azaroso de una
agricultura que lo obligaba a jugarse todos los años a una sola carta y que
también tendía a alejarlo del agro y mucho más a sus descendientes. De esto
resultó que, el mal endémico del latifundio, que en la época de la ganadería
primitiva podría explicarse en parte por su carácter extensivo, no permitió la
constitución de una sociedad agraria de ancha base cuando apareció la
posibilidad de la explotación más intensiva.
Hubo permanentemente una falta
de proporción entre el volumen de la producción y las bases sociales de la
misma: se llamó Gran Argentina —esa que añora nuestro "medio pelo" como una
supuesta Jauja de ayer— a una imagen puramente crematística desvinculada con los
resultados sociales del esfuerzo productivo, en la que las estadísticas de la
riqueza general no se corresponde con la de la riqueza social, que es la que
determina la grandeza o la pequeñez de una Nación. Es cierto que gran número de
inmigrantes y sus descendientes ascendieron a favor de este progreso
agropecuario; pero ese ascenso no fue ni relativamente proporcional al de la
producción del país, cuyos resultados económicos se volcaron en mínima parte en
los productores y los elementos nacionales del comercio y la distribución: es
que la famosa "canasta de pan del mundo" se organizaba cuidando que quedara poco
aquí para que el abastecimiento fuera barato en la metrópoli. Sólo un mínimo
costo de producción, el imprescindible para que viviera la "gallina de los
huevos de oro" en la época en que nos recuerdan con los saldos de exportación,
ignorando los faltantes del consumo interno.
Si pocos decenios antes los
EE.UU. habían capitalizado su prosperidad agrícola para proyectarla en la
expansión interna, aquí la capitalizaba muy parcialmente un reducido grupo de
propietarios, que derrochó su mayor parte en consumos superfluos; el grueso de
los frutos de la tierra y el trabajo iba a la estructura extranjera y
monopolística del transporte terrestre y marítimo, y el seguro; a los
consorcios, también extranjeros, de comercialización, y a los importadores que
además de disponer de un copioso margen de utilidades, tenían a su disposición
los ahorros argentinos a través de una política bancaria que financiaba a los
exportadores en sus compras internas, y a los importadores en sus compras
externas y en sus facilidades de venta interna.
Sergio Bagú dice a este
respecto que: sólo después de la guerra del 14 el agricultor y el pequeño
ganadero encontraron cierto apoyo por parte de las instituciones bancarias y que
en cambio el gran terrateniente y ganadero dispuso siempre de crédito
hipotecario y bancario para financiar las operaciones de ganado. Y agrega: el
industrial y el comerciante, en cambio, tropezaron siempre con una actitud muy
reticente por parte de los bancos... la financiación de esas actividades estuvo
casi por completo dentro de la órbita de reinversiones de los beneficios de
capital. Complejo y vasto sistema de financiación y capitalización de éste, que
en ningún momento funciona al azar, sino movido por un criterio permanente y
específico cuyos resultados hablan de su eficacia. Acertado señalamiento es
éste, al que sólo le falta indicar la política extranjera que no dejaba
funcionar el azar, sino que se movía con un criterio permanente y
específico.
A esta política correspondió el establecimiento de casi todos los
bancos particulares y de las sucursales de los bancos extranjeros que daban en
la Argentina la impresión de inversiones cuantiosas, cuando en realidad con un
reducido capital, muchas veces suscripto en la plaza, podían disponer de la masa
de los depósitos de sus carteras, provenientes del ahorro nacional y también por
el redescuento de los documentos sobre los depósitos del Banco de la Nación.
Este mismo fue, durante mucho tiempo, instrumento de esta política, porque el
crédito sólo se movía en función del prestigio de la firma y del carácter de la
actividad que desarrollaba, es decir, para los grandes proletarios de tierras y
ganados. Hubo, por excepción, dos o tres bancos particulares, constituidos por
comerciantes extranjeros de la plaza, inmigrantes prósperos cuya especialidad
fue el comercio de campaña y las casas mayoristas que proveían al mismo; también
financiaban importaciones, las de los mayoristas, pero daban margen al comercio
de campaña para que fuera al banco de los agricultores a cambio de hacer parte
de los acopios, como reciprocidad, pero también con el riesgo de las malas
cosechas. De este modo el comerciante de campaña fue durante muchos años el
único banquero de la agricultura.
Sólo por la nacionalización de la banca y
el manejo del crédito en función de prioridades nacionales –entre los cuales
contó por fin la industria, desde la creación del Banco Industrial por
Castillo—bajo la dirección de Miranda, durante Perón, se modificó la estructura
financiera creada para la dependencia, dando al mismo tiempo acceso directo al
crédito bancario a los productores rurales.
Sería injusto recordar las
grandes utilidades que obtuvieron estos comerciantes sin recordar que también
corrieron con los riesgos de la agricultura como generales que saben morir al
frente de sus tropas.
Lo recuerdo a don Manuel García, patrón del "Sol de
Mayo" de mi pueblo, una casa de comercio que tenía manzana y media techada, tal
era su importancia, con sucursales en General Pinto, Arenaza, Pasteur y otros
pueblos más. Se derrumbó en una crisis agrarias, pero vivió largos años rodeado
de la consideración de los pueblos que había fundado y promovido; desde Pasteur,
uno de ellos, donde vivía en una casita que le había regalado el vecindario, una
vez por mes hacía uso del pase libre que le regalaba el Ferrocarril Oeste porque
había sido durante 20 años el cargador más importante de la línea y pasaba unos
días en Buenos Aires en una lujosa residencia frente a la Plaza Libertad,
domicilio del que había sido abogado de su casa de comercio. ¡Gallego lindo don
Manuel García!
Alguien ha dicho que la única reforma agraria que había habido
aquí la hicieron la Bute Montmartre y los joyeros y modistos de París, pues
proviene de los que derrocharon sus patrimonios en Europa, vendiendo sus
campos.
Hubo otra que fue la Ley de Arrendamientos de Perón, que expropió
gran parte de la renta de los terratenientes en beneficio de los chacareros y
tomó, con el I.A.P.L, los beneficios del exportador y los destinó al desarrollo
más integral de la economía y a las subvenciones destinadas a mantener el bajo
costo de vida.
De todos modos, gran parte del sector arrendatario pudo así
capitalizarse y ser hoy propietarios del predio que ocupan. Lo malo es que, a lo
mejor, ahora lo está explotando a través de otro, y le hace mala cara a la Ley
de Arrendamientos.
Y ahora vamos a dejar el campo y arrimarnos a la
ciudad.
CAPÍTULO V
LA SOCIEDAD URBANA SE
MODIFICA
Vamos a acercarnos ahora a los grandes centros urbanos. Dentro
de estos, en especial a Buenos Aires, que será el caldo de cultivo del "medio
pelo".
Pero todavía este momento no ha llegado.
Ahora es el de los
"gringos" que ascienden —con la clase media que se constituye y la burguesía
inmigratoria que apunta—, alterando el esquema tradicional; su carácter "gringo"
provoca una cierta reacción tradicionalista no muy profunda, como se verá,
porque la tradición de Buenos Aires es el antitradicionalismo, valga la
paradoja: los "gringos" no tendrán que vencer la resistencia profunda que los
criollos "inferiores" encontraban para su ascenso, ya que en el pensamiento de
la "gente principal" la incorporación de los nuevos era un resultado natural de
su política económica y racial.
Sin embargo, esta modificación de la
estructura no fue muy perceptible para la clase alta, para la que la sociedad
argentina seguía inmóvil: todo lo que ocurrió desde el mejoramiento de las razas
vacunas, hasta su incorporación a la vida europea, significó sólo la
incorporación de la Argentina a la civilización moderna.
Desde el alto nivel
de los dueños de la tierra, lo que estaba sucediendo en la ciudad de tránsito
entre Europa y el campo, era cosa de "escaleras abajo", porque no incidía ni en
el patrimonio ni en su vida de relación. Ya hemos visto que para el autor de
"Recuerdos del novecientos", todavía la clase media no existía.
Los
"gringos", cuya misión era quedarse en el campo en las tareas rurales, invaden
Buenos Aires, la cuidad por antonomasia, hasta el punto de que llegan a
constituir la mayoría de la población adulta y se lanzan a actividades que no
eran las presupuestas del bracero o de la chacra.
LA CAPITAL DE LA PAMPA
GRINGA: ROSARIO
Aunque el tema de este trabajo se centra en Buenos Aires,
es conveniente echar una ojeada a las otras dos ciudades más importantes del
país, para ver los efectos diversos del impacto inmigratorio.
En Rosario, el
surgimiento de la nueva sociedad es más directo que en Buenos Aires, pues no hay
la alta clase preexistente que influye con sus pautas a estos nuevos y limita el
ascenso al primer plano; aquí los "gringos" triunfadores irán directamente
arriba, constituyendo una sociedad burguesa por excelencia. Apenas alguna
protesta de viejo vecino, como el soneto leído en unos juegos florales:
Ciudad de Astengo, de Etchesortu y Casas
—sede del "Honorable"
Benvenuto—
ciudad donde se funden dos mil razas,
pero no se funde ningún
gringo fruto.
(Recuerdo sólo la primera cuarteta. ¿Para qué contar el
merengue que se armó... Además, los viejos vecinos de Rosario, no eran muy
viejos, o mejor dicho, antiguos).
Por esta razón la burguesía rosarina accede
directamente a la clase alta local y su conflicto de status es con la clase alta
tradicional de Santa Fe.
Rosario es la cabecera de la pampa "gringa", su
capital, bruscamente nacida de un villorrio primitivo del que no se recuerda ni
el nombre del fundador. Si Buenos Aires es la capital de los ganaderos, Rosario
lo es de los chacareros. (Giberti, Op. Cit., explica la mayor densidad agrícola
de la pampa "gringa" por la distancia con el frigorífico de las colonias
santafecinas que ha permitido desarrollar la producción de cereal sin
subordinarlo ni limitarlo como simple tarea de “hacer campo”, y también por la
mejor política de asentamiento del colono). La alta clase terrateniente no tiene
domicilio ni transitorio en Rosario. La burguesía rosarina pisa firme; hija del
desarrollo agrario, se identifica totalmente con el progresismo liberal y no
sólo carece de complejos frente a las viejas clases, sino que las mira por
arriba del hombro, porque se siente con mejor derecho a conducir. No postula
“reconocimiento” y será ella la que lo dará.
La “Liga del Sur”, cuna del
Partido Demócrata Progresista, será su expresión política frente a los dos
estratos tradicionales de la provincia: la vieja “gente principal”, de la
capital santafesina, con sus terratenientes a la antigua porque todavía no ha
llegado allí la estancia moderna y sus rangos modestos de las profesiones y la
burocracia que tendrá su baluarte en el Norte. (En Barrancas, a mitad de camino
entre Santa Fe y Rosario, está la barrera que separa las dos Santa Fe, con tal
perdurabilidad que aun hoy las reuniones políticas de importancia, donde se
decide sobre los gobernantes de la provincia, se realizan en ese lugar de
frontera). 1
Se está constituyendo una nueva estructura de alta burguesía a
clase media, pero sólo sobre la base de la inmigración; los criollos están
marginados del proceso ascensional. El inmigrante es proporcionalmente demasiado
fuerte, y no hay integración rápida porque en cierto modo se da allí una
segregación ecológica en que el extranjero triunfador se atribuye el status más
alto.
El proceso que, veremos luego, realizó el radicalismo incorporando a la
política nacional los hijos de inmigrantes, se realizó en Santa Fe con la “Liga
del Sur”, pero marginando al criollaje. Aquí el radicalismo no contará con la
clase media y la burguesía; sólo contará en el sur con unos pocos elementos de
las viejas familias federales, pero sustancialmente con orilleros y paisanos de
la “gente inferior” al que se unirá el peso de las viejas fuerzas conservadoras
del Norte, que con su clientela electoral se le volcarán en la hora próxima a la
victoria como único medio de parar al Sur. También con los colonos del Norte de
origen extranjero, forzados por el localismo incompatible de los del
Sur.
EL LÍMITE DE LA PAMPA GRINGA: CÓRDOBA
Córdoba es todavía una
pequeña ciudad provinciana y su crecimiento moderno llegará mucho más tarde;
después de 1914 y definitivamente después de 1945.
Los pobladores de la
"pampa gringa" cordobesa, migrarán a Rosario, que es la capital de sus chacras,
y les da la imagen apetecible.
La vieja ciudad de los doctores en los dos
derechos, se mantiene en los estamentos de "parte sana" y "gente inferior". No
existe nadie importante que no sea "doctor" o clérigo, dicen los alacranes
porteños que por las dudas le llaman "doctor" al cochero que los lleva al
hotel.
(Córdoba, devota y doctoral, es la capital de las sierras, y Rosario
la de su "pampa gringa". En Villa María se levantará el Palace Hotel, que cuando
se inaugura, es más moderno y más confortable que cualquiera de la capital
provinciana. Es para los rosarinos en tránsito a las sierras).
Cuando en
Buenos Aires se habla de Córdoba, se habla de las sierras: Cosquín para la
tuberculosis, Ascochinga y Alta Gracia para los veraneantes distinguidos; recién
apunta, más allá de Cosquín, tan mentado en la época de Koch, el valle de
Punilla, que en La Falda y después de La Cumbre recogerá y disputará los
veraneantes de la burguesía rosarina a los sitios anteriormente tradicionales,
hasta que, mucho más tarde, el "aluvión zoológico" de provincianos en un
próspero retorno de ruralismo vacacional, se desborda sobre todas las sierras.
Por la calle Ancha se va a la Cuesta de Copina, para caer detrás de las Sierras
Grandes, pues el General Roca había puesto de moda Mina Clavero, y la
indispensable visita a la Villa del Tránsito y su Casa de Ejercicios con el
sermón dominical del cura Brochero, del que los humildes recogen el Evangelio y
los veraneantes el pintoresquismo.
Con Simón Luengo y la última tentativa, la
Revolución de los "Rusos" de Chaval, se ha extinguido el Partido Federal que
mantenía nexos entre alguna parte de la “gente principal” y la plebe. Los
conflictos son ahora entre liberales y devotos, conflictos de “bien pensantes”
que no se resuelven tan fácilmente como en Buenos Aires: la mujer a la iglesia y
el hombre a la logia. Conflicto de clase alta en que los ateos son más “frailes”
que en Buenos Aires y los católicos más “chupa cirios”, y cuya intensidad se
mide por el provincianismo de los actores pero en el que no interviene la “gente
inferior” de la que nadie se ocupa, como no sea algún curita de sotana raída
como Brochero o algún anarquista que va a terminar en las sierras con los
“fuelles” averiados por la intensa vida nocturna y la escasa alimentación diurna
que impone “la idea”.
En Córdoba empieza el interior, el país no computado en
el progresismo liberal sino como una incómoda carpa: lo será hasta que el
agotamiento de la renta diferencial obligue a ver el país de otra
manera.
BUENOS AIRES: INFRAESTRUCTURA DE LA EXPORTACIÓN
Vamos
ahora a ese Buenos Aires de principios del siglo.
Dice Gino Germani: La
Argentina tenía en 11869 una población de poco más de 1.700.000 habitantes; en
1959 había pasado amásde 20.000.000, aumentando así en casi doce veces en 90
años. En esta extraordinaria expansión, la inmigración contribuyó de manera
decisiva. El mero crecimiento de la población extranjera en los tres períodos
intercensales, significó –para los dos primeros—es decir, hasta 1914, alrededor
del 35% del crecimiento total. Agrega que la concentración de extranjeros se
produjo en determinadas zonas del país –las correspondientes a la pampa
cerealera--, y dentro de ésta, en los núcleos urbanos, fundamentalmente en
Buenos Aires: La aglomeración metropolitana del Gran Buenos Aires concentró, a
lo largo de todo el período considerado entre el 40 y el 50% de la población
extranjera total. La inmigración de ultramar representó, en efecto, la base del
extraordinario crecimiento urbano en la Argentina y puede demostrarse que la
formación de la aglomeración de Buenos Aires y de las grandes ciudades del país
se debió principalmente al aporte de estos inmigrantes. En realidad, la época de
mayor crecimiento urbano corresponde justamente al período de mayor
inmigración.
Precisando las etapas del crecimiento urbano, el mismo autor
señala su segundo momento: aquel en que el proceso de urbanización obedeció a
las migraciones internas... Hay una distancia de más de medio siglo entre la
iniciación de los dos procesos: el del "aluvión gringo" que dará la clase media
y la primera burguesía y el "aluvión criollo" que llamarán zoológico, y que
pondrá en definitiva crisis el esquema de "clase principal" y "clase inferior",
incorporando a ésta como proletariado, en la moderna sociedad de clases; será la
formación de un proletariado –obreros en lugar de peones y un oficio en lugar de
los “siete” y ninguno bueno—o abriendo el acceso a muchos trabajadores criollos
a niveles de clase media, y aun de pequeña burguesía.
Interesa determinar el
por qué de la concentración urbana y el por qué de su carácter
inmigratorio.
Ya en el capítulo anterior he preferido que la naturaleza de la
producción cerealera, a pesar de ser primaria, no es apta, como la de la
plantación tropical, para una composición simplista de la sociedad como la que
venía rigiendo desde la Colonia. Agreguemos ahora que la agricultura en
expansión no está destinada a satisfacer la demanda local, sino que su mercado
es ultramarino, todo lo que exige el aparato ferroviario en abanico, la
comercialización por el intermediario y la concentración portuaria. El puerto,
estribo del puente hacia Europa, es un canal por donde debe pasar toda la
producción, toda la comercialización, todo el transporte, toda la financiación
y, recíprocamente, toda la importación y toda la estructura de distribución
hacia el interior. El puerto determina también, por su condición de llave, la
concentración de todo el aparato administrativo del Estado y se convierte en el
gran centro de consumo y trabajo, donde son posibles, además de los consumos
esenciales, los consumos de lujo y confort, la cultura, la difusión
periodística, la formación profesional. Por allí pasa toda la riqueza que genera
la pampa; allí deja caer la parte de numerario correspondiente a los gastos de
distribución y comercialización interna que no se pueden evadir del país porque
están incorporados al costo inevitable.
A este respecto dice Giberti (Op.
Cit.) después de referirse al volumen de mercaderías para embarcar, así como el
de productos para importar (carbón, rieles, máquinas, materiales de
construcción, comestibles, manufacturas, etc.) que surge la necesidad de
instalaciones portuarias capaces de movilizar ese tráfico... Al disponer Buenos
Aires de un puerto con calado suficiente para grandes barcos de ultramar,
robustece su dominio sobre el resto del país... concentra en peso entre el 70 y
el 90% de las importaciones, y la mitad de las exportaciones, sobre todo
productos ganaderos. Aun la mayor parte de los barcos que cargan en otros
puertos del Paraná pasan Buenos Aires a completar sus cargas.
Toda esta
concentración obliga a construir rápidamente una gran ciudad donde poco antes
había una gran aldea. No se trata sólo de exportar e importar porque hay que
establecer el asiento de toda esta maquinaria económica y hacerlo
apresuradamente. Instalaciones portuarias y estaciones de ferrocarril, edificios
para la administración de los negocios, para la banca; techo y habitación para
la gente allí ocupada. Junto a las necesidades que determinan la formación de
esta aglomeración urbana hay que satisfacer las que surgen de la aglomeración
misma: hay que pavimentar calles, establecer teléfonos, alumbrado y energía,
aguas corrientes y cloacas, y también paseos y jardines, edificios
universitarios, palacio de tribunales, asiento para el Congreso, oficinas
públicas, hospitales, escuelas y todos los servicios de una ciudad moderna.
Buenos Aires, en una palabra, está constituyendo la infraestructura del país
agropecuario; y tiene que construirla adelantándose al mismo para recibir el
progresivo aumento de producción. Por eso mismo, cuando aquélla se estabilice,
Buenos Aires dejará de crecer porque el aparato es suficiente para la misma y en
adelante su expansión estará vinculada al desarrollo interno.
Aquí está la
razón de su gigantismo que no es otra cosa que ser el cuello del embudo que
vuelca la producción en las bodegas de los barcos, y recibe de éstos la
importación para distribuirla. Buenos Aires no es desmesurada sino en relación
con la falta de crecimiento paralelo del país y esta es la explicación que no
dan los que quieren eludir la verdad por el camino de la psicología o de lo
jurídico. Parece contradecir esta afirmación el hecho de que Buenos Aires haya
sido el asiento del posterior desarrollo interior, pero esto obedece a que el
mercado ya estaba organizado así, con la acumulación del capital, la técnica y
la mano de obra iniciales, como también el mayor marcado de consumo. El futuro
no puede desvincularse del pasado hasta que en plazo razonable, y con dirección
apropiada, se relacionen las fuerzas constructivas, que es lo que está
ocurriendo con la aparición de centros industriales en el interior de que la
actual Córdoba es un ejemplo.
Apresuradamente surge la gran ciudad: primero
en función de las necesidades que determina el puerto que absorbe el grueso del
comercio nacional; después en razón de las necesidades subsidiarias que origina
la concentración. Y todo hay que hacerlo en un corto lapso, quince o veinte
años, de manera tal, que las actividades productivas se multiplican al infinito
porque se trata de la etapa inversionista, en la cual la ciudad gigantesca debe
estar construida para que tenga sentido lo que está haciendo el agricultor con
su arado o el ganadero con sus nuevas razas. Y aquí el extranjero que viene con
los oficios y las aptitudes técnicas que reclama esa construcción apresurada, se
encuentra en su clima, y en su técnica, mucho más aun que en el campo, donde la
falta de un fraccionamiento de la tierra le resta posibilidades.
También el
conglomerado urbano necesita un comercio minorista que no interesa a los grandes
consorcios, como no interesa la producción local inevitable de todas las
manufacturas de consumo inmediato o que no corresponden los rubros que se
reserva la importación. Al Buenos Aires del personal de los frigoríficos o
portuario, de los empleados ferroviarios, de los empleados de banco y de la
administración, etc., se suma la multitud que construye el mismo Buenos Aires:
la gran industria de Buenos Aires es construir Buenos Aires.
Es la hora de
los albañiles italianos, de aquellos maestros de obra friulianos que dieron las
características arquitectónicas que subsisten en los barrios del Sur; de los
panaderos, los carpinteros y ebanistas, los sastres y las costureras, de todo un
artesanado de cuyos miembros saldrán, a medida que asciendan, los pequeños
comerciantes y también los educadores y los primeros industriales. Es como
ocurrió cincuenta años después, la hora de los loteadores, cuya oferta hay que
comprobar los días de lluvia, para saber si los terrenos no están debajo del
agua, y también de la casita propia que los "gringos" construyen, como harán
después los "cabecitas negras", pero más a extramuros, luego de su paso por las
"villa miserias" a falta do Hotel de Inmigrantes, por donde aquellos pasaron,
como hogar de tránsito.2
EL HOTEL DE INMIGRANTES, EL CONVENTILLO Y LA
CASITA SUBURBANA
Ahí, al costado de la Dársena Norte, está el Hotel de
Inmigrantes, un viejo edificio, cuyo destino suele variar con las necesidades de
la burocracia. En la época de la inmigración, era eso que dice el nombre: Hotel,
y ahí se alojaban los inmigrantes sin recursos, muchos con numerosa prole, a la
espera de su primer trabajo. Allí estaba algo así como el trampolín de su
destino. Del Hotel de Inmigrantes al conventillo se marcaron los primeros pasos
en la ciudad; eran las puertas del misterio y la esperanza, después de los
largos días en el hacinamiento de las terceras de a bordo.
El conventillo
ocupa un lugar básico en la conformación social de Buenos Aires. Significó
miseria y promiscuidad. Francisco Seeber, intendente de la Capital (1886-1890),
dijo que había en la ciudad 3.000 conventillos donde viven 150.000 habitantes,
todos construidos en flagrante oposición a las ordenanzas vigentes, donde la
gente vive apiñada tradicionalmente, violando las reglas de la higiene y la
moral.
Pero, al mismo tiempo, el conventillo es un mundo heterogéneo donde se
barajan y se mezclan en el mismo mazo todas las cartas del Buenos Aires que está
naciendo. Sergio Bagú transcribe el verso de Vaccarezza:
Un patio de
conventillo
un italiano encargado
un "yoyega" retobado
una percanta,
un vivillo,
dos malevos de cuchillo;
un chamuyo, una pasión,
choques, celos, discusión,
desafío, puñalada,
espamento, disparada,
auxilio, cana... telón!
A este propósito he dicho:
Cuando el
teatro de Vaccarezza no se represente más, se exhumará como documento, y dirá
más sobre la historia de Buenos Aires que todo lo que hemos escrito, con
pretensiones de ensayo o estudio sobre la ciudad, en aquel paréntesis de treinta
años, que empezó con el siglo. Tiempo en que los gringos del puerto pechaban
como una sudestada sobre los últimos rincones criollos que restaban de la Gran
Aldea.
Estos documentos ilustrarán sobre eso que he dicho del arquetipo, que
nos salvó chupándose los "gringos" y haciendo que las aguas que se derramaban
del puerto para adentro no se mezclaran con la tierra para dar el barro del
buenas Aires de hoy.
La temática del "tano", del “gaita" y del "turco” fue
casi obsesiva en el sainete; eso no se explica, si no se sabe que Buenos Aires,
con una mayoría de población extranjera, era en ese memento de treinta años un
digestor que estaba dirigiendo, asimilando, construyendo Buenos Aires dentro del
país.
El patio del conventillo que se vio en el tablado, con sus tiestos
florecidos, canciones, milongas, pitos de vigilantes, viejas Celestinas, mozas
deslumbradas por las luces del centro, trabajadores derrengados, guapos y
flojos, era el escenario de esa digestión social. (A J., "Los Profetas del
Odio").
Sobre esa digestión social, Germani señala "la modalidad de vivienda"
—el conventillo y su convivencia— que ejerció más bien una función integradora
de las distintas nacionalidades; y quien dice el conventillo, dice la esquina,
el almacén, el café, el potrero de los "picados" de fútbol, la escuela pública
común, todo ese mundo de la infancia y la adolescencia de los porteños de la
clase baja, que va incorporando pautas éticas y estéticas, modalidades que
vienen del pasado tradicional y otras que han cruzado el mar, y que se comunican
en la igualdad de las situaciones sociales, donde los grupos no se han separado
en estancos sino que se disuelven por afinidades personales de contacto, que
superan las afinidades preexistentes correspondientes al grupo originario, pues
resulta más fuerte el común denominador que da la vida, que los denominadores
particulares heredados. (El empleo del término denominador no es casual, porque
la vida está practicando en Buenos Aires un intrincado proceso de
multiplicaciones, divisiones, sumas y restas).3
La población extranjera de
Buenos Aires excedió del 50% y no hay que olvidar que en casi su totalidad era
adulta y masculina, es decir, la que trabajaba, andaba por la calle y los sitios
públicos; a la vez gran parte de los argentinos que formaban el otro 50% eran
hijos de inmigrantes en primera generación. Sólo el que vivió en medio de esa
multitud y llenó sus ojos con la variopinta de sus ropas, y sus oídos con el
ruido de cascada de todos los idiomas cayendo al mismo tiempo sobre el español o
el lunfardo, puede medir la magnitud del milagro de asimilación que fe realizó
en Buenos Aires, en el vértigo de unos pocos decenios. Y tiene que partir del
conventillo para aproximar un poco la imagen.
Por otra parte, la nueva
conformación social también partía del conventillo.
Los Pizarros y los Cortés
de la vara de medir, la trincheta, la liana y la cuchara de albañil, cabalgaron
su aventura sobre los lomos del progreso agropecuario, que aceleraba la
formación urbana. Pero no todos los "gringos" triunfaron: la historia sólo
recuerda a los vencedores, y así olvida que el mayor número quedó derrotado en
el camino, no salió del conventillo y sus hijos se fueron mezclando con la
"gente inferior", tal vez malevos o compadritos unos, trabajadores otros, en el
obraje o como peones. O salieron del conventillo a la modesta casita suburbana
del primitivo Gran Buenos Aires construida como ya se ha visto: Avellaneda o
Quilmes, Talleres y Lanús por el Sur; Ciudadela, Caseros, San Martín, con sus
villas, por el Oeste, y por el Norte en la línea de Belgrano R y en las orillas
aun despobladas de la ciudad.
Estos "gringos" derrotados tuvieron su poeta y
Carlos de la Púa en la "Crencha Engrasada" dijo el drama de
muchos:
Vinieron de Italia, tenían veinte años,
con un bagayito por
toda fortuna,
y, sin aliviadas, entre desengaños
llegaron a viejos sin
ventaja alguna.
Vinieron los hijos.¡Todos malandrinos!
Vinieron las
hijas. ¡Todas engrupidas!
Ellos son borrachos, chorros, asesinos,
y
ellas, las mujeres, están en la vida.
LA FUSIÓN DE LAS
NACIONALIDADES
Germani (Op. Cit.) señala que si hubo una segregación
ecológica por colectividades, ésta fue disminuyendo con el tiempo; en Buenos
Aires, la única que pudo tener ese carácter fue la de la Boca con su población
xeneise salpicada pronto de elementos portuarios de habla guaraní, correntinos y
paraguayos.
En el resto de la ciudad, la distribución de los inmigrantes de
distintas nacionalidades —desde luego predominantemente italianos y españoles—
fue bastante homogénea y proporcionada a la distribución de la mar reducida de
adultos nativos, con las particularidades que señalaremos al hablar de los
barrios. No hubo actitudes discriminatorias, como dice el mismo Germani,
comparando con lo que ocurrió en Estados Unidos. No hubo diferencias de
prestigio y tensiones hostiles entre los distintos grupos étnicos y con la
población nativa en general. Lo que hubo, y también el sainete lo documenta, en
el conflicto de "tanos", "gallegos", "turcos" y criollos, fueron rivalidades de
prestigio nacional, pero sin referencias al prestigio social y a los status,
porque no había discriminación en el orden económico y social; si más adelante
los "turcos", judíos o armenios se agruparon con preferencia en determinados
barrios, no fue porque en la ciudad, nativos o extranjeros, los excluyeran, sino
por la persistencia de características propias traídas de afuera, a las que
obedecen y también por el tipo de actividades preferentes que los llevan a
formar un tipo de comercio parecido al del Medio Oriente. Es fácil constatar que
a medida que los descendientes sustituyen a los inmigrantes originarios, la
dispersión geográfica se opera, también, respecto de estos grupos. Del mismo
modo la distinción por oficios se relaciona con sus preferencias propias y no
por la imposición de un medio que los excluya de otros.
Los "gallegos",
cargadores de la estación Sola, no tenían pretensiones de status con respecto a
los italianos del puerto, ni los italianos de la cocina más pretensiones de
prestigio que los españoles mozos o lavacopas, entra gastronómicos.
Tampoco
el conflicto con los nativos excedió del aspecto pintoresco ya que la clase de
los inferiores no tenía ningún status que defender, pues se sabía "última carta
de la baraja" en la sociedad tradicional y además minoritario, por el escaso
número de sus varones con relación al aluvión masculino inmigratorio, en su
nivel: el inmigrante no amenazaba desalojarlo, sino que por el contrario iba a
cumplir actividades a que los criollos se mostraban renuentes; no invadió sus
oficios tradicionales, particularmente los derivados de la tracción a sangre que
se multiplicaba, antes de la aparición del automotor, con el acelerado progreso
urbano, lo mismo que las actividades vinculadas con el abasto de carnes. (El
frigorífico, extensión de esta técnica también absorbía preferentemente al
obrero nativo).
De un horizonte económico en que el oficio era lo menos
frecuente, y lo más, la posición de peón o doméstico, se pasaría a otro con la
multiplicación de las construcciones y la aparición del desarrollo fabril
primario, en que inmigrantes y criollos tenían las solidaridades del asalariado,
más fuertes que las diferencias culturales, y que se expresan —es la época del
anarquismo— por la literatura ideológica de los "agitadores" extranjeros y los
payadores y poetas nativos del suburbio, y más concretamente con el nacimiento
del sindicalismo. Hay, sí, una cuestión de prestigio pero que no radica como en
los status en la afirmación de un distinto nivel social, es estético y se
refiere al estilo de vida que surge de las distintas escalas de valores del
nativo y del inmigrante.
LA OPOSICIÓN DE PAUTAS Y SU
UNIFICACIÓN
Antes hemos hablado de la mentalidad del nativo de "clase
inferior" formado en una sociedad estática donde no le es posible la acumulación
de bienes, a diferencia del inmigrado, proveniente de una sociedad capitalista y
acicateado hacia el ascenso, móvil que lo ha traído a América.
Así el
"amarretismo" y la prodigalidad se oponen como vicios y virtudes de uno y otro,
según quien haga la calificación, y también ese mismo afán de triunfo del que
viene a buscarlo, con la resignación y el escepticismo del que ignora esa
posibilidad. Algunos diálogos de Fray Mocho son ilustrativos y han constituido
una temática de todos los hogares y ruedas modestas que hemos oído en la
infancia (el "criollo" inútil y derrochador y el "gringo" amarrete y
ventajero).4
Mientras para el inmigrante la valoración del oficio y de toda
actividad se da en términos económicos, (¿cuánto voy ganando?), para el criollo,
durante bastante tiempo, no es la retribución la que determina la elección, sino
la calidad del mismo. Y es así renuente a muchas actividades que entiende lo
disminuyen como individuo.
(Sin posibilidades de clasificarse por un ascenso
en el status, el prestigio no tiene referencias económicas, ni símbolos
correspondientes a la situación de familia o de grupo. Es puramente personal. En
la guerra o en la política puede surgir de su capacidad individual de caudillo o
jefe de partida; en el trabajo de su particular destreza que da renombre:
renombre de domador, de rastreador, etc., en el campo; de desollador, de
chatero, en la ciudad. Prestigia la guitarra y el ser poeta, o las dos cosas a
la vez: payador; y buen bailarín, o la generosidad y la amistad. Y sobre todo
ser guapo, que es la condición que acredita la medida del hombre en la prueba
más definitiva por el más arriesgado de los cotejos, aquel en que la vida del
contendiente es el premio).
Mucho se ha escrito entre nosotros sobre el culto
del coraje, pero creo que se ha tenido poco en cuenta que es una manifestación
del ego, en una sociedad que no daba formas gregarias de manifestar
superioridad: sólo había situaciones de prestigio personal que no se transmitían
a la familia ni se heredaban y donde además, como se ha visto, la ilegitimidad
era lo más común en la filiación: (es cosa personal aunque se diga el "hijo
e'tigre overo ha de ser"; pues tiene que mostrarlo y enseguida lo van a buscar
para que lo pruebe. Es decir, para que lo acredite personalmente: es más
compromiso que herencia).
Las posibilidades de la mala vida también se
amplían con el crecimiento urbano y ofrecen en la nueva composición un
derivativo que se conforma al mantenimiento de ese individualismo estético en
que la habilidad en el cuchillo y la prestancia física constituyen condiciones
que se requieren en el juego, las mujeres, el matonaje. En la simbiosis que se
va produciendo, y a la que vamos enseguida, esta evasión se manifestará también,
como señala Bagú, en los descendientes de los nuevos: el "vivillo" y los
"malevos" pueden ser descendientes en primera generación de migrantes
internacionales o internos.
LOS ARQUETIPOS NATIVOS DEL
EXTRANJERO
En alguna publicación anterior he recordado una reflexión de
Homero Manzi que considero fundamental para la apreciación de este momento de la
sociedad argentina, particularmente de la porteña: la suerte del país estuvo en
que el inmigrante en lugar de proponerse él, como arquetipo —y hubiera sido lo
lógico y lo esperado, por los promotores del progresismo— se propuso como
arquetipo el gaucho. Así en su ridícula imitación, el "cocoliche", se entregó a
su nueva tierra. Lo comprueba toda la literatura popular de la época, del circo
al tablado, de la letra de las canciones (milonga y tango), en que la
idealización del criollo constituye el centro de toda la temática, lo mismo se
trate de actores, autores, payadores y poetas, de viejo origen nacional, que se
trate de los hijos de los recién llegados y aun de estos mismos, del "negro"
Gabino Eseiza a Betinotti o Gardel, pasando por los autores del drama, de
Florencio Sánchez al sainetero, de los folletines de Juan Moreira. Juan Cuello u
Hormiga Negra a, más tarde, los novelones de Radio del Pueblo.
Así, mientras
esto ocurría con los inmigrantes, la "clase dirigente" viajaba en busca de
arquetipo.
En el plano cultural, paralelo a esta valorización estética
popular del criollismo, marchaba a través de la escuela, del periódico, y de los
resultados pragmáticos, la valoración de los elementos aportados por la actitud
ante la vida que traía el inmigrante, y que correspondían a las exigencias de
una sociedad más evolucionada. Hubo un juego constante durante más de treinta
años de afirmaciones y negaciones, de contradicciones que se fueron resolviendo
naturalmente en esa íntima convivencia; esa heterogeneidad de la composición que
no permitió prevalecer a ninguno de los componentes, ni enquistarse, dio como es
lógico, la síntesis que constituye hoy nuestra realidad, si existe una realidad
del hombre argentino; y dentro de ella, el porteño que Raúl Scalabrini Ortiz ha
definido en "El hombre que está solo y espera", que en la esquina de Corrientes
y Esmeralda es un hombre de toda la ciudad, cuyas características sustanciales
se encuentran, a poco que se rasque, en la intimidad de cada uno.
A
principios de siglo algunos argentinos preocupados por las pérdidas de las
características nacionales se inquietaron y dijeron palabras de advertencia,
máxime ante los hechos producidos por los gobiernos de los países que proveían
la inmigración y que a través de sus escuelas, las organizaciones mutuales y
culturales, y otros variados estímulos a la cohesión con sus “colonias”,
intentaban mantener la nacionalidad de sus emigrados y descendientes, casi en la
acepción correcta de “colonias”. Ricardo Rojas en “La Restauración Nacionalista”
abordó frontalmente le problema, sin mayor eco, pero éste se resolvió
naturalmente.
Si no hubo enquistamiento por status no lo hubo tampoco por la
nacionalidad, en cuanto a las colectividades más numerosas. (Por excepción ello
ocurrió en cierta medida en algunas colonias rurales del Sur de Santa Fe y
Córdoba, oriundos de la baja Italia –allí donde habría más tarde brotes de la
maffia—y con algunos grupos provenientes del Norte de Europa, tal vez en este
caso por la extracción cultural más alta de sus componentes y sus propios
prejuicios de superioridad racial y cultural, coincidentes con los de la clase
dirigente nativa, fundamentalmente por la jerarquía del papel económico que
desempeñaron y que lo colocaba al nivel que ahora se llama de “ejecutivos”.
5
Desde luego que el idioma de las colectividades más numerosas y las
facilidades de su comprensión y aprendizaje recíproco actuaron favorablemente.
De la misma manera la comunidad religiosa con las dos inmigraciones más
importantes y de un confesionalismo más militante que el de los nativos,
vinculado a la costumbre y la tradición más que a una religiosidad
profunda.
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